jueves, 2 de abril de 2015

Memorias de la Nevada XXI

El Manuscrito 


Commander John J. Adams:  Monsters from the Id...
Dr. Edward Morbius: Huh?
Commander John J. Adams: Monsters from the subconscious. Of course. 
That's what Doc meant. Morbius

Forbidden Planet (1956)
***
Here comes Johnny singing oldies, goldies
Be-Bop-A-Lula, Baby What I Say
Here comes Johnny singing I Gotta Woman
Down in the tunnels, trying to make it pay
He got the action, he got the motion
Oh Yeah the boy can play
Dedication devotion
Turning all the night time into the day

He do the song about the sweet lovin' woman
He do the song about the knife
He do the walk, he do the walk of life, yeah he do the walk of life

Dire Straits- Walk of Life



La Cheby hizo la última curva en Sheppard Street y con suavidad deslizó sus llantas hasta la puerta de la casona de Thomas y Lidia Woodward. Jhoony puso el frenó de mano y miró en rededor con su codo apoyado en la puerta del vehículo. El silencio era casi total en la parte más alejada del desastre en Lapan. Ya de noche las luces de las llamas se reflejaban en las nubes gruesas de polvo y vapor seguidas por columnas de negro humo. Solo una mirada al retrovisor de la camioneta bastaba para que Jhoony se diera cuenta que, efectivamente, acababa de cruzar a través de las puertas del infierno de la mano de su amada amiga de Ojos Amatistas.  

Sus ojos morenos, hinchados de cansancio debajo de la cresta mohicana no reconocieron el rostro que el pequeño espejo devolvía. La mirada de pelele, envuelta en graves preocupaciones se había marchado. La sonrisa tímida, siempre pidiendo permiso para todo había sido borrada y reemplazada por el gesto adusto de un hombre gris.Vio un hombre gris, de barba de una semana con incipientes canas, ojeroso y pálido. Pero de mirada clara, profunda, larga y cristalina. Es decir un rostro que podría ser cualquier otro en definitiva. 

Abrió otra lata de cerveza, conseguida en una licorería abandonada en el centro de Lapan, y le dio un sorbo largo hasta que el liquido espeso se escapara por la comisura de sus labios. Acomodó mejor el retrovisor llevándolo hacía abajo. La imagen de San Jorge colgando del mismo bailoteó al contacto de sus dedos. 

Había pasado toda su vida deseando ver a otro en el espejo. El que se llevó la mejor chica de la fiesta, el que publica libros y se hace millonario, el que tiene una esposa que no le dice "Maricón descarado" y tantos otros fantasmas creados solamente por el prejuicio y la depresión. Hasta ahora nunca se había dado cuenta que, ante el espejó todos se ven igual y se hacen las mismas preguntas y se reprochan las mismas cosas. Supuso, al encontrarse delante de la casa de su abuela, que todos hacen la misma búsqueda a través de distintos caminos intentando resolver los mismos enigmas.

El Camino... Pensó Jhoony lanzando la lata de cerveza a la calle. Se ajustó la 45 debajo de su piloto, tomó el Hacha y salió de la Chevy. Cerró la puerta y dio pasos cansados hasta la acera, bien cuidada, de la cuadra. Su abuela pudo verlo, desde la ventana del recibidor, bajar del vehículo sin expresión o gesto humano. 

La vida se había tornado tan cínica que buscando ser solo otra persona él deseaba ser más sí mismo. Destinado a regresar al GO del Monopoly para siempre, retornando y fracasando y retornando y fracasando como en un cuento budista cuya única salida era encontrar lo esencial: Él.

Cansado de retornar y fracasar en el intentó de retornar, a Jhoony se le había acabo la paciencia. Estaba agotado de tener una mirada benevolente de la vida, de esperar que ocurran cosas buenas y dejen de ocurrir cosas malas. De irse a dormir al lado de Pamela esperando que cambiara o que él lo hiciera al primer rayo de luz de la mañana. Harto de preguntarse cien veces sí era bueno o no tomar cerveza después de la comida hasta perderse en una nube de pedo atómica que lo volviera el chiste del pueblo aun con la cerveza en su mano, dubitativo. Ya odiaba dudar de cualquier cosa. 

