lunes, 22 de septiembre de 2014

Memorias de la Nevada IV

El Rompe Cabezas 


Los pasos de Jhonny debían ser cautos. En el ampuloso y oscuro living de la casa de su abuela el silencio era tal que hasta el más mínimo chasquear de sus tobillos al caminar podría despertar al fantasma que habitaba allí. Una vez en el centro de la habitación divisó las largas escaleras contra la pared que llevaban al estudio en la planta superior. Como una larga serpiente o monstruoso cienpies la guarda de la escalera contra la pared que ascendía a la primera planta llevaba al estudio de su abuelo Thomas. La luz estaba encendida y una sombra encorvada se proyectaba desde la habitación hacía la pared donde colgaban los cuadros y fotos familiares.

Clin!
Escuchó Jhoony. Era la campanilla de la maquina de escribir. Retumbó entre las gruesas paredes de la casa y se perdió en los campos adyacentes, donde la larga tormenta se adueñaba del mundo. Con una llave inglesa en su mano, aun vistiendo el Jardinero de trabajo que tenía puesto, Jhoony tuvo el valor de subir las escaleras, siendo su perfil iluminado constantemente por los relámpagos. Cuando alcanzó la primera planta se alivió al notar que el estudio estaba vació y que el timbre que pensó escuchar era producto de su imaginación. 

Cuando volteó para regresar por donde había venido, el clásico sonido de las teclas siendo presionadas por un inspirado escritor se escuchó por unos breves segundos. Alarmado y asustado Jhonny salto hacía atrás. La hoja depositada en el carril clamaba en tinta fresca:


"Thomas ya no es tu abuelo, Thomas es el Ensamblador...
Y el ensamblador viene a destruirnos.
***

one two three...
hail t.v.
watching dirty harry
made a man of me
here I stand, t.v. man
I've got all the angels

eating out of my hand...
I got the good,
bad and ugly traits
but even dirty harry was allowed to make mistakes...

The Bolshoi T.V. Man 
El Televisor emitiendo la música de moda en aquel restoran al paso hizo que Jhonny Woodward quitara su cabeza adormecida del plato donde una Hamburguesa sin terminar había cumplido el rol de improvisada Almohada. Tomando papel de un servilletero de Coca-Loca Jhonny volvió al mundo de los vivos tras un pesado sueño que lo ataco a mitad de la tardía cena. A su lado un anciano vagabundo estaba estirando su mano hacía la cerveza Milton en Lata que no había terminado. Cauteloso el viejo retiró la mano tan pronto como Jhonny despertó y se alejo de allí como si nada hubiera ocurrido.

Lejos de ganarse las miradas reprobatorias de los clientes de Chippys Food, un parador de mala muerte con un cartel de neón verde defectuoso, Jhonny obtuvo aquello que nunca le fue difícil encontrar en otras personas del genero humano, la total indiferencia. Del otro lado del local, en una barra larga color salmón una camarera se pintaba los ojos cansados y un camionero al paso intentaba quitarse un moco difícil de extirpar. A su lado, en uno de esos grandes ventanales que ostentan los solitarios paradores la lluvia empezaba a morder el cristal con cada vez mayor intensidad. Sobre su cabeza cubierta por una gorra del Platino F.C podía escucharse el eterno zumbido de los tubos de luz. 

Sorprendido de que nadie le haya extendido la cuenta por adelantado, el pequeño, frío y cansado Jhoony Woodward por poco se arrepentía de lo que había hecho. Pensó en Pamela despertando a la mañana siguiente sin  encontrar rastro de él. ¿Llamaría a la Policía? ¿Se angustiaría al ver que no era capaz de encontrar rastro alguno de su paradero?...

No, eso hubiera ocurrido al año de estar casados o tal vez hace una década. Jhonny solía desaparecer de su hogar en la noche para ir a Beber a Lewington´s. Un local de bebidas pretencioso en la ciudad de Fixa Town cuyo único verdadero atractivo eran las camareras con ropa sugerente que trataban a uno como a un rey. Pamela iría allí sin dudarlo de no hallarlo en casa, para amonestarlo y humillarlo delante de otros clientes al grito de "Maricón Descarado"

Chippys food distaba bastante del colorido, adinerado y algo pretencioso Lewington´s y la chica que estaba del otro lado del mostrador aquella noche, preocupada por su lápiz labial barato, no se le acercaba demasiado a una modelo de publicidad, sino más bien a un personaje de caricatura o una directora del colegio secundario. 
Lo bueno de ir al bar de Fixa Town era que las chicas bonitas  sonreían a Jhoony de la forma que cualquier caballero espera que una dama le sonría, convirtiéndola en la versión devaluada de una geisha o una dama de las Mil y una noches siempre contenta de servir a su hombre, por supuesto, gentil y adinerado. 

