sábado, 28 de marzo de 2015

Memorias de la Nevada XIX


Emergiendo de la oscuridad que rodeaba su mente podían verse las luces de patrulla. Azules y rojas brillaban con su dejo depresivo inconfundible. En su mano derecha podía sentir la inconfundible sensación de papel arrugado, cosa que todo escritor conoce...En su izquierda el peso vulgar de un arma de fuego. Tenía o creía tener una mueca de satisfacción, parado sobre la cima como el rey de la colina diciendo al mundo entero que finalmente había conseguido remover e incinerar ese puñado de víboras venenosas. Su familia...

***

Cuando abrió los ojos el cielo estaba ya aclarando, pero no era celeste y brillante como acostumbraba serlo en Lapan Grows, sino ceniciento y sucio. El reflejo que producían los despojos provocaba que la luz le dañara los ojos. 
 ¿Puede escucharme amigo? ¡Oiga! Al menos dígame que esta muerto y paso a otra cosa...Dios...es un desastre por aquí

La voz sonaba amistosa y desconocida para él. Cuando su vista pudo enfocar bien vio el rostro amable y gordo de un bombero. Por un breve instante pensó que había comenzado a nevar, algo ligero caía del cielo, danzante y sutil. Pero su color distaba bastante del inmaculado blanco de una nevada. 

- ¿Puede decirme su nombre? - El bombero lo zarandeó un poco. Vio sombras pasar detrás de él y escuchó el sonido de sirenas y autobombas ir por la autopista. Rescatistas a pie caminaban cuidadosos entre las tumbas derribadas por el estallido con sus mascaras.

- Jho...jhoony. Respondió soñoliento.
- ¿Jhoony Que?
- Jhoony Woodward.

Tal vez seguía soñando. O los disparos de los policías lo habían finalmente matado y enviado a un mundo extraño como en alguna de esas novelas de muchos universos que estaban de moda por esos años.  El bombero se sonrió y señalo hacía arriba.
- Eligió un mal momento para venir a visitar a sus seres queridos...
- ¿Como dice?
- Bueno, tendrá que esperar un poco más antes de ser ingresado en la bóveda familiar amigo. 

Jhoony miró hacía arriba y pudo ver claramente el nombre Thomas Woodward en una placa al costado de la entrada de la casa mortuoria donde horas antes había sido acorralado por la policía. De momento, muy confundido no reparó en lo que eso significaba. Más la Mujer de Ojos Amatistas pronto lo haría recapacitar sobre el insólito hallazgo. 

El bombero llamó por radio para avisar que había encontrado a un superviviente del estallido a las puertas de Lapan Grows y se marchó tras darle algunos consejos. Principalmente que esperara a que alguien del servicio de emergencias lo viniera a revisar. "El hospital esta que revienta, no se lo recomiendo".

El granjero se paró y para su asombro las heridas que creía haber recibido no le aquejaron. "Mírame convertida en reina" Escucho o creyó escuchar en su cabeza al ver los alrededores. Los arboles del bosquecillo contiguo al cementerio estaban carbonizados, muchos de ellos aun humeaban lanzando sus volutas oscuras al aire cargado de cenizas, que caían y bailoteaban sobre los cascos rojos de los bomberos. Los coches patrulla habían sido reducidos a una montaña de metal ardiente y achicharrado. 
Las casas y depósitos a dos cuadras del cementerio de Lapan Grows habían perdido pintura, color, forma. Eran cansadas ruinas de lo que fue una vez un barrio comercial de la ciudad. Un bálsamo de llamas las devoraba lentamente cubriendo el horizonte como una muralla roja y negra, se demoraban sobe sus tejados y paredes derruidas. Las llamas trepaban muy alto en el cielo y la humareda se elevaba hasta las nubes perdiéndose a la vista.

 Filas y filas de súbitos homeless esperaban frente a unos camiones militares por sus mantas y comida para esta noche. En su mayoría gente adinerada como los Woodward en el pasado. Había chapas de quien sabe que cosas desperdigadas por el suelo, restos humanos aun reconocibles quemándose de cara al sol, lo que parecían asientos de un tren y, por supuesto, el sello de calidad de La Mujer de Ojos Amatistas: Los huesos y cráneos ennegrecidos  de sus desgraciados perseguidores. 

De pronto, la parte más cercana a la carretera de Lapan Grows se había transformado en un escenario de alguna novela de distopia o bien algo salido de la película "The Day Afther" que pasaban regularmente por el cable en HMB. La computadora había estimado 120 Muertos en las primeras horas. Pero Jhoony leyó luego en el periódico que la cuenta total ascendía al nada envidiable numero de 400 muertos y 632 heridos. 

Como dijimos Jhoony ya no pensaba como tal, su ego había sido rendido y entregado en bandeja a la Mujer de ojos Amatistas y ella señalaba el camino de una forma tan sutil como adecuada. No necesitaba de un Virgilio que condujera a Jhoony hasta ella por los círculos del infierno. Él ya tenía interiorizado, como robot, que debía hacer. Y también entendía que detenerse no era una opción viable...después de todo cada pausa en el camino hasta Lapan resultó en alguna situación, cuando menos, peligrosa.

