domingo, 19 de junio de 2016

El Hechicero de Gadrass-Nun 6



Ipsis Ve un punto Rojo
El Presente


No pudo terminar de ver toda la grabación. Y aunque hubiera tenido tiempo (Darril despertaba tarde los domingos) no quería ver toda la puta grabación. Cada frase de ese hombre le provocaba un salto estomacal que amenazaba con hacerla vomitar. Había visto antes esa mirada, esos gestos de ansiedad, la palidez, la picadura de huevos que provoca haber sido testigo de algo demasiado fuera de lo común. Algo que desafía todas las piezas de nuestra normalidad. Las hace temblar y sacudirse. Cuando caen nos deja desnudos ante una nueva y sombría realidad.

Ipsis, cuyo nombre había dejado de ser tal hace más de cien años presiono el botón de Stop. El casete se detuvo y la grabadora chilló. En medio de la oscuridad de su sala de estar tomó sus piernas entre sus brazos y apretó fuerte los dientes. Agotada se echó en el sillón y aun descalza cayó en un sueño perturbador.
***
Fui a lo de mi vieja. Supuse que tenías muchas ganas de venir, pero no pude despertarte. Vengo a la noche, besos. 

Ipsis no necesito un traductor para la ironía. Aunque en los últimos años había llegado a tolerar a muchos humanos su suegra era la excepción. Darril había intentado lograr algún tipo de avances en su relación. Nunca pensó que siendo lo que era, una Dracida de la Orden de Dalstein nacida hace más de mil quinientos años llegaría el día en que haría cosas como quejarse de su suegra y lavar los platos un domingo. 

Pero este era el futuro. El futuro en el que siempre pensaba cuando era joven. Y a decir verdad no era tan malo. Estaba oficialmente retirada hace años, es decir desde que conoció a Darril en un bar de Blondres. Cuando se le acercó para chamullarla se percató que bien podría hacer a un lado su vida anterior. Eran los 90s y la gente como ella había dejado de serle útil a este mundo mucho tiempo atrás. Quizás en algún momento previo a la revolución industrial y el periodo de los Imperialismos coloniales. O aun mucho antes. 

Sola en casa hasta la noche, la Dracida decidió que no miraría lo que quedaba de la cinta. No le importaba lo que quisiera Liavenna Enarmarr. Si quería que moviera el culo rápidamente hubiera sido más explícita o bien volvería a contactarla. Tenía la sensación de que había logrado cierta tranquilidad en los últimos años y no quería perderla. Quería ser Mina Whiddens, Bibliotecaria del centro de Estudios Kings Valley. Aburrida como un clavo, frígida como una heladera y malhumorada como una vieja que cojea. 

Y aunque parezca extraño había hecho algunos sacrificios en su vida para ganarse eso. Como decía Derek: “El Paraíso de los Dracidas es el infierno del hombre moderno. Cambiaría cualquier cosa por trabajar en Mc Dowals y que mis únicos problemas sean las paritarias y donde conseguir chupi después de las diez de la noche”

Derek… ¿Fue entonces que lo conoció? ¿Después del asunto de Khadar? Mientras  acomodaba la mesada intentaba recordar su rostro. No había pasado tanto tiempo, de hecho se habían visto hace al menos tres o cuatro años en el sur. Él fue una de las cosas que tuvo que dejar a un lado para adquirir una rutina normal. Al recordar sus ojos verdes mirándola al otro lado de una cerveza negra y un cenicero sintió una punzada en las tripas. Todavía le dolía. 

