martes, 30 de septiembre de 2014

Memorias de la Nevada VI


Thomas

El Ensamblador 


La radio de su Chevy emitía "Young Girl" hacia la soledad y tranquilidad de la campiña Himburguesa ya a las afueras de Fixa Town. En el camino Jhoony había decidido comprar un anotador de bolsillo donde escribir las ideas y recuerdos que había tenido en las ultimas horas intentando encontrar un sentido más claro a aquello que, como tornado, lo interpelaba en la noche.

Mientras devoraba un sanguche de bondiola comprado a un  vendedor ambulante, las manos fuertes del granjero escribían nuevamente en papel. Solo que esta vez, lejos de ser una novela, plasmaba en la libreta el sueño que tuvo esa tarde luego de dormir una pesada siesta en el limite norte de Witters Alley. Esperaba, en algún momento, volver a leerlo y encontrar allí algo que pudiera darle pistas sobre la Mujer de Ojos Amatistas. ¿Quien era? ¿De donde había venido? y sobre todo "Que quería". De momento Jhoony estaba convencido de que era algo meramente Psicológico y había encontrado en esto un pasatiempo para hacer algo que a menudo no hacia:

Conocerse a sí mismo o, mejor dicho, volver a conocerse. Cuando acabara con esto y la improvisada y condimentada cena, llamaría a su abuela para comentarle que tenía pensado visitarla. Tras muchos años de estar fuera de esta actividad, Jhoony escribió de nuevo y se sintió muy bien hacerlo, aunque solo fueran pensamientos. Son los pensamientos los que te llevan a escribir y aun invisible a sus ojos, en el asiento trasero ella lo sabía y lo alentaba.





 ***
Sus manos se veían más jóvenes de lo que él las recordaba y presionaban las teclas como un profesional, sin necesidad de mirar el teclado o buscar allí las letras adecuadas para formar rápidas oraciones. Cada una de ellas convertía la nada en algo llenando poco a poco el vacío de cosas maravillosas, lumínicas y hermosas. De pronto ante sus azorados ojos las imágenes difusas de su mente se convertían en una realidad sentida y tangible que giraba y giraba todo alrededor de su mente, ansiosa por explorar el inmenso espacio que cabía en el universo de su propia imaginación. Él era la luz brillante que motorizaba la alocada carrera  de una galaxia en expansión.

En solo un segundo durante una tarde aburrida, una noche de insomnio o una mañana campestre Jhoony podía convertirse en un Dios de proporciones inmensas que con solo abrir una mano  en el vació podía dar nacimiento a trillones de planetas y galaxias que se abrían delante de sus ojos como un pasillo cuyas paredes se tornan a los costados hasta encontrar la plenitud de la inmensidad. La brillante y ardiente luz de la creación.

El rayo de información lumínico atravesaba su cuerpo, su carne, sus nervios y como en un shock eléctrico sin dudarlo sus manos se ponían a trabajar sobre el blanco de un papel para generar una gran sinfonía de inacabable beatitud. Siempre de la mano de la mujer de ojos Amatistas iba a visitar sus creaciones, valles, montañas, ríos, criaturas bondadosas, malignas, seres humanos, alienigenas. En el punto en que Jhoony se dio cuenta que existía un canal, una ruta hacia todo lo que su mente inquieta era capaz de crear  (pero incapaz de compartir) Jhoony empezó a escribir y no se detuvo.

A su lado la mujer de Ojos Amatistas le besaba el oído con sus dulces palabras.
Dame obediencia y devoción
Dame trabajo duro y sacrificio
Dame todo tu amor por la vida
y todo tu temor a la muerte.

Dame todos tus deseos y todas tus pesadillas
Yo las puedo transformar porque las puedo comprender.
Y porque las comprendo te amo.
Y tu me amas por que comprendo todo lo que deseas transformar. 

Jhoony miró a su derecha  de la maquina de escribir esperando encontrar el rostro de la Mujer de Ojos Amatistas, aquel cuyo nombre había olvidado y que suponía era el ensamble de todas las cosas que el añoraba tener en un solo y radiante semblante. Ahí estaba como siempre la foto de Thomas Woodward, su abuelo, con sus palos de golf. A su lado, por detrás, el cuerpo de una mujer se adivinaba pero no estaba allí la cara que el esperaba recordar, aunque sabía que fehacientemente allí estaba la clave de su misterioso personaje. En sus pupilas se encontraba la radiante luz, el ardiente deseo y el amor eterno.