Jhoony no tuvo que atravesar la verja del cementerio, sino pasar sobre ella pues había sido derribada por el estallido. En la calle contigua los autos y las camionetas formaban una fila de despojos cubiertos por las cenizas. Jhoony alzo su vista buscando el origen de las mismas y parecía que simplemente caían de las nubes, siendo movidas por el viento como enjambres con vida propia. Nevaba y nevaba sobre los tejados, las fuentes, las plazas y juegos para niños. A solo unos metros un carrusel había sido alcanzado por el fuego. Doraemon, El auto de las tortugas Ninja y Cocomiel  aun giraban en el carrusel con sus morros crepitando.

Aun atontado el escritor comenzó a caminar por la calle contigua al cementerio tratando de orientarse en dirección a la casa de su abuela. Dados los cambios en el paisaje de postal de Lapan Grows esto le resultó algo difícil. Más algo le indicó que, tal y como el camino amarillo de Dorothy, debía seguir el rastro de destrucción dejado por su señora para encontrarla. Con su andar al estilo Robert De Niro en Taxy Driver, metió sus manos en los bolsillos y hecho a caminar por Lapan Grows.

Las cuadras cercanas al Cementerio habían sido evacuadas durante la noche. Ahora los negocios en esa calle estaban desiertos y muchos de ellos prontos a derrumbarse. En el muro lateral del campo santo la sombra de un vagabundo pidiendo monedas había quedado proyectada, como la del hombre sentado en una escalinata de Hiroshima. Lo que otrora había sido un perro callejero era una pasta humeante irreconocible. El esqueleto de fauces abiertas de un importante diputado aun intentaba conducir su destruida camionera fuera del armaggedon. Ricos y pobres, buenos y malos, justos e injustos habían sido liberados del peso de la vida gracias al fuego. 

Este era el poder de la Mujer de Ojos Amatistas. Su belleza, para Jhoony, residía en su justicia. Nadie iba a tener trato especial, ni siquiera ella en su castillo de cristal. Todos iban a irse por el mismo tubo de cloacas empujados por la mierda de los siglos. La mierda del primer Dios, la mierda de la primer forma de vida, del primer humano...Nadie tenía pase de lujo allá arriba sobre los nubarrones de la gran sombra. Y eso era lo más justo que la mente de Jhoony podía concebir como el fin de todas las cosas.

Lapan Grows fue, para ella, una forma de mostrarle a Jhoony lo hermoso del fin. Ella nunca entendió porque, al pasar de los años, el ser humano a temido al final, cualquiera sea su forma: Una peste, una guerra nuclear, una catástrofe natural.... Para la Mujer de Ojos Amatistas los humanos se empeñaban en vivir y sufrir en su mundo lleno de mierda. Envueltos en sus añoranzas ridículas pasajeras, sobre todo en el último siglo. Angusitandose por aquellas cosas que no tienen o nunca tendrán. Machacandose para conseguir aquellas cosas que solo traerán más sufrimiento en una espiral sin fin.

Sería un error decir que la vieja estrella amatista no era empatica con esa especie. Quizás los entendía más que todos los otros entes y Dioses que pasaron por Balbania desde la concepción de su existencia. Sí hubo alguien que sufrió por primera vez el dolor de la separación, del rechazo o el apartamiento fue ella. Y la única forma que concebía para evitar el sufrimiento de cada ser viviente en el universo era, justamente, quitandole lo que inevitablemente le dolerá: La vida.

Al cabo de unos minutos por avenida destrucción Jhoony hallo su Chevy estacionada en una esquina. Jhoony vio su pintura colorada brillando ante la luz del medio día. Su parabrisas estaba cubierto de cenizas al igual que la parte de carga. Su puerta abierta como por un invisible botones lo invitaba a subirse. Dentro el hacha esperaba reposando sobre el asiento contiguo y la pistola 45 aguardaba en el tablero del vehículo.

Jhoony miró a los alrededores y no encontró una sola alma allí. Todas las fuerzas de seguridad trataban de apagar el incendió en los pastizales de la carretera o en el norte. Los civiles vivos habían sido llevados al Club de Lapan o al hospital en caso de necesitar atención. El terreno estaba despejado para que Jhoony fuera en busca del dichoso manuscrito a casa de su abuela.

La Mujer de Ojos Amatistas tocó la bocina de la Chevy queriendo apresurar a su galante caballero. Terminemos con esto de una vez querido. Se nos acaba el tiempo. 
Jhoony se puso al volante y cerro la puerta. La Mujer de Ojos Amatistas martilló el arma para él:
Yo sere Boony y tu seras Clide. 

Woodward empezó a maniobrar la Cheby y se perdió de la vista entre las calles desiertas de una ciudad fantasma. Reconoció finalmente una de las avenidas que llevaba a la casona de su abuela en el extremo este y aceleró a todo motor hacia el ultimo destino de este oscuro viaje. En el asiento del acompañante La Mujer de Ojos Amatistas contaba los segundos ansiosa por volver a ver a Lidia y al fin concretar su plan truncado en el 46 por los celos de una insignificante humana y un viejo revolver de la guerra mundial.

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