Alguien llamó a la puerta. Dos golpecitos bien educados, lo típico y esperable en los suburbios clase media alta de The Kings Valley. Ipsis se secó las manos con el repasador y con gesto cansino fue hacia la puerta. Los testigos de Jehová nunca se rendían con ella. A menudo los escuchaba recitar algo de la Biblia parada en el marco de la puerta. Sabía lo feo que era tener un mensaje que nadie quiere escuchar. Y aunque su verdadera intención era lograr que dejaran de tocar el timbre, siempre volvían. “Una dosis más de Dios y ya” solía decirle a ese joven latino. Pero cuando abrió la puerta halló al cura que  había visto antes en Video Lanzadera. Los testigos debían haber pasado el chivatazo de que había alguien en el barrio que aun tenía tiempo para Dios.

***
En ese rostro pálido y algo enfermizo se dibujo una sonrisa mecánica. Mostro sus dientes como si quisiera impresionar a un dentista. – Buenos días señora. – Dijo el padre. Sus ojos oscuros parecían falsos, su mirada era vacía.
-          Buenos días padre. ¿En qué puedo ayudarlo?
-       ¿Lindo día he?- Dijo el Padre señalando el cielo. En efecto era una mañana calurosa y de sol radiante.
-             Sí.
-        Desafortunadamente para mí. – Siguió el padre risueño. Con esos gestos que se anticipaban una fracción de segundo antes.
-          ¿Cómo?
-         Soy Helleniano y allá no hace tanto calor como acá. Salí abrigado y estuve todo el día en la nueva capilla, calurosa como un horno de barro. ¿Le molesta si le pido un poco de agua? Tengo la garganta más seca que el desierto Salefiano. 

El padre puso ambas manos en su espalda y volvió a dibujar esa sonrisa estúpida en su rostro. Ipsis tuvo la sensación de que si se fuera de su casa y volviera dentro de nueve horas el hombre seguiría allí con la misma ridícula expresión. Pero a pesar de su desconfianza natural…oiga Era un cura pidiendo un vaso de agua. Ella había visto especímenes un tanto más aterradores en los que se podía confiar. 

-          Sí como no Padre. Deme un segundo…

Ipsis entró a su casa y fue a la cocina, pero con sus sentidos más atentos que de costumbre. Escuchó que el hombre ingresaba a la casa. Sus pasos se detuvieron en algún punto del living.
La Dracida abrió la heladera y sacó la jarra de agua mineral. Luego buscó en el seca platos un vaso recién lavado. – No se preocupe. Solo agua de la canilla, no hace para mí la diferencia. – Dijo desde el living la voz del extraño. Ipsis volvió a guardar la jarra (el agua mineral es algo caro en Himburgo) y fue hacía la canilla del lavamanos. 

Entonces escuchó con toda claridad el sonido de la video casetera extrayendo un VHS. La nueva Yanso HD 2000 emitía un pitido gracioso cuando se sacaba un casete. Era casi la única diferencia entre la HD 2000 y cualquier otra de su tipo en el mercado. A la Dracida se le puso la piel de gallina y con mucho aplomó tomó una cuchilla de cocina de la cajonera a la altura de si vientre. Fue entonces que vio un punto colorado, perfectamente redondo y pequeño surcar los azulejos de la pared a su dirección. 

Los oídos se conmovieron por el estruendo. La bala le perforó el hombro de inmediato e hizo añicos la cafetera sobre la mesada. La sangre aterrizo sobre el lava manos y la pared. Herida logró arrojarse al suelo. Otro disparo derribó el especiero y los frascos cayeron haciendo gran estruendo. Ipsis tuvo que decidir entre correr o enfrentarlo. No estaba armada, a no ser por la cuchilla. Sus posibilidades de éxito no eran demasiadas habiendo sido tomada por sorpresa.

Corrió hacia la puerta de salida que tenía la estrecha cocina que daba al costado de la casa. Oyó los pasos rápidos del hombre detrás de ella. Cuando saltó por la puerta, empujándola con su hombro sano otros tres disparos quebraron los cristales de la misma. Pedazos pequeños de vidrió le golpearon en la mejilla. 