La Mujer de Ojos Amatistas lo sabía, Jhoony no estaba triste, no era una depresión de mediana edad ni tampoco locura. Jhoony estaba furioso, cada rechinada de dientes, apretón del puño, nudo en la garganta, puteada convertida en "Hola" y "Buenos días" reprimida en todos estos años era él combustible que ella necesitaba. Y a decir verdad si estos negros eventos no hubiesen tenido lugar Jhoony hubiera acabado disparandole a un conductor en algún crimen inexplicable. O matando a Pamela y quemando la casa con él dentro. La Mujer de Ojos Amatistas sabía que el truco con gente como Jhoony no era hacer estallar su ira en una orgía de sangre sin sentido. Como el cañón de una pistola, o la mirilla de un Rifle de Asalto había que direccionarla hacía aquello que él quería destruir de verdad. 

Jhoony tocó el timbre, al lado de la puerta de rejas de la casona y esperó a ver la silueta de Lidia al otro lado de la cortina del recibidor ir a abrirle. Pero no se movió. Nadie contestó ni al primer ni al segundo intento. Jhoony hizo un tercero. El silenció fue su única respuesta, su mensaje de que no era bienvenido. Levantó el dedo hacía el interruptor, negó con la cabeza  y se hecho unos pasos hacía atrás.

Tomó el hacha entre sus manos y la elevó sobre su cabeza con la expresión de un Apache que se arroja sobre la caballería. Gritó. El aceró viejo y bueno de la verja elevada allí por Thomas resistió el primer golpe. La cerradura solo mostró una saltada de pintura y cierta abolladura. Jhoony volvió a ponerse en posición para dar un golpe más certero y firme sobre el cerrojo. Lidia miraba desde la ventana, con el revolver escondido debajo del almohadón del sillón. Ahí estaba de nuevo la vieja maldición golpeando sus puertas como en el 46. 

Las puertas de reja se conmovieron ante el segundo impacto. Temblaron y lanzaron su chirrido hacía la noche oscura y silenciosa. El grito de su nieto se hizo eco, repitiéndose entre las casas y arboledas de Lapan Grows. El hacha centelleó al dar su filo con la luz del alumbrado público e intentó una vez más. Desorientado y frustrado, el escritor se volvió caminando hasta la Chevy para recobrar fuerzas.

Jhoony respiró hondo y agitado. 
- Siempre del otro lado de las cosas...- Pensó. Observando la reja aun en píe y el fuera, cansado.

En efecto, Jhoony estaba muy cansado. Aferrando nuevamente el mango del hacha fue de regresó hacía la puerta. Estaba cansado de estar siempre del otro lado de las cosas, delimitado en su acción, harto de ver la meta a lo lejos y desplomarse a unos cinco o seis metros de la misma. Cansado de sentir que sus sueños llegaban hasta esta reja o cualquier otra cosa que le impidiera alcanzar lo que deseaba. Esta casa representaba exactamente eso. La vida trunca de una victima de abuso infantil. La primera cosa que le dejo claro que ya tenía algo que superar cuando aun ni siquiera sabía que significaba "Superar algo" 

¿Que título has escogido para tu libro Jhoony Querido? Escucho a sus espaldas.

En la carrera había empezado con desventaja. Y todo lo que le quedaba después era ver a todos recibir el gran premio mientras el corría con zapatos de plomo. El Gran Premió: vivir en un cubículo mental donde tenía que fantasear en letras capitales que una mujer mágica venía a su búsqueda para llevarlo a un lugar donde las rejas y los muros no existían. Porque todos los demás que lo rodeaban no se cansaban de repetirle que él podía jugar el mismo juego que los demás solamente en los sofocantes espacios que le legaban. Ser el hijo no tan brillante, el esposo que nunca se esfuerza por darle a su mujer una mejor vida. Como una rata desesperada que corre arañando con sus garras la caja donde esta presa. Lastimándose más a medida que el frenezi aumenta. Sangrando por sus uñas y encías convencido de que en algún lugar de esa caja hay una salida. 