Donde debía situarse la mirada que lo transporto hacia el viaje maravilloso que supone escribir había un hueco ahora. Un hueco negro cuyos bordes eran de fuego. Pequeño, ínfimo en un principio como la puntada de una aguja. Más a medida que escribía ese hueco se hacía cada vez más y más grande. Jhoony no dejaba de escribir, a pesar de que sabía que el agujero se haría inmenso. El vidrio del porta retratos se quebró en mil pedazos y la goma de borrar sobre el escritorio fue succionada por el hueco, como imantada hacía una dimensión de gélida oscuridad.

Sin  quitar los ojos de la fotografía las manos de Jhoony no se detenían, tomaban mayor velocidad segundo a segundo. Las teclas se soltaron, sus dedos se clavaron en los alambres, sus uñas se partieron ante el metal de la maquina, pero Jhoony seguía sin saber exactamente porque, aparentemente también lo había olvidado.

Los botones de su camisa salieron disparados y también fueron devorados por el hueco, pronto las mismas hojas de su resma de papel salieron volando como cientos de pájaros en bandada que son tragados por un hambre voraz. La mesa de teléfono, los trofeos del abuelo se marcharon también por aquella negritud insondable en la cara de la mujer de la foto, perdiendo vida, color y forma, todos los objetos grandes o pequeños se marchaban dejándolo en un cuarto que empezaba a perder el papel, siendo arrancado de las paredes por la titanica fuerza que no encontraba saciedad en su inmenso apetito.

Una vez solo quedo él sentado frente a la maquina de escribir, cuando todo lo demás ya había sido tragado por la vacuidad en la fotografía a Jhoony solo le restaba poner el punto final en su obra para terminarla. Si la terminaba, al igual que todas las cosas que lo rodeaban, también sería devorado. Dudó y la gruta en la foto rugió como furiosa o molesta. Entonces Jhoony recordó, como si nunca lo hubiera olvidado que La Mujer de Ojos Amatistas también podía devorarse su dolor. Dio el punto final y para siempre, gratamente, desapareció en su interior.

***


My lady soon will stir this way
In sorrow known
The white queen walks
And the night grows pale
Stars of lovingness in her hair
Needing unheard pleading one word
So sad her eyes she cannot see

White Queen (As It Begin)
Queen


En el pequeño apartado de enfermería del Tronador Hills Fixa Town Hospital dos enfermeras de guardia tomaban un mate esa madrugada mientras su televisor portátil mostraba los créditos finales de "El Gato Felix" en Mute. De momento lo mejor que podía ofrecer uno de los canales de aire para esas horas perdidas en el espectro televisivo. Sobre uno de los escritorios donde una de ellas llenaba formas e informes una pequeña radio portátil emitía la música de trasnoche de FM Walk, una de las radio más populares allá por los ochenta.

Y siendo ya las  Dos y media de la madrugada queremos invitar a todos los insomnes a olvidar el espantoso clima que asola el Sur de Himburgo este Julio con "The Monkees" y su clásico "I´m a Believer"

El ritmo de la música contaminada por la estática de un receptor en malas condiciones era seguido de cerca por el murmullo del lápiz con el cual la enfermera llenaba la ficha de la reciente ingresada. Gracias a la información del primer parte medico, todo lo referido a síntomas y estado de salud fue fácil de rellenar en los espacios pre fijados para este tipo de documentos. Más una vez terminada su rutinaria labor Debora Vilson preguntó a su compañera, quien miraba el televisor como hipnotizada, el nombre de la Muchacha.

- No lo se...aun no ha despertado y quien la ingresó no dio detalles tampoco. Aunque era un cura de lo más apuesto.
- ¿Un Cura apuesto? Eso me gustaría verlo...- Repuso Debora mirando hacía su compañera con el lápiz en su mano.
- Se un tal Frederick Merry. Incluso dono unos Veinte Balbans al Hospital...
- ¿Solo Veinte? Que agarrado.

