martes, 2 de diciembre de 2014

Memorias de la Nevada XI



Esa Chica Tiene Estrella
Parte II

El Plomo Grita 


An angels smile is what you sell
You promise me heaven, then put me through hell
Chains of love got a hold on me
When passions a prison, you cant break free

Youre a loaded gun
Theres nowhere to run
No one can save me
The damage is done

Bon Jovi - U give love a bad name


Música
Sobre los cabellos del Ángel erguido en el patio trasero de la casa de Lapan Grows la lluvia se escurría sin cesar y sus pies descalzos se empapaban producto del agua cristalina siendo llevado su cauce caprichoso por las vetas en la roca. Lo mismo ocurrió la noche en que Lidia Allens tomó la decisión que cambió para siempre su vida y, sin saberlo, la de su nieto Jhoony Woodward.

De haber vivido Thomas, Jhoony nunca hubiera podido jugar en su estudio durante las reuniones familiares. Pero lo que más acosaba a Lidia desde entonces era que de haber vivido Thomas, tal vez, Caroline Sunders hubiera desaparecido de sus vidas al cabo de un tiempo y todo habría regresado a cierta normalidad. Más de treinta años después Lidia no sabía efectivamente como habrían acabado las cosas entre los tres. Pero no podía ser peor de lo que fue.

Lidia había probado solo una cucharada de la dulzura y magia de Caroline Sunders y aquello la atormentó desde aquella noche de verano en la que se sintió por primera y última vez, completa y radiante. Tener ahora lejos aquello que tanto anhelaba la hacía sentirse gris, tonta y solitaria. Como la Mariposa que solo eleva alas por un breve tiempo y se extingue en la belleza. Así debió haber sido...así debió ocurrir.

En los días que siguieron a tal amoroso y entregado encuentro Lidia Allens ya no podía tolerar ver a Thomas encandilado por Caroline y viceversa. Quería darle lo que él, quería impresionarla, hacerla reír, hacerla llorar de amor y alegría. Toda actitud de su compañera tras esa noche le dejo muy en claro que la cuestión había sido de única vez. No se volvería a repetir, le había mentido y había abierto una herida demasiado dolorosa como para sanar.

No fue sencillo para Lidia darse cuenta que, desde su pubertad había reprimido sus evidentes inclinaciones sexuales en pos de sus padres y la sociedad conservadora que la rodeaba. Y no le tomó demasiado tiempo darse cuenta que se había casado con Thomas por su avanzada edad y casi nulo interés desde su unión en compartir la cama con ella. El anciano y excéntrico escritor en verdad buscaba una chica joven que le ayudara en cosas de la casa y cumpliera todas las funciones de esposa sin necesidad de otorgarle una plena vida sexual. Le dio un hijo, que era lo que Thomas buscaba y con eso bastaba para "Salvar" el grueso apellido Woodward.

Las noches en la cama matrimonial sin nadie más que sus propios pensamientos se le hacían demasiado largas y las visiones sobre Caroline, en vigilia o en sueños, no la dejaban en paz. Allí donde esperaba encontrar su tersa piel, su espalda suave, su abundante cabellera o sus friós y pequeños pies solo había vació. Sabanas que todavía conservaban su perfume y el áspero rugido del viento fuera. Al otro lado del pasillo, por en cambio, los gimoteos y rastros chiclosos de besos abundaban. Los pocos metros que separaban una de la otra parecían, en tales noches, tan distantes como el océano revuelto de sus pesadillas.

Una noche de lluvia torrencial como esta que ahora asolaba Lapan Grows tomó la decisión. Thomas guardaba un viejo revolver de la Segunda Guerra Mundial en su mesa de luz del cuarto matrimonial. Era una de las muchas pavadas que el viejo se había comprado en una subasta junto con un casco Helleniano y una medalla de la guerra Civil Amerikana. El revolver tenía como particularidad que aun estaba cargado por su anterior dueño. Según contaba la leyenda el viejo portador se había quitado la vida con el mismo tras firmar la rendición de su regimiento en Landesia. En pocas palabras era la clase de cosas que a los ricos como Thomas les gusta tener para exhibir ante sus amigos.

Se levantó de la cama en la madrugada,  abrió el cajón  y encontró allí el negro acero de aquella arma, polvorienta y con marcas de vejes. Tenía las iniciales del Capitán en el mango. Tomó el mismo y reviso el tambor de seis balas. Solo quedaban cinco, la primera había sido para el desgraciado militar. La sangre oxidada aun se aferraba a la boca del largo cañón.