Afuera la luz del sol le daño los ojos por un instante. Ya en el jardín su plan era abalanzarse sobre el auto y salir pitando de allí. Pero el Ford estaba en manos de Darril,  ahora de camino a lo de su suegra. Fue la primera vez que se arrepintió de no acompañarlo. Corriendo y sangrando Ipsis llegó hasta la acera. Una camioneta Toyota llegó desde la derecha a toda velocidad bloqueándole el paso. De ella emergió un hombre de gran tamaño con lentes oscuros refractarios, camperon de cuero y pelo oscuro peinado hacia atrás con gomina. Vestía botas de caña alta y llevaba una escopeta que sin dudas le volaría los sesos en un segundo. Ipsis se detuvo frente a él, tuvo el regular escalofrió. El hombre de facciones duras y labios finos cargó la itaca  y apuntó. Si escuchas el disparo es porque seguís viva…pensó. Y lo escuchó ella y todo el vecindario.

La escopeta vomitó su carga de perdigones, el cartucho salió volando por detrás del hombro del tirador y destrozó el costado del cura detrás de ella. El párroco cayó producto del impacto y se golpeó la cabeza contra la puerta. El hombre volvió a cargar y disparó sin dudarlo. Esta vez le dio en la rodilla y el perseguidor de Ipsis se ladeó hacia la izquierda, buscando cobertura dentro de la casa.
-          Hermana…- Dijo el hombre en tono amable. Se corrió para que Ipsis pudiera ingresar en la Toyota. Ipsis por poco y se lanza de cabeza. 

Desde el marco de la puerta surgieron más disparos, pasaron lejos. El sujeto de la escopeta ingresó en la cabina de la Toyota con aires de triunfo. Tenía una sonrisa mucho más sincera que la del otro sujeto. Cerró la puerta y se marchó a toda velocidad por Garret Street con Ipsis herida en el asiento de acompañante. 

-         Recargue. Dijo con una frialdad y amabilidad que Ipsis reconocía. Era un Dracida. 

– ¿Que no ve que me falta un hombro?
-       Lo siento...es la costumbre.Mi nombre es Karl Godson. Trabajó para Liavenna Enarmarr. En la parte de atrás tengo un Kit de auxilio. – Extendió su largo brazo y le alcanzó la pequeña caja anaranjada. – Si tiene problemas yo la atiendo. 

Profundamente herida en su orgullo de Dracida con más de mil quinientos años de vida y habiéndose reducida a correr de un cura Ipsis estalló de furia. - ¡Mire Macho man yo no necesito…!
-          Sra.
-          Que ninguna bola de esteroides venga a decir…
-          Sra…
-          ¡QUE!
-          Soy Médico.

miércoles, 15 de junio de 2016

El Hechicero de Gadrass-Nun 5



 

Sanson y Dalila


Marris y Dalila habían salido en misión de exploración. El Capitán les había ordenado registrar los alrededores del claro donde habían hallado a la compañía de infiltración. Ahora, unas cuatro horas después de haber emboscado a sus enemigos volvían sus pasos hacia aquella pendiente debajo del camino que llevaba al pueblo de Khadar. 

A pesar de lo fatigoso de sus tareas diarias estaban contentos de salir del refugio, pues allí pocas veces tenían la chance de ver la luz del sol. Cuando aclaraba era peligroso asomar la cabeza desde el puesto de observación. En las últimas semanas las cosas parecían haberse precipitado a un rimo escabroso.  Realmente creían que esta primavera podrían relajarse un poco, pero Derek estaba más nervioso y cauteloso que de costumbre. El hecho de que Marris fuera su hermano no facilitaba las cosas para él. Cada día que pasaba buenos hombres morían y más responsabilidades eran puestas sobre Marris. Pero Derek no podía confiar en nadie más. 

Marris, de cabellos rubios y largos llegó hasta el linde de un bosquecillo e hizo una señal a su compañera con la mano para que se detuviera. Dalila preparó su arco y se cubrió detrás del tronco de un árbol alto y nudoso. Tras examinar con cuidado los alrededores Marris volvió hacia ella sonriente. – Mi hermano estaba en lo cierto. Ahí está. 