Debora regresó a su tarea y volvió a ver el casillero donde decía "Nombre y Apellido" vacío, en blanco.
- Entonces ¿Que nombre le pongo?
Su superior se encogió de brazos.
- No se, lo que se te ocurra por el momento. Cuando despierte le preguntaremos.

Debora se llevó el lápiz a la boca intentando pensar un nombre. Finalmente, con lo primero que le vino a la cabeza y sabiendo que tarde o temprano sabrían su verdadero nombre garabateo sobre la ficha:
Nombre y Apellido:
La Mujer Desnuda.

Se sonrío por su estúpida travesura y continuo con sus otras tareas.

***

Del otro lado del pasillo, cruzando sus luces de tubo que parecían extenderse hasta el infinito y su piso plástico del tipo que rechina al caminar estaba la puerta ligeramente entre abierta de la habitación donde Lucy Drissen había sido internada. Como en una broma de mal gusto para quien ingresa con un ojo menos  su receptor de tv colgado en la esquina de la habitación, cerca de la ventana, dejaba el Gato Felix atrás para dar paso al cierre de transmisión. Desde su cama Lucy pudo ver y escuchar el institucional obligatorio con el cual terminaban todas las emisiones.

Su vista cansada y algo borrosa de momento pudo percibir las figuras de los barcos, corvetas, destructores y gigantes portaaviones de ultima generación de la Marina surcando las aguas del globo. Submarinos equipados con misiles nucleares saliendo a la superficie, la bandera de Himbugo hondeando en alta mar, Royal Marines asaltando playas y lanzándose desde helicópteros al mejor estilo Rambo y otras películas populares de la época. Las imágenes triunfales de la maquina de matar Himburguesa eran acompañadas por las palabras del Primer Ministro en uno de sus más celebres discursos de apertura en su Segundo Mandato. 

Himburgo es un león hambriento, tal y como aquel que flamea en nuestra bandera sobre el firmamento, defiende con sus garras y fauces salvajes a sus hijos para que nazcan seguros , los educa para que siempre estén hambrientos de progreso, hambrientos de libertad y de Justicia. De todas las razas, de todas las clases, de todas las regiones, nosotros, Hijos de esta gran Nación Vamos mancomunados  hacía adelante sin dejar a nadie atrás.  

En cada escuela, en cada fabrica, en cada ciudad o pueblo de esta Nación hay un León que defiende lo que ha ganado receloso y esta dispuesto a luchar contra cualquier contrincante hasta la misma muerte por los derechos y libertades que este país ha ganado con tanto esfuerzo. Jamas debemos permitir que los advenedizos, internos o externos, las ideologías con simpáticos disfraces  o el terror pongan en peligro las libertades Cristianas y Occidentales que han hecho Grande el espíritu de esta nación, la nación Himburguesa, ¡La Nación Indispensable!

Poco antes de que terminara la propaganda con un Pallance radiante siendo aplaudido por sus votantes, la mano de un hombre alto fue hasta el interruptor y apagó el ruidoso aparato. Estando todo el cuarto en penumbras Lucy imaginó que se trataba de un medico o tal vez una enfermera. Entonces aquella voz de acento norteño llegó a sus oídos, al igual que el caminar de unos zapatos caros dirigiéndose al costado izquierdo de la cama.
- Lo siento, solo tenía interés por ponerme al tanto de las peculiares novedades- Dijo aquella voz, era igual a la de ese anciano que había visto en la carretera. Anciano que ella creía había sido parte del shock o del cansancio tras su accidentado encuentro con Peter Leggins.

Junto a la ventana, que mostraba una noche lluviosa y un cielo encapotado hasta el horizonte, la silueta oscura de un hombre se sentó en una pequeña silla de cojines negros desgastados y buscó en su bolsillo algo. Cuando el objeto se mostró ante la luz Lucy se percató que era un viejo reloj de cadena, como aquel que utilizaba el conejo de Alicia, aunque obviamente mucho más pequeño. El anciano cerró el dispositivo y se acomodo en la silla cruzando sus piernas.

- ¿Es usted quien me trajo aquí?- Preguntó Lucy.

El viejo se aclaró la voz.
- En parte. 
- ¿Es un doctor?
- No. No lo soy. 