En pijama, ojerosa y sin peinarse lo llevó a su boca. Sintió lo frió que era. El peso del cañón en su labio inferior y el gusto a metal en la lengua. Llevó sus ojos a la ventana del cuarto, vio la lluvia golpear el cristal, acribillarlo  con pequeñas gotas susurrantes. Deslizó su dedo al gatillo y cerró sus ojos. Pensó en Caroline y en Thomas. Escuchó los siseos amorosos y los gemidos. Mientras llegaban al orgasmo y se revolvían en arrumacos ella estaba separada, sola y con un arma en la boca.

***

¿Que hizo que las balas ahorradas por el Capitán no acabaran en los sesos de Lidia? No fue amor propio, ni Dios, ni la Biblia lo que desvió los tres disparos de esa noche. Fue el niño que llevaba en el vientre del que Thomas nada sabía y ella tampoco hasta esa misma mañana cuando visitó al doctor.
Música
El padre de Jhoony estaba en su panza desde hace tan solo tres semanas. Pero no fue, a decir verdad, la maternidad lo que salvo su vida, sino el odio irrefrenable de saber que Caroline Sunders había destruido por completo aun sus sueños de Maternidad.

Lidia había empezado a sospechar que se encontraba embaraza hace no demasiado tiempo. Con el cañon del revolver en su boca pensó que podía dejar muchas cosas en el camino, pero no a un niño, no a su primer retoño producto del breve amor que la unió a Thomas Woodward. Podía darle su vida a Caroline, podía despedirse de todo el negro universo en el que estaba sumida. Pero era incapaz de arrojar por la borda algo mucho más fuerte que todo lo que había llevado hasta este punto: Generar, gestar y dar vida a un ser humano.

Así como su nieto no estaba dispuesto a dejar que Duck tuviera poder sobre su mente y mundo interno, ella no iba a darle sus entrañas en bandeja de plata a la puta de Caroline Sunders. El Odio, la frustración, los sueños estallando en pedazos como cristal cortante le subieron desde los pies descalzos hasta la garganta ahogando un gritó que pugnaba por salir, sea por su boca o por la boca del cañon del revolver que sostenía.

Las piezas se le reacomodaron en el cerebro y en un instante de lúgubre iluminación pudo ver el cuadro tal como era. Una putita barata había venido a su vida, había jugado con su esposo, había desvirtuado su cerebro, la había desvirgado como Lesbiana y estaba a punto de quitarle a su hijo bajó las bondades definitivas del plomo. Si su primer gran acto de liberación había sido acostarse con Caroline, entonces el segundo sería...hacerla que se acueste con el puto Satanas por el resto de su existencia en el Infierno donde merecía arder.

La puerta de su habitación se abrió de súbito, la golpeó con la mano libre y rechinaron sus goznes. Caminó como un pequeño titan de hasta el estudió y vio la luz del mismo encendida, la puerta entreabierta, las sombras de su esposo y la zorra proyectarse contra la pared del corredor envueltos en un abrazo. Su mano fue al picaporte y dio un tirón hacía adentro, la misma chocó contra la pared contigua haciendo estruendo contra la biblioteca.

Desnudos los dos, Caroline estaba sobre Thomas lanzando su último suspiro de placer con la cara vuelta hacía arriba, radiante, su cabello suelto, hermoso, fueguino cayendo sobre su espalda. Thomas sostenía su trasero y tenía en el rostro una mueca de placer que precedía a una eyaculación voraz. Los ojos azules de su esposo alcanzaron a verla parada en la puerta del estudio sosteniendo el revolver con sus cuencas hinchadas por el llanto y las venas inflamadas por la ira. Lidia gritó como si estuviese haciendo un gran esfuerzo o como si acabara de liberarse de un peso demasiado grande para su pequeño cuerpo y psiquis. Caroline y sus pupilas amatistas se volvieron a ella en un gesto de sorpresa que no llegó a finalizar.

El estallido retumbo en el pequeño cuarto. El fogonazo del disparo se reflejó en la ventana, desde donde todo lo observaba el Ángel del jardín trasero. La bala impactó en la espalda de Caroline, la atravesó fácilmente y rompió los cristales. De inmediato, el segundo disparo fue acompañado de un grito de Lidia directo a la cabeza. Entre las bonitas cejas y la mirada amatista. El tercero se alojó con certeza y velocidad inigualable en el níveo cuello. Se desplomó sobre Thomas y no se volvió a mover.

Aun jadeante y roja de ira, Lidia apuntó a su esposo, el escritor. Pero no tardo en darse cuenta, dado el color purpura de sus labios que no haría falta jalar el gatillo una vez más. Lo abominable y súbito de la situación se había llevado por fin su algo maltrecho corazón. Principal razón por la cual Thomas había comprado aquella odiosa estatua tras ser advertido por su doctor sobre su riesgo a un infarto producto de su mal habitó al fumar.

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