martes, 19 de junio de 2012

El Ritual de los Condenados III


Capítulo III

Siete Monedas de Plata







Las luces de las calles del centro eran como enormes esferas luminosas que tomaban graciosas formas debido a la borrachera de Rise, quien regresaba a su casa tras su habitual lacónico paseo por las frías calles de la otoñal ciudad de Blondres. El motor del auto producía un sonido suave y el murmullo de las llantas sobre el asfalto mojado era para él como un canto somnífero. Sus ojos querían cerrarse a toda costa, sin embargo la mirada nerviosa del Taxista desde el retrovisor lo invitaban a comportarse. La Radio pasaba un tema que era sin duda la novedad del momento. Rise no lo reconoció.

Cabeceando Rise intentaba que su Rettem ganara la desesperada batalla contra las 4 botellas de litro de cerveza Milton que acababa de tomarse. El led de la radio en el tablero se movía de un lado al otro, parecía acompañar el ritmo pegadizo de una música que como mínimo le resultaba estúpida y vacía. Aunque de todas formas la prefería a la "Música Ritual Dracida" una cosa larga, gritona y depresiva que tocaban los de su especie allá en el bosque durante las fiestas para ahuyentar la "Mala Luna", es decir cuando esta se encuentra en cuarto menguante y la mitad exacta de la misma se es tomada por las profundas sombras. Se suponía que en ese día del mes las fuerzas de la luz y de la oscuridad estaban librando una batalla en igualdad de condiciones y otras cosas que Rise no consideraba más que pavadas.

Estar borracho de nuevo si era una cosa agradable. Hace mucho que el Jethi de Bilingord había perdido de vista esa pose de caballero teuton que se compran los chicos jóvenes en el entrenamiento. Para él, si uno se sentía solo, triste o meado por un sin fin de situaciones de tamaños Jurásicos beber no era la solución, pero sin duda era mejor que llorar abrazado a la almohada de su cuarto como una niña. Cuando Rise bebía todo le podía chupar un huevo, los músculos tensos por las cuerdas de la mente inquisitiva y dubitativa se soltaban. Las sonrisas salían fáciles y las palabras también.  Estaba bien tomar, mucho o poco, había cosas mucho peores no haría de eso otra cosa por la cual preocuparse. Una de sus frases favoritas sobre el asunto era "Si la vida se te atraganta, es mejor pasarla con birra". 

El automóvil se detuvo suavemente frente al Edificio de ladrillos rojos que era la unidad 4 de la Troncor Street, las viejas antenas de televisión y los fierros de las escaleras de emergencias conformaban una criatura de metal negro y oxido que rodeaba toda la estructura a sus lados. Las siete ventanas de cada unos de sus ocho pisos eran ojos oscuros que observaban a la noche de la ciudad. Una nocturnidad en la cual se perdían los ecos de las alocadas cantatas de sirenas de ambulancias o de la policía yendo a toda velocidad por la Sarchil Avenue.

Ante la queja del Taxista, dispuesto a huir de allí lo más rápido posible antes que plateadas balas acabaran con su vida producto de la inseguridad, Rise le pagó y ni se preocupo por el cambio a pesar de tener poco dinero en sus bolsillo.


El Jethi ingresó por la puerta de entrada, amplia, cuadrada y desprovista de cualquier adorno. Sentado en la silla al lado de la portería estaba William Sigger, también conocido por todos como "El capitán". A menudo y a cualquier hora del día se lo podía hallar allí, dormido en las sombras de la locura que aparentemente lo dominaba. Su camisa de estilo Hawaiana y el sombrero panameño blanco contrastaba con el tipo de vestimenta adecuado para esta temporada. Sin embargo, cuando Rise pasó frente a él, los ojos morenos del hombre gordo y de color se abrieron.

- Un buen guardián pregunta en la noche ¿Que quiere usted en mi edificio?- Su voz grave era emitida con amabilidad. Si bien Rise mantenía una prudente distancia de ese hombre tan extraño solía compartir con él una o dos o tres medidas de Whisquy ciertas noches antes de marcharse al Bosque.
- ¿Como va a desconfiar de mi Capitán? Rise Thomas Kenneth Reportándose. - Dijo Rise tratando de recordar cuando fue la ultima vez que sonrió con tanta sinceridad a un ser humano. De alguna forma "El Capitán" era uno de esos sujetos que siempre logra sacarle a uno una sonrisa, aunque diga una pavada atrás de la otra con respecto al país, la economía, los Brusos etc. 
- ¿Como estuvo ese campamento de Anarquistas en el norte?- Dijo el hombre riéndose e incorporándose pesadamente.
Rise iba a contestarle o a retrucarle con alguna otra broma muy boluda de esas que se hacen los vecinos. Pero en ese momento una sensación como de hielo le atravesó el vientre. Fue tan fuerte que hasta el loco de William miro en dirección a la puerta como asustado.