La conversación fue interrumpida cuando, de pronto, una enfermera abrió un poco más la puerta de la habitación, como queriendo revisar que todo estuviera en orden. Finalmente ingresó y preguntó a su compañera en el cuarto de enfermería:
- ¿Vos le apagaste la tele Debora? ...¿No?... Pobre...

Sin decir "Hola" "Buenos Días" o "Como se siente" y francamente sin importarle una mierda si Lucy Drissen estaba despierta o no, la mujer encendió nuevamente el televisor. Al ver que la transmisión del canal había terminado cambio a otro donde un pastor evangélico pasaba su programa gravado, lo puso en Mute y se marchó. 

- Bueno, creo que alguien se le olvido que, a pesar de todo, no estas sorda. - Dijo el anciano. Si bien Lucy no podía verle claramente imaginó que sonreía y así era. Antes de que ella pudiera decir cualquier cosa el viejo habló nuevamente con un tono solemne, como el de un psiquiatra  o un profesor experimentado luego de volver a ver su reloj.

- No tenemos mucho tiempo Lucy por lo que voy a ser claro. Antes de que me lo preguntes diré lo siguiente: No soy un Doctor, un familiar o alguien de tu especie. No soy un fantasma, ni un Ángel ni un Demonio. Ciertamente no soy Dios ni Lucifer; por suerte estoy por encima de las dualidades que han generado la fe y la mente Humana a lo largo de su historia. No hay Bien o Mal para mí, ni día y noche o Luz y oscuridad. Desde ahora en adelante soló tu seras capaz de verme, oírme y, llegado el caso, sentirme. También debo aclararte que, aunque te sea muy difícil de creer a lo largo de nuestra charla tampoco soy producto de tu mente o de una condición de stress post traumatico. Soy el Ensamblador y mi tarea ensamblar una pieza con otra. Teniendo en cuenta que para alguien de tu especie puede ser algo perturbador llamarme de esa manera, te diré que el nombre que este cuerpo tuvo alguna vez es Thomas Herald Woodward. Por lo que, si lo deseas, puedes llamarme así. 

Lucy hizo silencio y el sonido de la lluvia afuera se mezclo con el de su forzada respiración. Con la relativa certeza de que estaba alucinando contesto:
- Déjeme dormir.

Thomas habló y en su voz Lucy Drissen no pudo encontrar un ápice de emoción o sentimentalismo. Su tono era como el de un muy frió doctor o un científico loco que expone ante el héroe sus planes de dominación mundial. 

- Lamento informarte que eso no sera posible Lucy. Veras - Señalo el suelo con firmeza - Tu vas a morir en este hospital. Cualquiera de las cosas que creas que deberían suceder ante un acto tan bárbaro como del que has sido victima no ocurrirán. Lamento apresurarme a aquello en lo que ni siquiera has pensado aun, pero el tiempo es corto y necesito que tomes una decisión antes de que mueras, sea por tus heridas o por otras causas. 

Ningún oficial de policía vendrá a tomarte declaración. Ningún Medico hará un esfuerzo valiente por salvar tu vida. Ningún medio, local o externo, vendrá aquí con su cámara y anotador para escuchar la terrible historia que quieres revelar a esta sociedad.

Thomas hizo silencio aguardando una protesta o asegurándose de que tenía su plena atención. Aclaró su garganta y continuo.

- Tu madre, sin dudas, ira a la prensa al no dar contigo y no encontrar respuestas convincentes de las autoridades. Tu madre vivirá para ver el descrédito de todos sus dichos y la prensa local la tratara como una loca. Con mentiras, medias verdades y una gran imaginación por parte de los Servicios de Inteligencia ella pasara a ser una anciana delirante que cree en los Platillos Voladores y en un gobierno demasiado dado a las conspiraciones. Permanecerás "Desaparecida" hasta el retorno a la democracia a inicios de los 90. Finalmente, ya cuando tu madre este enterrada en ignominia, una comisión del gobierno te integrara a una larga lista de Nombres donde, más allá de todo, solo seras eso: Un Nombre tipeado en una maquina de escribir por una activista de derechos Humanos. Tus Victimarios, a pesar de comparecer en algún que otro tribunal vivirán mucho más que tu o tu madre para retirarse con honores del Ejercito como los relativamente polémicos "Héroes" de tiempos difíciles. Más allá de algún escrache o la ausencia del saludo de sus vecinos, no habrá mayor castigo ni justicia. 