Irónicamente Pamela no había sido siempre una gorda malhumorada y estúpidamente caprichosa. Cien mil veces Jhoony se sintió agradecido a San Jorge, su santo patrono, por haberle legado una chica tan hermosa como compañera para el resto de sus días. Antes de conocerla, cuando trabajaba en la granja de su padre y asistía a la Universidad con la idea de convertirse en profesor de Literatura, iba a Lewington´s esperando que la caridad del capitalismo le entregara un buen culo para mirar sin culpa, la sonrisa de una negra, de una asiática, latina o caucásica a cambio de una muy barata merienda. Sabía ya en ese entonces que la cama y el cuarto de esas chicas no estaban incluidos en las cartas o la abultada propina, ni siquiera en la providencia divina que el pudiera invocar esperando un milagro. Pero, en cierta forma estaba acostumbrado a no tener nunca demasiada suerte en nada. 

Al ver la lumbre de un relámpago mientras repasaba sus difusos recuerdos de universitario Jhoony volvió al asunto del libro. Seguramente había sido en la adolescencia cuando sus anhelados sueños de sentirse algo más que un fantasma crearon, letra por letra, a la Mujer de Ojos Amatistas. Mujer cuyo nombre no era capaz de recordar y empezaba a imaginar el porque.

La Mujer de Ojos Amatisas era un personaje bondadoso y amable con ciertos dotes divinos en su narración que sentía piedad de los desafortunados hombres y les guiaba desde un muy alto sitial donde las estrellas encontraban su verdadero origen. Un cielo que se abría una vez se cruzaba una capa de nubes gigantescas de lacerantes relámpagos como la tormenta que ahora mismo se desarrollaba. Vivía en una suerte de castillo que flotaba sobre el espacio y desde la cima de su trono observaba con sus faros hermosos la desgracia y la alegría de todos los seres gentiles.

A sus cuarenta años esa idea le parecía como mínimo estúpida e infantil. Pero a los once o catorce Jhoony solía pensar que ella era la única persona de este mundo capaz de comprenderlo y darle consuelo llevándolo en sus dulces manos a volar por sobre la tormenta para encontrar reposo en lo alto de su Castillo al caer la noche aquí, entre los crueles mortales. Los crueles mortales, en ese tiempo, eran sus compañeros de colegio y el maestro de Literatura Himburguesa en el Wetson Institute.

Los Woodward no eran personas adineradas ni Cultas allá por los 50´s. Sin embargo para ese tiempo la mayoría de las familias de Lapan Grows lo eran. Se habían beneficiado enormemente tras la guerra por la subida en los precios de todos los insumos necesarios para reconstruir una nación arruinada por la Segunda Guerra Mundial. Especialmente en la industria maderera.

Pero los Woodward eran granjeros y no precisamente grandes hacendados como los de Vincent Town. Por lo que Jhoony nunca contaba con todos los útiles necesarios para ir al colegio, ni tenía el uniforme nuevo y brillante a cada comienzo de año. Su madre había hecho lo imposible por que nadie se diera cuenta que los mocasines, el sombrero de paja y la chaqueta en verdad habían sido de su hermano mayor Mike.

Ser el único muchacho pobre y "desafortunado" en un curso de pendejos malcriados lo hacia blanco de todas las bromas y comentarios maliciosos posibles inventados por sus padres y reproducidos por sus hijos. En el alma y pensamiento de un chico relativamente callado más preocupado por su mundo y fantasías internas que en matemática o geografía, las primeras decepciones entre lo que se supone que sera el mundo y lo que en verdad muestra una vez corrida la mascara dorada se cuentan día por día.

A veces pensaba que los maestros, como tiburones, podían oler en él esa "Debilidad" y "Sensibilidad" que lo hubieran hecho un gran escritor, pero que para ellos no representaba otra cosa que un costal de mierda al que se podía recurrir cada vez que se tenía un mal día. Si se portaba bien, sus compañeros lo hacían sufrir y sí se portaba mal, sus maestros lo ajusticiaban como si se tratara de Billy the Kid.

En el cerebro del pequeño Jhoony Woodward la figura de la mujer de ojos Amatistas, el color más hermoso del que tuviera conocimiento a su edad, no emitían esos terribles juicios sobre él y le daban un fuerte y cariñoso espaldarazo cuando sus padres hablaban maravillas de Mike para no hablar de Jhoony. Sobre el cual tenían la modesta opinión del silencio.