Debajo de las luces de tubo alargadas que recorrían todo el techo del pasillo de entrada, desgastado y de colores celestinos, estaba la alta figura de un hombre rubio de una belleza tan grande como poética. Sus rasgos finos hacían juego con los lentes negros redondeados y la gabardina cara que llevaba sobre su cuerpo, algo rociado por los cristales que la nieve había dejado sobre ella y sus largos cabellos rubios.

Lo que andaba mal para Rise y para el portero era que esta clase de personas no solían entrar a edificios como el numero cuatro de la Troncor Street. Toda su presencia contrastaba mucho con las pintadas de las paredes en los corredores o las ventanas enrejadas y de vidrios rotos por donde pasaba la gélida ventisca otoñal. Y bien sabía Rise que si lo hacían era para llenar de balazos a alguien que no había cumplido una promesa a algún peso muy pesado del vecindario. A alguien que en el bajo pudiera pagar por refinados y profesionales asesinos en vez de drogadictos armados que intercambiaban balas por algunas  dosis de crack o heroína. 

- Buenas noches.- Dijo el joven con su voz suave aunque profundamente contenida y fría. Rise no se atrevió a contestarle. William si:


- Buenas Noches, ¿En que puedo ayudarlo doctor?- Will solía llamar a cualquiera de cualquier manera.


- Busco el apartamento numero 9 B. Contesto el sujeto.

Apremiado por una increíble sensación de agobio que Rise no experimentaba desde hace tiempo se alejó de allí teniendo un pésimo presentimiento sobre algo que no podía terminar de definir. Palmeó las espaldas del portero y subió por las caracoleras escaleras del edificio hasta su propio departamento, el 17A. Mientras esto hacia escucho al portero decir:


- ¿Y porque quiere visitar al viejo Rick?


- Soy un buen amigo del señor. Respondió el hombre rubio. Will le indicó como llegar hasta allí con la amabilidad y excentricidad acostumbradas. El sujeto le agradeció y se dirigió al hueco donde comenzaban las escaleras.

Los Dracidas tienen, por cuestiones obvias, un especial sentido del peligro y no se les pasa por alto cuando un Vlaind anda cerca. Primero que nada porque los muchachos del Ramkkara son bastante identificables en los ámbitos más recurridos por los hombres. Su apariencia cuasi divina no es algo que se pueda ocultar fácilmente y por eso mismo ellos viven entre familias e intentan tener poco contacto con los hombres comunes.

Rise creía que era la primera vez en muchos años que veía a uno. Claro que si no le hubiera estado dando a la birra toda la noche probablemente recordaría que este era el mismo sujeto con el cual había tenido la corta y cordial charla en el tren. Crisald subió hasta el segundo piso del edificio con sus ojos ocultos tras los cristales de sus anteojos. Debajo de su gabardina la Desert Eagle dorada como la que utilizan regularmente los príncipes de los Vlaind aguardaba impaciente, al igual que Epsurren, la espada implacable de los Larentguer.

La puerta negra y mal pintada del apartamento que buscaba yacía a lo ultimo del pasillo. Sobre ella titilaba, falta de buena corriente, la luz blanca de tubo. El Vlaind se detuvo a una distancia prudente de la puerta y golpeó la misma con educación. Luego se quedo allí esperando como una estatua a que alguien abriera la la misma. 

La voz de una mujer emergió del otro lado con desconfianza. - ¿Quien es?
- Soy un buen amigo del señor Rick Altin.- Contestó Crisald. Un murmullo inaudible se escuchó del otro lado de la entrada. La queja de un hombre joven le llegó a los oídos. La puerta se abrió de pronto con un dejo de furia. Un sujeto de barba a medio crecer y en ropa interior le echó una mirada furiosa a Crisald.

- Dígale al hijo de puta de Trimberg que no pienso pagarle el alquiler por adelantado- Llegó el hombre a los gritos ante la presencia del Vlaind. Su desafiante forma de dar la bienvenida se truncó como un tren que clava los frenos cuando es muy tarde. Un relámpago de terror le cruzó el rostro en menos de un segundo.