Imagino que  para ti todo lo que digo, dada tu edad y personalidad, no es otra cosa que un gran y gigantesco delirio. Sin embargo es bueno que desde ahora te hagas a la idea de que nadie va venir a esta habitación pues ni yo, ni mi Maestra, sino tu pueblo, tu país y esta sociedad toda ya han firmado tu sentencia de muerte en la total clandestinidad como los de aquellos que viste en la parte trasera del Club. Seras, como ellos, tragedias que al estar ligadas de una forma u otra a las cuestiones políticas de la época estarán siempre marcadas en la mente de este país como menos importantes, más entendibles y menos inspiradoras que la del perro en la carretera que Peter Leggins arroyó. Frases como "Algo habrá Hecho", "En esos años era necesario" o "Esporádicos excesos" "Obediencia debida" "Cadena de mando" irán como un convoy de confortables mentiras delante y detrás de tu nombre para siempre. 

Aun, si sobrevives, creo que no me es necesario ayudarte a imaginar la clase de vida que tendrás. 

Lucy aun algo convencida de que su mente había fabricado al anciano y sus palabras volvió el rostro lejos de él hacia la derecha. Cuando lo hizo sintió el parche barato que habían puesto en el lugar donde otrora se encontraba su ojo derecho. 

Sola, sintiéndose más fría que un vació viejo en el frezer, aun oliendo el hedor de su propia sangre, Lucy se puso en posición fetal, dando la espalda al anciano. Ya regresando del planeta fármacos recordando lentamente el episodio del Cocoon, sintió una profunda indignación del tipo que genera la tristeza ante lo que, desde cualquier angulo, es injusto. Tal y como la muerte o la súbita desgracia. Por primera vez en su vida, cuando alzo sus manos en la oscuridad buscando ese punto de apoyo al que recurre nuestra psiquis ante momentos difíciles no encontró barra de sostén. Llámese Dios, amistad, amor o cobijo y eso la hizo sentir muerta antes de siquiera pensar en la dama de la guadaña.

Ahí estaba, con un montón de aparatos conectados a su cuerpo quebrado e irreconocible. Escuchando los esporádicos susurros de la vía del suero y del monitor que intentaba anunciar hacía la oscuridad y nada misma  como un solitario Arquímedes que milagrosamente Lucy Drissen aun estaba viva ¡Eureka! . Pero estar viva la había convertido en un problema para la sociedad que la rodeaba y, como a muchas otras cosas incomodas o problemáticas habían dispuesto tirarla a la basura.

- Yo solo quería...ir a Bailar. - Dijo aferrándose a la almohada con cada vez más fuerza. - No se nada de que me habla...- continuo con la voz pronta a partirse por el llanto.
 - Yo solo quería ir a Bailar...


***

Love of two is one
Here but now they're gone

Came the last night of sadness
And it was clear she couldn't go on
Then the door was open and the wind appeared
The candles blew and then disappeared
The curtains flew and then he appeared
(Saying, "Don't be afraid")

Come on baby
(And she had no fear)
And she ran to him
(Then they started to fly)
They looked backward and said goodbye
(She had become like they are)
She had taken his hand
(She had become like they are)

Come on baby
(Don't fear the reaper)



Blue Oyster Cult - Don't Fear The Reaper 
Lidia Allens, abuela de Jhoony, disfrutaba de su programa de trasnoche en su casa de Lapan Grows. Eran antiguas reposiciones de un Show de horror de los años sesenta conocido como "Regresados de la Tumba". Los ruidos de puertas chirriando, cajones abriéndose y mujeres gritando le daban vida al viejo y oscuro living de la casona sobre la colina. Afuera, detrás de las cortinas largas y las ventanas imponentes los rayos de la potente tormenta golpeaban el campo y de las grises gargantas de las gárgolas que custodiaban la entrada principal chorros y chorros de agua no dejaban de caer sobre el jardín.

Vos en Off
- Entonces Doctor...El Barón Dellins..esta ¿Vivo?- Dijo la actriz principal.
- No...no...algo mucho peor. - Dijo la voz de un actor con acento extranjero sosteniendo un imponente monóculo. - El ha Muerto y Muerto ¡ha Regresado!