-       Esto no me gusta una mierda Marris. Esas cosas nunca andan solas. Mejor será que volvamos por refuerzos. 

El Dracida de Frigord le sonrió como hacía habitualmente cuando quería tranquilizarla. Marris era un hombre muy hábil para manipular a los demás y era mucho mejor con las palabras que su hermano. Un espíritu fogoso y hábil, valeroso como pocos en el grupo. Tenía varios seguidores y el amor de muchos en Darbis. –  Veni y deja de hacer escándalo. 

Dalila era joven y amaba profundamente a Marris. Cuando este le extendió la mano hizo una mueca  de duda. Marris giró su cabeza hacia el claro que debían explorar. ¿Lo ves? Preguntó él. Ella esforzó la vista y alcanzó a distinguir lo que Marris quería decir en realidad. 

El sol brillaba en su cenit de mediodía. La temperatura allí debía ser agradable. Acostumbrada a la humedad del campamento, las ratas y el polvo del puesto de vigilancia Dalila sintió en sus entrañas de pronto una profunda nostalgia. ¿Cuándo fue la última vez que paseó bajo el sol sin temor a ser hallada por una de esas cosas? Dos mariposas violáceas describieron surcos irregulares allí donde Morris señalaba. 

-         Tu hermano dijo…
-        Mi hermano no está aquí. ¿Ayudaría si te digo algo más?
-          ¿Qué?
-       Tiene la cabeza cortada. – Morris hizo un gesto de degüello – Pssiip. Vamos, capaz podamos sacar algo bueno de esta misión de porquería. No esperan que volvamos hasta el ocaso.

Dalila lanzó una risita casi adolecente. Cuando Marris le besó en la boca y acarició sus espaldas comprendió cual era su definitiva intención. – Bueno…pero rápido.

Ambos caminaron despreocupados hacia el claro y atravesando el bosquecillo debieron abrirse paso por una maraña de arbustos salvajes cuyas flores estaban por madurar. Una vez alcanzaron el lugar encontraron allí tendido el cuerpo de la criatura que Nehuen había derribado horas atrás. La cabeza estaba a los pies de la enorme y fornida bestia. Un largo surco de sangre negra iba desde ella hasta el cuerpo inmóvil.

Temerosa Dalila se arrepintió de estar allí. Nunca los había visto  de día y a la luz del sol eran más terribles que sus pesadillas. Completamente ajeno a sus pensamientos Marris empezó a besarle el cuello mientras con su otra mano intentaba desabrochar su cinturón de armas. 

Dalila se revolvió en sus brazos renuente. – No puedo hacerlo con esa…cosa acá.
-         Esta muerto tonta. – Marris sacó su espada y pinchó su cuerpo.
-         ¡NO!- Gimió Dalila. Marris se rió.
-        ¡Tiene la cabeza cortada!-  Dijo Marris. Se sentó en la hierba junto al cuerpo con aires de desenfado. – Dulce princesa Dracida…- Empezó a decir tomándola de la mano. – He matado a nueve de estas cosas. O al menos nueve y medio si contamos al que casi me mata si no fuera por tu ayuda la semana pasada. Créeme, me doy cuenta cuando están muertos. Además ¿Qué cosa conoces que pueda vivir llevando su cabeza a cuestas?

Dalila tuvo una extraña idea. 

-          Ayer…- Dijo sentándose al lado de Marris. – Tuve un sueño
-         Ay…no por favor…se supone que íbamos a
-         Escucha…-
-            Bien.
-        Soñé con esqueletos. Uno llevaba su calavera en brazos  como si se tratara de un bebe. Y estaban bailando en el refugio…como si se burlaran de nosotros. 