- ¿Rick Altin?.


- Ha...ha..si...- Instintivamente Rick iba a dar un paso atrás.


- Idu Era sivalion- Dijo el muchacho rubio.

Cuatro sonoros disparos emergieron como fuego desde el bolsillo de la gabardina del Príncipe. Los proyectiles atravesaron el pecho del hombre como meteoros endemoniados dejando tras de sí rastros de oscura sangre sobre el sucio suelo. El humo producido por la ejecución del arma se levantó entre los dos como los rastros de un sahumerio producto de un ritual. La negra vestimenta del Vlaind se manchó lo justo producto de las heridas acometidas contra su enemigo. Crisald se quitó los lentes negros y observó a su victima con aquellas orbes celestes.

Mientras tanto la mujer que acompañaba al desgraciado Rick no podía parar de gritar en un rincón, pues ella no veía ningún hombre, ningún Vlaind o asesino. Ella veía parada ante la puerta a la mismísima muerte o al menos lo más parecido a ella que su cerebro humano y mortal podía comprender. Una figura alta y enredada en sombras tan oscuras como las pesadillas de su infancia. Entre tanto Rise corría a buscar, debajo de su cama la escopeta y la espada que juntaban suciedad allí desde hace algún tiempo. Si bien llevaba su Beretta sabia que con un Vlaind las balas de una pistola regular no suelen ser suficiente.

A pocos metros de allí, Crisald abrió su gabardina y el sonido de la misma se pareció al de la capa de un inveterado caballero que arremete contra el viento en gallarda cabalgada. Epsurren emergió de la negrura de su traje como un rayo de plata y de oro que se posa entre los dos. Bien en lo alto sobre la cabeza de Rick, quien intentaba tapar el colador en el que se había transformado su pecho ardiente, solo podía observar con desesperación a su ejecutor.
- Que Namidian se apiade de tu desgraciada alma. Dijo Crisald con desprecio. Y luego bajó sobre él aquel acero límpido para hincarlo con furia  hasta los dientes de su primera victima. En un golpe tan rápido como mortal la cabeza de Rick estaba abierta en dos y sus cesos desparramados por la alfombra barata que daba la bienvenida a los visitantes.

Crisald no podía darse el lujo de dejar testigos, aunque realmente le dolía tener que acabar con la mujer humana que sin duda no valía un comino para el morador del submundo. Pero si iba a hacer el ritual este tenía que ser llevado a cabo de una forma lo suficientemente buena como para no ser interrumpido por la policía o incluso la inteligencia de la nación.

Sacó de su bolsillo la Desert Eagle listo para darle una muerte digna y rápida a la pobre muchacha que no paraba de llorar sobre el cuerpo desnudo de su compañero. Pero al ver las lagrimas de la adolescente Crisald no pudo evitar contener su dedo en el gatillo por unos segundos. Las imágenes de los cuerpos de su familia apilados en fila envueltos en bolsas plásticas se le vinieron a la mente por un segundo como eructadas por su cansado cerebro. Frunció el ceño y volvió a apuntar a la cabeza de la chica, quien no dejaba de mirarlo a los ojos con una expresión de terror que lo hizo sentir un monstruo de leyendas antes una blanca princesa en apuros. Como si fuese Andromeda encadenada llorando ante su inexorable muerte. 

La súbita confusión del Vlaind estaba por desvanecerse cuando  la voz de un hombre arribó por  detrás como un desafió de los viejos tiempos. Aunque sin duda mucho menos elegante que en aquellas épocas.
- ¡Che Rubia de pasarela!...date vuelta y tira el arma o vas a tener que juntar tus tripas del piso...-

Rise estaba del otro lado del pasillo, a pocos pasos de las escaleras apuntando con su escopeta larga. El caño de su arma tenía un color brilloso y sombrío que el Dracida hace tiempo no le veía. En su hueco negro, las fauces de su Remington tenían ya cargados siete cartuchos listos para mandar al principito a dormir con los peces.

El Vlaind se dio media vuelta pero sin bajar la espada o el arma de fuego. Lo miró extrañado como si Rise se estuviera metiendo en un lugar donde no lo habían llamado. El Dracida estaba notoriamente temblando y el miedo era visible en sus ojos. Al reconocerlo como lo que era Crisald no pudo evitar sentir un poco de nervios. Los Dracidas no eran tipos con los que uno podía confiarse, ni siquiera uno en condiciones tan paupérrimas como Rise, quien llevaba al menos siete años sin un duelo con uno de su especie.