Debió haber sido entonces que, al encontrarse ante el océano de posibilidades que supone una hoja en blanco frente a un chico muy triste apareció la Mujer de los ojos Amatistas sonriendole desde el otro lado de la tormenta para indicarle que aun él podía tener un mágico amigo sincero que lo hacía único y especial como ser humano.

Sentado en el algo destartalado asiento de aquella mesa blanca, Jhoony empezó a comprender que la elección de un nombre corriente para tamaño ser era, desde ya, una tarea que estaba por encima de todas las palabras que pudiera conocer a sus catorce años. Por lo que la Mujer de Ojos Amatistas debía representar a todas las mujeres que Jhoony alguna vez anhelo tener  a su lado hasta conocer a su actual esposa.
Música
Las camareras de Lewingston´s, Pamela, la chica de la que se enamoró en su primer adolescencia, esa que le gustó de un anuncio de Radios portátiles, la otra que co conducía el famoso programa de preguntas y respuestas "La Pregunta Himburguesa", la que atendía en aquella tienda de zapatos cerca del Deluxe Lapan Cinema. Todas, de una forma  u otra se habían condensado en una sola imagen que su mente vio nacer tan pronto como golpeó con furia el teclado de aquella maquina de escribir de su abuelo Thomas.

Como en un cuadro posmoderno que forma un rostro a partir de otros cientos. Rostros que no tienen nada de especial ni particularmente atractivo hasta que se ponen todos juntos para formar una imagen superadora y única. Semblante que se cae a medida que la realidad del mundo empieza a arrancar una a una pasados los años. Con las primeras canas, las primeras decepciones,  las primeras partidas, ese gran retrato del mundo que uno le gustaría que fuera se va cayendo dejando detrás de ellas solo el negro, frío y horrendo vacío que las piezas intentaban disimular.

Jhoony no era el más profundo ni despierto poeta no publicado en Himburgo, pero sabía bien como se sentía cada vez que volvía del colegio golpeado por sus compañeros o cuando algún maestro le hacía notar las hilachas en su viejo uniforme. Sabía como se sentía caminar debajo de la lluvia tras ser rechazado por una chica. Y ahora sabía como todos los adultos lo que se siente que tu matrimonio halla acabado en un fracaso rotundo y que tu vida sea todo menos aquello que armaste en tu cabeza alguna vez ante la pregunta "¿Que vas a hacer de tu vida cuando esto acabe?"

Se sentía exactamente igual que aquello que esta detrás del enorme rompecabezas. Real y vacío.

A sus cuarenta años Jhonny acababa de descubrir, tras ese extraño sueño sobre el estudio de su abuelo que en algún momento había perdido de vista a la mujer de ojos amatistas y que ahora, con su supuesta vida realizada, con su supuesto salario bien ganado y respetable profesión, con su supuesta felicidad y supuesta estabilidad la quería de regreso hacía él así el libro estuviera en el rincón más exiliado y oscuro de este universo.

Razonable o no, Jhonny no podía echarse atrás. Y si todo lo que en teoría iba a realizar sus expectativas cada mañana de su vida hasta el día de su muerte no le proporcionaba otra cosa que un horrible estado de conformidad bien podría cambiarlo por el antiguo, vibrante y seminal deseo de escribir una novela sobre una Mujer de Ojos Amatistas que cuida y ama a todos los seres gentiles de este mundo sin oponer objeciones ni mediar decepciones.

Pero aun era incapaz de recordar su nombre. ¿Que nombre se le puede poner a un sueño de semejante magnitud? ¿Que nombre cuadra en la entronización de todas las mujeres? O mejor dicho a la más acabada y perfecta realización onírica de lo que uno anhela como Mujer. Esos sueños erráticos, inconstantes, melancólicos e imposibles como los que solo puede producir la publicidad. Sueños que, en cierta manera chicas como Lucy Drissen intentan desesperadamente  convertir en realidad.

Claro que tenía un nombre, pero no era "Clara"o "Juana". Era...era..
-¡Un título!- Dijo en voz alta emocionado.

 Uno que sin lugar a dudas había escogido para su novela. Aun era incapaz de recordar cual era, pero al menos ya estaba seguro de una cosa. El titulo del libro era el nombre de la Mujer de ojos Amatistas, solo necesitaba que su cerebro diera la última vuelta de tuerca para que fuera capaz de recordarlo.

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