Salida que llevaba no ya a un paraíso de felicidad y jolgorio, no a una fantasía pelotuda e irreproducible en la vida real. No un cuento de hadas de Disney o una película de Western. Sino simplemente alcanzar, buscar, a paso seguro las cosas que él deseaba. Las cosas que él había pergeñado en su juventud, atesorado, y soñado. En pocas palabras aquello que todo el mundo dice que debemos hacer para después decirnos que las cosas que pergeñamos, atesoramos y soñamos son una mierda que no tiene ningún sentido buscar. Dejandonos  deseando en cada descanso lo mismo que Lucy Drissen: Que hubieran puesto a otro allí y el pudiera observar, desentendido, a la rata sangrante correr. Jhoony, tal y como Lucy no encontró esa salida. Por lo que simplemente, creó la propia. 

Se lanzó a la carrera con el hacha como un guerrero Sajón y gritó desaforado: "¡Geronimo!" y él cerrojo se hizo cientos de pedazos tras el brutal golpe. Parte del mismo le lastimo la frente y los portones se abrieron como si una camioneta de un terrorista suicida acabara de atravesarla en su último y explosivo grito de guerra. 

***
Caroline Sunders había regresado, pero en la forma de Jhoony Woodward cargando un hacha y una pistola automática. Lidia no podía decir que ella también había vuelto de algún lado, pues en parte sentía que seguía allí sentada desde el día en que la conoció. Suspiró algo cansada y se echó sobre el respaldo del sillón mientras Jhoony subía las largas escaleras a la puerta principal de la casona. En el patio trasero, erguido sobre la colina el ángel de mármol observaba impasible el acontecer.

A lo lejos, en los años y los días, todo parecía haber perdido el sentido. Lidia ni siquiera sabía porque el Manuscrito era tan importante, porque tenía tanto poder sobre su familia. Sin embargo desde que Thomas comenzó con la aparente inocente faena supo que algo oscuro anidaba en aquellas paginas. Algo que despertaba de una forma u otra, las peores y más poderosas pasiones del ser humano. El manuscrito de Thomas o de Jhoony era un laberinto cuya entrada eran los ojos de la Mujer Amatista y cuya salida, era también la Mujer de Ojos Amatistas. Como un hombre que cree estar escribiendo ficción para darse cuenta más tarde que solo ha dejado, impreso en tinta, un fiel reflejó de sí mismo.

El problema con los "fieles reflejos de uno mismo" es que develan a la luz lo más brillante, cálido y original, como ademas lo más doloroso, terrorífico y  tenebroso de la mente de quien lo produce. Escribir un libro es un viaje a través de las tinieblas y en ese viaje solitario el autor encuentra de pronto una serie de criaturas que lo interpelan constantemente. Sobre su vida, sobre sus gustos, sobre sus sueños y amores. Hay monstruos como el tío Duck y princesas como la Mujer de Ojos Amatistas. Nubes negras como las de la Gran Sombra o un castillo de cristal bajo centelleantes estrellas. Lidia no sabía nada de esto y en tal cosa residió su error hace más de 30 años. Si el autor abandona ese viaje, corre espantado de lo que ha encontrado, sus fantasmas lo perseguirán con aires renovados. Pues ahora ya conoce todo lo que teme y todo lo que ama, pero no tiene el valor para enfrentarlos si estos no portan la mascara de la que estaban provistos al primer encuentro. Se vuelven mucho más graves, como Duck, mucho más sensibles como la Mujer de Ojos Amatistas...se vuelven mucho más reales de lo que fueron en el inicial borrador, por la sencilla razón de que comprendemos quienes son en verdad y en donde han anidado.

Si Lidia hubiera dejado a Thomas terminar el libro, Caroline se hubiera marchado como vino, sin mayores consecuencias para ambos. Si Jhoony hubiera terminado el manuscrito el poder de la Mujer de Ojos Amatistas se habría esfumado de su mente. Simplemente, Lidia nunca pensó (al igual que Pamela) que algo como un estúpido libro podía ser tan importante para cualquiera. Un error que había acabado con Jhoony Woodward golpeando la puerta de frente armado e ido.