Música de Horror.
Y en solo minutos continuamos con el especial "Regresados de la Tumba"


La abuela de Jhonny de unos Setenta y nueve años estaba sentada en el sillón puesto justo delante del viejo receptor de tv. Una manta azul oscura cubría sus añejas piernas y su boca abierta escupía jerontes ronquidos hacia la soledad de su hogar. Casona importante de principios del siglo pasado que no compartía con nadie.  A su izquierda el gran retrato de Thomas Herald Woodward cobraba tonalidades brillantes con cada relámpago o las dispares luces del Tv Kataro.

Mientras se encontraba en un pesado sueño dado a su edad, la señal de la television se interrumpió de súbito y el estallido de la granulada estática la hizo despertar súbitamente. Donde antes se podían ver los avisos comerciales ahora la famosa "lluvia" dominaba todo el espectro de la pantalla y su horrísono sonido le taladraba los oídos. 

- Y me cobran 50 Reales(N/A: Moneda Himburguesa antes del Balban) al mes por esta mierda que llaman "Cable". Si se corta con la lluvia como la antena, es lo mismo. Ladrones.- Dijo la anciana buscando entre los pliegues de su manta el control remoto. Más, aun soñolienta, detuvo su accionar cuando el televisor volvió a la normalidad. Sin embargo, lejos de emitir el programa que estaba allí hace unos instantes, apareció una muy antigua caricatura de esqueletos danzarines conocida como "La Danza de los Esqueletos"

- ¿Y ahora que paso?- Uno de sus nudosos dedos apretó el botón para cambiar de canal. Más no importaba que numero apretase (ni que tanto se empeñara en apretarlo) la caricatura permanecía allí tan cínica como inamovible. 

Cansada del horroroso servicio de la "Novedosa" T.V por cable, se levantó del sillón y apagó la television. El vació de sonido que produjo la súbita interrupción de los esqueletos y sus monadas dio paso a un silencio de cementerio en la casona. Silencio que por un segundo pareció total e inamovible hasta que la lluvia volvió a golpear contra los ventanales de la sala. 

Sin demasiado más por hacer esa noche Lidia Allens tomó su bastón junto al gran sillón donde se sentaba durante horas a mirar T.V y comenzó el lento ascenso hacía su recamara en la primera planta. Con el trabajo acostumbrado puso el bastón en su axila izquierda y tomándose de la baranda subió por las grandes escaleras de la casona. 

Tanto su hijo como más tarde sus nietos habían intentado que la inflexible anciana vendiera ese vejestorio tétrico que tenía por hogar. Los nuevos ricos y estrellas de cine que vivían en Vincent Town, a solo 20 Kilometros, tenían ahora por costumbre pagar pequeñas fortunas por casas como la de Thomas Woodward. Reliquias que de un modo u otro habían sobrevivido a los bombardeos de la Segunda guerra Mundial. La casona sobre Shepard Street, alejada del centro de Lapan Grows era una de esas pequeñas mansiones que construyo la burguesía pujante  a mediados del siglo 19 y sus jardines era tan extensos como los de una quinta. La vieja Lidia, quien había heredado de su esposo Thomas una gran fortuna, podía mantenerla sin problemas hasta el día de su muerte, que no estaba muy lejos a pesar de su buen estado de salud. 

A pesar de que fuera incomodo para ella subir y bajar tantas escaleras se había aferrado a ese inmueble como si fuese lo último que quedara en pie de su matrimonio con Thomas y los años de felicidad que vivió junto al anciano escritor. Lidia tenía diez y ocho años cuando se caso con el excéntrico y caballeresco Thomas de ya cuarenta y ocho. A pesar de la edad y los muchos años que habían pasado desde su fallecimiento Lidia nunca había tenido otra pareja y había llevado su vida en una soledad casi religiosa. No tenía demasiado contacto con sus hijos y nietos. Vivía sobre la colina, encerrada en su propio mundo de programas de television, novelas de romance baratas y el cuidado de su jardín.