Marris la tomó en brazos y es la hizo sentir segura. Marris podía ser un idiota pero no era un mal hombre. Y ella sabía muy bien de que eran capaces los hombres malvados, como los de las montañas. – Nena…estas un poco sensible, lo entiendo. Hemos pasado cosas muy duras desde que llegamos aquí a Darbis. Sí me deshago de esta cosa ¿Vamos a hacer lo que teníamos planeado hacer?

Ella afirmó. A veces Marris sentía asco de sí mismo por lo manipulador que podía llegar a ser con una mujer tan joven como Dalila . Pero llevaba una semana sin probar las bondades y el placer que puede otorgar una mujer que ama. 

-         Bueno, lo quemare. Aléjate un poco.
El Dracida de Frigord extendió el brazo en dirección al cuerpo de la criatura y abrió la palma de su mano, una serie de destellos rápidos y cegadores comenzó a tomar cierto volumen, como formando pieza a pieza una pelota de tamaño pequeño. Dalila aguardó paciente a que acabara, no quería ver a ese bicho muerto mientras hacían el amor y francamente no podía creer que Marris pudiera soportar algo así.
-        Dale…tírale. Dijo Dalila
-      Solo un poco más. Quiero que se desintegre no que arda como chimenea para que sus amigos nos vengan a buscar.

Imperceptible de momento a ambos dracidas. Aquel liquido oscuro, negro y denso como brea que rodeaba el cuerpo empezó a reaccionar. Nada que el ojo humano pudiera advertir de momento. Temeroso por su propia supervivencia, el líquido se deslizó hacia la cabeza tendida a los pies del monstruo. Atravesó la hierba y la tierra formando pequeños surcos como diminutos arroyuelos. Algo había despertado su atención.
-          ¿Y?
-          Ya te dije…si esto empieza a hacer humo estamos fritos.
-          Entonces dejalo como esta y vámonos a la mierda. Se quejó Dalila .
-         No.- Se insistió obstinado Marris. – Como buena Dracida tenes que aprender a controlar tu… ¿Eso estaba así?- Preguntó de pronto el Dracida de Frigord. Señalando los ya evidentes surcos de oscura materia en la tierra.

Ahora el extraño liquido había alcanzado por fin su objetivo y se había adentrado de llenó en la extremidad desmembrada la noche anterior. Dalila vio que sus ojos tomaban un color que no había visto antes. Intenso y claro a la luz del sol. La Dracida fue en busca de su espada, Marris atenazado de pronto por el espanto no se movía. 

Los ojos de la criatura centellearon en ese misterioso color pero luego volvieron rápidamente al pardo que la compañía de Ipsis había visto. Antes de que Dalila alcanzara su espada el cuerpo tendido en el suelo se incorporó. El líquido negro que salpicaba todo su pecho se movía, parecía estar tejiéndose sobre el cuello en dirección a la cabeza. 

-       ¡Dispara!- Gritó Dalila . Marris iba a lanzar su bola de fuego cuando el cuerpo decapitado de la criatura le golpeó en las piernas, haciéndole perder el equilibrio y la concentración necesaria para atacarlo con su Rettem.
-          ¡Corre Marris!- 

El género sombrío, de densidad misteriosa terminó por acoplarse a la cabeza.  Y como por obra de la más extraña hechicería el cuerpo tomó la misma con ambas manos y la depositó en su cuello. La materia negra rodeo todo el pescuezo y unió ambas partes a una velocidad imposible, aun para un Dracida. Marris lo vio pararse sobre sus dos patas bajo el sol radiante de ese día.

En pleno pánico Marris no pudo hacer otra cosa que balbucear. Esa cosa acababa de ponerse la cabeza en su lugar como si hubiera dispuesto de ella antes de irse a acostar. Con la misma naturalidad que uno abre los ojos al despertar y con la misma pétrea expresión con la que había caído la noche anterior. Extendió sus brazos hacia Marris con ánimos de tomarlo. Dalila le salió al encuentro con su espada. La criatura la empujó con su mano derecha antes de que lograra tocarlo y se dirigió hacia ella.