La abuela tenía aun un seguro que la Mujer de Ojos Amatistas no conocía. Y había meditado largo tiempo en su plan. Desde ya, no iba a dispararle a su nieto a buenas y primeras. Por lo que le daría a Jhoony lo que buscaba, pero no le entregaría a la mujer lo que necesitaba. El plan B era el plan A que había iniciado la locura de los Woodward.

Cuando abrió la  puerta Jhoony estaba parado bajo el alero del tejado con una expresión risueña. Una densa lluvia cayo de improvisto en las calles de Lapan Grows y el viento rugió, huracanado y sobrecogedor.
- Hola Abuela. - Dijo su nieto como obviando el hecho de que acababa de hacer pedazos la reja del jardín.

Lidia, consciente de que no estaba hablando con su nieto, sino con la mala interpretación del mismo que la Mujer de Ojos Amatistas había conseguido, contesto tímida. - Hola Jhoony...-
El escritor miró a ambos lados de la calle. La mano en su bolsillo abultado indicaba que sostenía la 45 escondida debajo del piloto. - ¿Tenes lo que te pedí?
- Sí. - Contestó Lidia fingiendo cierta resignación. - Esta donde lo dejaste, en el estudio.

Como un niño que va en busca de sus regalos de Navidad, Jhoony salió corriendo desde el vestíbulo, dejando en el sitio de los paraguas el hacha. Lidia cerró la puerta con llave y lo siguió con la mirada mientras este subía las largas escaleras a la segunda planta. Tal y como en sus pesadillas, el reflejó de los relámpagos iluminaba el flanco de su nieto a medida que ascendía. Lidia elevó una plegaría al ángel de la colina, esperando que su última carta acabara con la maldición.

Música
El momento había llegado, finalmente ella podría recordar su nombre, Él Nombre que necesitaba, el que Thomas le había dado  hace 30 años, que era el exacto mismo que ella portaba en años olvidados. Un nombre sobre el Vacío y la desesperación, de poder y magnificencia, de antigüedad y ruina. Thomas lo había descubierto aquella vez buscando en sus libros de mitología y con tal había titulado el borrador. Ese que disparó las fantasías de el asustado y triste Jhoony Woodward. Era un nombre horrendo al que Jhoony le había agregado un subtitulo hermoso y gentil, como ella era para él.

El ensamble de Lucy estaba listo, una vez recordara por completo quien era y cuan grande había sido el alcance de su poder podría finalmente poner rienda a suelta a su hambre. A su apetito voraz de voluntad a las cuales inflar como un cerdo preparándolo para la hora de la cena. Y una vez se hubiera metido en el buche a todo y todos, incapaz de saciar ese vació que era ella, se comería a si misma y todo volvería a la completud del inicio. A la verdadera paz, la paz de la no vida, que también es la del no sufrimiento.

Derrotada en el pasado por grandes hombres y héroes de tiempos de la mitología había morado por siglos, milenios enteros como una lisiada. Una Amnesica incapaz de reconocer su propio comportamiento. En el 46, bajo los encantos de Caroline Sunders estuvo a punto de lograrlo, a punto de abrir ese inmenso vació que escondía en sus entrañas y terminar con el dolor, el dolor que la hacía y al mismo tiempo la torturaba. Pero necesitaba su nombre...estaba cerca. Del otro lado de la puerta que Jhoony acababa de cruzar.

El escritor ingresó en el estudio de Thomas y la lluvia se enconaba contra la ventana del mismo, deformando la imagen del Ángel sobre el jardín. Jhoony fue hasta el escritorio y encontró al costado de la maquina de escribir la añeja pila de papeles. Lo tomó entre sus manos sintiendo una mezcla de alivió y horror. Sintió sus dedos rozar las hojas, con polvo en sus puntas. Las incisiones de la maquina sobre el mismo. Recordó el sonido de las teclas al ser presionadas, sus dedos danzando sobre ese mar negro de letras. La fuerte sensación de paz con cada palabra, la creación de un universo que se compone de letras que se disparan a velocidades supersonicas irradiando imágenes, sentimientos, pesares y lagrimas en un castillo de Cristal sobre estrellas centelleantes.