Cuando la anciana se encontraba ya en la segunda planta, a pocos pasos del estudio de Thomas, se percato de que la luz del mismo estaba encendida. Podía ver el amarillezco fulgor entre las rendijas de la puerta de madera. Lidia nunca entraba en ese lugar pero era consciente de que bien podría haberlo hecho su mucama. Con una mueca de disgusto dijo en voz alta:

- Esa Latina...claro, no es ella la que paga las cuentas.- Dio un golpecito con el bastón.

Mientras los relámpagos seguían iluminando el semblante siempre orgulloso y alegre de Thomas, Lidia se quedo mirando tan solo la puerta de aquel cuarto. Aun le sorprendía, dados los recuerdos de su ultima visita al lugar, como algo tan espantoso podría haber ocurrido en un lugar tan pequeño como ese.

No había luz en la segunda planta, a menudo la antigua instalación eléctrica de la casa fallaba y las fases tenían la costumbre de ir y venir con tanta regularidad como un colectivo. En cierta manera, tal y como Lidia, la casa se caía a pedazos en muchos aspectos, pero el estudio estaba tan intacto como Jhoony lo recordaba y, por consiguiente, como Lidia lo dejó hace más o menos cuarenta años.

En un rapto de valor posó su mano sobre la perilla, que estaba muy fría. Un haz de luz amarillenta cruzaba desde el cuarto al pasillo producida por la puerta apenas abierta. El Deja vu era tan evidente como tenebroso para Lidia Allens, la joven esposa del viejo Thomas Woodward, pero no la más joven de sus amantes. Ni la última.

Lidia no tenía que hacer un esfuerzo para escuchar aun las risas del otro lado de aquella maldita puerta que siempre estaba cerrada con llave, excepto la ultima noche que estuvo allí. No le hacia falta Fosfovita para recordar las sombras proyectándose en la pared junto a la ventana, enredándose las unas con las otras entre gemidos de placer y promesas de eterno amor. A menudo esperaba envejecer lo suficiente como para olvidarlo, o que el alzheimer le diera el golpe final que borrara de su cabeza las dos o tres horas que la atormentaron para el resto de su vida. Sin embargo Dios había sido lo suficientemente cruel con ella para legarle una gran memoria, casi fotográfica, que se desplegaba delante de ella de tanto en tanto como un film de horror que se repite una y otra vez en diversas formas y ordenes. Pero todas terminaban ahí, en ese estudio.

A veces en la noche se recordaba a si misma limpiando con una esponja y un trapo viejo el suelo. Sus manos llenas de espuma y los hombros adoloridos por el esfuerzo. Fregando y fregando, intentando roer todo rastro de culpa mientras sus lagrimas se confundían con el agua de la cubeta. Otras veces, en el verano, el aire límpido que llegaba con dicha estación la hacía rememorar esa tarde en el club de caballeros junto a los perros de Thomas. Y un sin fin de veces  más, especialmente cuando miraba la TV, el olor a tierra y la pala en su mano una noche de lluvia como esta.

***

Decidida a no dejarse llevar por su imaginación la anciana ingresó al estudio y no le asombró que todo estuviera exactamente igual. No había nadie adentro, ni el fantasma de su esposo se encontraba allí como era de esperar. El cuarto, que la mucama limpiaba, estaba reluciente. Los libros de Thomas ordenados prolijamente, el escritorio y la maquina de escribir. La mesa pequeña con el antiguo teléfono aun conectado y nada más.

La vieja se sintió una tonta, y aliviada se reconcilio con esos viejos muebles y los buenos recuerdos de sus primeros años de matrimonio con Thomas. La forma en que se sentaba en su regazo a leer algunas de los poemas o cuentos que el había escrito en voz alta. A veces le sorprendía lo mucho que tendía a olvidar que había buenos recuerdos en esa casa también. Sin embargo su sosiego terminó cuando encontró el porta retratos junto a la maquina de escribir que Thomas había dejado allí para inspirarse en su último trabajo. Con una mueca de desagrado tomó el cuadro que escondía la fotografía en blanco y negro, ya algo sepia aun a pesar del cristal, que estaba ligeramente roto en su parte inferior.