Dalila recuperó el equilibrio, no trastabillo. Cerró los dientes y frunció el ceño llena de dolor por lo que estas cosas habían hecho a su familia unos diez años atrás. – Vamos bicho de mierda…vamos…veni por mí. Te voy a mostrar lo que puede hacer un Dracida.

La joven Dracida se lanzó sobre él. La bestia esquivó sin mayor dificultad su ataque y la tomó por el cuello. Marris solo miraba, tenía sus miembros fijos al suelo, su mente intentaba encontrar una respuesta a lo que veía. O eran tan solo la cobardía dominándolo por primera vez en su vida.

La figura alta y gris parecía un gigante frente a la pequeña Dalila . Aferrada por la garganta, Dalila movía sus pies en el aire desesperada por ayuda. Miraba a Marris desorbitada, en sus ojos morenos había decepción. El asesinó volteó hacia el Dracida y volvió a mirar a su víctima sujeta en sus garras. Andia, en un último intento le  hundió la espada que cargaba en las entrañas. Marris vio el filo atravesarlo, salir cubierto de aquella negra sustancia por su espalda. Pero el homicida siquiera se inmuto. Con su mano libre cogió la muñeca de Dalila y la apretó hasta que soltara el arma. Quedando esta clavada en su vientre la retiró con su izquierda y estocó a Dalila sin mayor contemplación con su propia espada. Soltó a la  Dracida sin vida  a sus pies con la hoja aun aferrada entre sus costillas. Se volvió hacia Marris.

Este trastabilló en el suelo intentando escapar. Perdió el control de su esfínter y una mancha oscura se evidenció en sus pantalones, como también en un charco que nacía de sus tobillos. La bestia lo observó en silencio por unos segundos que a Marris le parecieron años. Luego le volvió la espalda y se echó a andar hacia el sur, ignorándolo por completo. 

Ahora Marris tendría que lidiar con el cuerpo de su novia y algunas mentiras sobre lo ocurrido de regreso al campamento.

***

-          Se levanto de entre los fierros. ¿Comprende? Howar dinamitó la torre de control y esa cosa salió de entre los fierros.

Dijo el Teniente Erikson en la grabación que Ipsis miraba con cada vez mayor preocupación. Se le había hecho un nudo en el estomago y en la garganta que no se irían por un largo rato.
-          Es imposible. – Contestó el interrogador. 

-        Si no me cree para que mierda me están preguntando lo mismo una y otra vez. ¿Quiere que lo ponga en claro hombre? Lo voy a poner en claro para usted y todos los idiotas que están del otro lado de ese vidrio. La mina esa reventó a dos oficiales de Policía a las afueras de Witters Alley. A uno lo atravesó con el puño como si fuera una lanza. Al otro le aplastó la cabeza de un pisotón como si el cráneo del tipo estuviera hecho de Play-Do. 

-         Escuche Teniente…
-         NO, escúcheme usted. Después de eso apareció caminando en pelotas por el medio de la ruta y paso por encima de una barricada que habíamos levantado con un pelotón de la aerotransportada que tenía armas antitanque. Madame Culini, como la llamamos nosotros, paseó en culo por todo el pueblo. Fue hasta la comisaría donde estaba Tigre y mató a más policías de los que un ataque terrorista hubiera podido hacer. Le lanzó un auto encima a Tigre como si fuera Hulk y de ahí llegó al Cocoon. No tengo que decirle como terminaron las cosas. Esa puta de mierda está ahí afuera en algún lado, no sé que es ni de donde mierda viene ni que quiere pero podría jurar por sobre la tumba de mi vieja que no era humana. No era de este mundo y me voy a morir repitiéndolo. Ahora hagan algo al respecto y déjenme…- Erickson se quebró. – Déjenme…vivir mi nueva vida. La que esa puta me dio en el momento en que decidió dejarme con vida.