Jhoony cayó al suelo de rodillas, con sus ojos vidriosos en un llanto contenido. Ahí estaba, como si nunca se hubiera marchado. No, nunca se había marchado, siempre lo había estado esperando como la Mujer de Ojos Amatistas. "Los sueños no se marchan, es uno el que se va" pensó. Hizo un rápido recorrido entre las hojas y vio y leyó palabras que parecían haber salido de otra personas, de otro Jhoony Woodwad. Alguien más esperanzado, más amigable y mucho más convencido de que la suerte y la vida no siempre le jugaban en contra. Había partido a un largo viaje cuyo punto de destino no era otro que el mismo inicio.

El Título Jhoony...lee para mí el Título amor mio. - Dijo la Mujer de Ojos Amatistas compartiendo su alegría. Léelo en voz alta y dame vida. 

Sintiendo que su mandíbula no quería expulsar las palabras pronunció con dificultad:
- La...La Princesa de Plata en el Castillo de Cristal. Por..por...Jhonathan Woodward

Jhoony Sonrió, pero La Mujer No.
Música
No...
- No ¿que?
Ese no...ese no es el Nombre....ese.

Fue como una puñalada al corazón. La Mujer de Ojos Amatistas había sido tomada por sorpresa y ahora comenzaba a arder en furia. Ese no era el nombre, ese era el nombre que Jhoony le había dado pero no el que Thomas había encontrado, no era el disparador. ¿Donde estaba entonces? ¿Que había pasado? En el hueco de su ser se abrió una brecha de confusión, como una tormenta eléctrica en el seno de su ser la Mujer de Ojos Amatistas empezó a intentar desandar y re calcular sus pensamientos. Como una computadora enloquecida cuyo sistema operativo acaba de entrar en crisis. ¡Ese no era! ¿¡Donde estaba!? ¡Ese era el nombre de MIERDA que el HUMANO había puesto ahí! Era solo la mitad, la mitad buena, la mitad benevolente, la mitad que siente piedad y amor, la mitad que quiere lo mejor para Jhoony. Necesitaba el otro, el OTRO, el nombre de poder.  El de odio y dolor recalcitrante. El nombre que devoraba mentes y almas por miles.

¡ESE NO ES!

Gritó y las ventanas de toda la casa estallaron producto de su furia. El viento entró como un tornado desde las mismas tirando los cuadros en la escalera y las fotografías. Las cortinas se hicieron jirones, la antena de televisión se desprendió del tejado y aterrizo sobre la calle. Ahora la tormenta se elevaba a proporciones gigantescas, gigantescas como la frustración de la Mujer de Ojos Amatistas. ¡No es ese el Nombre! ¿Quien? ¡La Mujer! ¡Ella debe tenerlo! ¡Ella lo escondió de nosotros! Quitaselo, quitaselo y mátala Jhoony, Maricón Descarado, no puedes hacer nada bien. ¿Como no me advertiste? ¿Como pude confiar en ti? Anda, ve y sacaselo de lo contrarió...de lo contrario (Lo impensable) Desapareceré.

Jhoony asustado y confundido, como siendo azotado por los manotazos poco precisos de una mujer histérica, como de Pamela, salió del estudio de Thomas. ¿Por que lo trataba así? ¿Por que lo golpeaba? ¡El la amaba! ¡Le había dado el nombre más hermoso que su mente podía conceder! No era justo. Al final, como todas las mujeres de su vida le había traicionado, lo había decepcionado.

- No se de que me hablas...- Dijo Jhoony transido en llanto, como un niño castigado.

Al pie de las escaleras su abuela, aun sosteniendo el revolver dijo:
- ¡Yo se de que habla! Y no se lo daré jamas. Apártate Jhoony. Va a destruirte como destruyó a tu abuelo y como lo hizo conmigo. - Lidia comenzó a subir por las escaleras a grandes pasos, como si hubiera guardado energías para este día. No parecía ya una anciana sino una vieja guerrera, pero no física sino mental. Alguien que ha luchado con un poder invisible durante largos años de su vida aguardando ese último encuentro.

- Abuela...haz lo que dice...- Replicó Jhoony asustado. En su mente podía ver un punto distante, ínfimo de color Amatista que crecía y crecía como un cáncer que se devoraba su mente a velocidades imposibles, homicidas.