Era una fotografía de mediados de los cuarenta en la cual Thomas estaba con sus palos de golf en el "Club De Caballeros de Lapan Grows"

Vestido con su clásico Traje gris a medida, sonreía hacía Lidia quien tomó la fotografía el fatídico día en que Thomas conoció al otro extraño personaje a su lado. Una chica de unos veintidós años de cabello largo castaño llamada Caroline Sunders. En la imagen podía verse a la muy hermosa muchacha con los atavíos de quienes practican el deporte de la equitación. Sobre sus  hombros cargaba los palos restantes de golf. Como siempre, en su mano derecha Caroline llevaba una fusta de caballo y tenía esa mirada de "Zorrita prostituta" tan adorable que Lidia despreciaba. Su hermoso y poético rostro era acompañado por sus finos cabellos al viento.  

Antes de que pudiera dejarla en su lugar en un ademan de rechazo el teléfono en la mesa contigua empezó a sonar. La campanilla la quitó de inmediato del recuerdo de esa tarde memorable en el Club de Caballeros. Imaginando que se trataba de su mucama para avisarle que no iría al día siguiente (como tendía a ocurrir demasiado a menudo) la anciana tomó el tubo con cierto mal humor en sus gestos y en su vos sin soltar la fotografía.

- ¿Hola quien molesta a esta hora?- Dijo la anciana. 
- Hola abuela.- Dijo Jhoony. 
- Ah...hola Jhoony ¿Como anda todo en Witters?
- Bien abuela...- Dijo Jhoony con cierta prisa en su voz. - Mira no tengo mucho cambio, pero solo quería avisarte que te visitare. Llegare en unos días allí para buscar algo ¿Esta bien?.

Lidia, quien no pensaba que cosa podría buscar su nieto en la antigua casa respondió.
- Seguro Jhoony, siempre puedes venir a verme cuando quieras. ¿Te olvidaste algo la última vez que viniste con Pam? Creo que ella dejo uno de sus sombreros. 
- He No abuela, Pamela no ira conmigo esta vez. Es una tontería pero me gustaría que si podes le digas a la mucama que lo busque. Debe estar en el estudio del abuelo.

La voz de Lidia se contrajo como la de un ganso al que toman por el pescuezo. Enredo nerviosa sus dedos nudosos entre los cables del teléfono. Sus ojos volvieron por un instante a aquel porta retrato.
- ¿Que cosa Hijo? - Preguntó nerviosa.
- Nada...unos papeles viejos. Deben estar en el escritorio del abuelo, en alguno de sus cajones. Lo va a encontrar fácil porque son muchos atados por un clip, tienen mi nombre en la portada o eso creo. Dile que lo tenga a mano para cuando llegué, no creo que me quieras revisando todo el estudio del abuelo...- Dijo Jhoony sonriente. - Bueno, tengo poco cambio y estoy en un publico de Fixa, en unos días me veras por allí. Besos abuela, voy con regalos.

Jhoony cortó la comunicación y dejo a Lidia sosteniendo el teléfono con la mirada perdida hacia la nada misma. Su estomago rugió y empezó a revolverse como una lavadora descompuesta. Intentando mantener el control llevó sus ojos al escritorio. Sobre la alzada del mismo aun estaban los viejos papeles de los que Jhoony hablaba, una pequeña pila toda unida por clips. Aparentemente la mucama ya había dado con el accidentado manuscrito, a pesar de que Lidia se había encargado muy bien de esconderlo en el ático junto a otras cosas viejas hace muchos años atrás.

Dado el desorden en el que estaban las paginas era evidente que su empleada lo había leído y como mostrando respeto hacia el anónimo creador de tal belleza lo depositó en su lugar de honor, justo sobre la maquina de escribir, aguardando ser corregido. O Terminado.


Las manos de Lidia no pudieron sostener la fotografía, esta cayo al suelo y el cristal terminó de romperse del todo. En un absceso de nervios Lidia  fue corriendo al baño contiguo  a vomitar seguida por la atenta mirada fueguina de Caroline Sunders en la fotografía. Foto que, de ser en color, mostraría dos hermosos ojos color Amatista que inspiraron a un anciano y enamorado Thomas.

Y a su desesperado Nieto también.




FIN DE LA PRIMERA PARTE
VÍDEO DE CIERRE 
PD: El vídeo contiene pistas sobre el Libro. 

SEGUNDA PARTE AQUÍ











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