- Soltala...- Dijo Rise con los dientes bien apretados y las manos tensas en el arma. Un fulgor verde le nació en los ojos de ese mismo color, el fuego del dragón comenzaba a fluir por entre sus venas y su mente. La adrenalina inundaba el sistema de Rise listo para darle una paliza a su enemigo.

Crisald se echó a un lado, cubriéndose desde el interior del departamento logró esquivar el disparo de escopeta que destrozó los jarrones baratos de decoración que yacían en el comedor del pequeño apartamento. La porcelana estalló en mil pedazos y se esparció por el suelo. Crisald abrió fuego con su pistola pesada y Rise fue lo suficientemente ágil como para volver al hueco de la escalera dejando que los proyectiles impactaran contra la ventana del corredor del edificio deshaciendola con gran estruendo.

Crisald no tenía tiempo como para enfrentarse a ese muchacho y tampoco le importaba demasiado. Aunque pensó en acabar con la vida de la mujer, el tenía las autoridades de su lado debido a sus contactos con la Fundacion Ferdinand. Vio la ventana que se abría hacia las escaleras de emergencias y corrió hacia ellas. Al escuchar sus pasos hacia la grácil huida, Rise corrió como el diablo hasta la puerta del departamento, pasando por alto el fiambre de Rick. Pero solo llegó a ver la mitad del cuerpo de Crisald salir por el ventanal. A pesar de que descargo nuevamente la escopeta no tuvo suerte, solo abrió huecos en las paredes baratas del edificio.

El Vlaind, ágil como todos los entrenados por la Orden de Rolando simplemente calculó las cosas muy rápidamente y se balanceó por las escaleras como un atleta experto. Caminó los suficiente, corrió lo necesario y saltó lo posible hasta la calle. Rise llegó hasta el borde la ventana, pero allí tuvo que agachar la cabeza ante otras cuatro escupidas de plomo que Crisald realizó sobre la marcha hacia su auto estacionado cerca de ahí.

Sin tanta agilidad ni gracia, más parecido a la monería de un niño que intenta imitar a una estrella del cine, Rise se tropezó más de lo suficiente entre los fierros, trastabillo ante la altura y cayó derecho al contenedor de basura. Pero no se detuvo e intentó correr hasta la calle, donde Crisald ya se encontraba subiendo a su Haudi negro. Auto que levanto velocidades celericas en un santiamén. El hueco al costado de la escopeta vomito un ultimo cartucho antes de tenerlo fuera de alcance. Los perdigones impactaron contra el auto golpeando como granizo la puerta lateral, un pedacito de vidrio hizo un suave tajo en la mejilla perfecta de Crisald quien, ordenado y metódico no prestó atención a esto y salió como misil por la avenida.

Exhausto Rise ni siquiera pensó en perseguirlo. Al menos había evitado que le volara la cabeza a la piba. Sobre la acera nevada de Troncor Street los transeúntes observaban preocupados y algunos llamaban a grandes voces a una patrulla de la policía que se acercaba por la derecha. Respiró, guardó como pudo la escopeta debajo del piloto verde y escondiéndose entre la gente regresó al interior del edificio, luego se sentó pesadamente sobre la silla de "El Capitan" donde cerró los ojos un instante intentando abandonar la adrenalina que lo había dominado en los últimos siete minutos.

Mientras el Vlaind evadía con la destreza de un piloto de carreras a los autos estacionados en el próximo semáforo y regresaba en dirección al norte, abrió la guantera del tablero y sacó de allí siete monedas de plata antigua con un caballero montado sobre un corcel que había encontrado años atrás en el cuarto de sus padres. A la carrera ya sobre el puente que nace en la Pallance Avenue lanzó las monedas por la ventanilla en dirección a las aguas oscuras del Margun. Las metálicas y plateadas esferas descenderían hasta las oscuras profundidades donde el alma de Rick Altin, el traidor, habría de morar de ahora en adelante. El Ritual de los Condeados acababa de empezar y Crisald estaba lejos de de acabar. Los casquillos de bala pronto anegarían la ciudad como una tormenta de plomo que las alcantarillas no podrían aminorar. 

N/A: El tema oficial que inspiro este libro para despedirnos. "The Passenger" Siouxie and the Banshees

















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