- ¡No lo hice hace treinta años! ¡No lo voy a hacer ahora!- Dijo la abuela y pasando al lado de Jhoony, quien se encontraba derrumbado de cuclillas en el suelo. Ingresó al estudio y sacó del escritorio una pequeña llave. La guardó en su bolsillo.

- Puedes hacer lo que quieras con tu libro, Jhoony. Es tuyo, no de ella. No tiene nada que ver con ella, nunca lo tuvo. También así fue con tu abuelo. ¡Ella te robo!

-No la escuches. No escuches a esta vieja arpía. Ella quiere destruir todo lo que hicimos juntos Jhoony. Ella quiere destruirme...- Decía, transida en un llanto de cocodrilo sentada en su trono de Cristal con la cabeza gacha y las manos en su rostro empapado de lagrimas.

Jhoony miraba a ambos lados como tratando de decidirse. Su abuela, se acercó a él y posó una mano sobre su hombro. - Jhoony, ella te robo lo mejor que tenías...¿No lo entendes? Se adueño de tu corazón, se aprovechó de lo mejor que tenías para esto. Lo mismo le paso a Thomas. No es una princesa, ni un ángel, es un parásito. Pero se como terminar con ella, se que se me va a ir la vida, pero lo se.

Si la dejas ir...si la dejas hacer lo que intenta voy a desaparecer Jhoony. Voy a fundirme en el olvido, en la miseria. ¿Vas a permitir que eso suceda? Vas a dejar que me mate después de todo lo que hice por ti.

Jhoony, abrumado, se quedó sentado, abrazando el manuscrito llorando y meciéndose de adelante hacía atrás.

***
Tal y como acabó hace treinta años iba acabar ahora. Lidia Allens fue hasta la cocina una vez se aseguró que su nieto no la seguía. No sabía si iba a tener las mismas fuerzas que en ese entonces. Aunque para ser una anciana estaba en un estado físico bastante competente y por otra parte, quizás imaginando esa noche que debería volver a la cima de la colina, había escondido aquellas palabras de una forma que aun en su vejez pudiera recuperarlas si era necesario.

Salió por la puerta de la cocina que daba al patio trasero. Caminó algunos pasos a un armario de jardinería en el exterior de la casa y sacó de allí una pala. La lluvia se volvía sobre ella, en su contra, con la furia de la Mujer de Ojos Amatistas conduciendo el vendaval en un fútil intento por detenerla. Lidia sostuvo el mango de la pala y comenzó el lento ascenso por el camino de grava hasta la cima, donde el Ángel que custodiaba la misma dominaba las alturas, con sus alas esplendidas extendidas bajo un rostro de piedad conmovedor.

Jhoony se arrimó a la ventana del estudio para ver tras escuchar la puerta abrirse. Y vio la algo encovada silueta de su abuela cargando el instrumento para cavar sobre sus espaldas como un enterrador de cementerio. ¿Que estaba intentando? La mujer de Ojos Amatistas se hizo la misma pregunta y empezó a buscar entre sus graves pensamientos algo que develara el misterio.

Con gran esfuerzo Lidia llegó al lado del ángel. Apoyo sus manos sobre el mármol cansada y la lluvia le cubrió el rostro agotado por el esfuerzo. Iba a terminar con esto de una vez. Clavó la pala en el suelo y sus músculos lanzaron un doloroso quejido. Tenía 79 años y no 30 como la última vez. Apretó los dientes y con todas sus fuerzas levantó la pala, sacando el primer pedazo de tierra. Jadeó y repitió el movimiento. Jhoony miraba sin entender...¿Que secretó guardaba el Ángel cuyo pedestal rezaba "THOMAS WOODWARD"? entonces recordó el cementerio y un rayo gélido y brillante le abrió la mente en dos.

Su abuela, esperando de un momento a otro un ataque al corazón dado el esfuerzo, sabía que no iba a poder desenterrarlo todo. Pero entonces recordó que solo necesitaba el cráneo. Cambió de posición y con mayo presicion continuo cavando. Era imposible olvidar donde estaba, pues lo tenía presente desde el día en que mato a su esposo y a la amante. La punta de la espada del ángel señalaba el lugar.

"El cementerio" Pensó Jhoony. La bóveda familiar. Siempre le habían dicho de chico que su abuelo había sido enterrado en el patio trasero y a menudo jugaba allí. Nadie le menciono ninguna bóveda familiar. Más ya de grande había visto a su abuela partir al cementerio los fines de semana, es decir, a llevar su duelo a la bóveda. "Escogió un mal día para venir a visitar a su familia" recordó que el bombero había dicho. Entonces ¿Quien estaba enterrado bajó la colina? Traído por el viento de la tormenta, el portaretratos sobre el escritorio del estudio aterrizó delante de Jhoony. La Mujer de Ojos Amatistas sonreía en la instantánea junto a Thomas y sus palos de golf. 

Ese rostro que el había amado y soñado desde hace tanto tiempo estaba por desaparecer de la tierra y solo él lo podía detener. Salió disparado, casi tropezando en las escaleras, saltó los últimos escalones y se abalanzó contra la puerta de la cocina. Lidia la había trabado desde afuera. Irritado, desesperado, sintiendo que el mundo, su mundo, estaba a punto de desvanecerse, disparó contra la ventana de la cocina y la atravesó de un salto. Los cristales le cortaron la cara, la sangre brotó por sobre uno de sus parpados. 

- ¡Abuela!- Gritaba a lo lejos, elevando su mano. - ¡No! ¡No lo hagas abuela!- Gritaba desesperado.

Lidia ya casi terminaba. Dio la última palada y se agachó en el suelo exhausta, removiendo la tierra restante con sus manos. Sintió de pronto, lo suave e inconfundible de un hueso humano. - ¡Tengo que hacerlo Jhoony! ¡Tengo que hacerlo por el bien de los dos!- Apurada arañó el suelo en busca del cráneo. 

- ¡No Abuela!-  Escuchó decir a Jhoony cada vez más cerca.

Lidia, en un esfuerzo final, tomó con ambas manos el Cráneo de Caroline Sunders y de un tirón salió a la luz de la superficie, llenó aun de mugre y raíces. Un rayo iluminó la calavera con un orificio de bala en su frente. Los gusanos brotaban de sus fosas nasales y orificios oculares. Lidia abrió la mandíbula y extrajo de ella una pequeña caja de metal con una cerradura. Mojada buscó la llave en su bolsillo. Abrió el mecanismo a pesar de su pésimo pulso y extrajo un pequeño pedazo de papel viejo doblado. En la noche un encendedor intentaba hacer una llama. Siendo un Zippo, eventualmente eso sucedería. 

- Se acabó, puta de mierda, te voy a borrar de la existencia de una vez por todas.- La llama se produjo finalmente, a treinta centímetros de la hoja que contenía el verdadero nombre de la Mujer de Ojos Amatistas. Un nombre que solo allí podría ser encontrado.

Jhoony, sintiendo que debajo de sus pies un vació inexorable intentaba atraparlo, devorarlo, gritó a su abuela, aun a mitad de camino. No por que la Mujer de Ojos Amatista se lo dijera. Lo que dijo fue tal vez la última nota de cordura que salió de su mente:
- ¡No lo hagas abuela! ¡te lo ruego!
- ¡¿Por que no Jhoony?!- Contestó Lidia con un gesto de despreció hacia su nieto.

Jhoony a unos treinta pasos dijo:
- Porque es lo único que tengo en la vida. ¡Es lo único verdadero que tengo en la vida! ¡No me lo puedes quitar!- Sacó la 45,  accionó el cerrojo y apuntó. Las gotas de agua salpicaron el negro cañón.

- ¡Entonces húndete con ella si eso es lo que quieres!- Lidia sacó el revolver y disparó. Aquella vieja arma de la guerra mundial lanzó de su boca el grueso tronido de su disparo. Alcanzó a Jhoony en el pecho, justo debajo del hombro derecho. Su nieto cayó al suelo de espaldas tomándose la herida. 

Desde el suelo, con el piloto cubierto de sangre, se apeó. Lidia disparó una vez más, pero no dio en el blanco. Con la última bala de las 3 que habían quedado de esa noche, volvió a apuntar con su mano temblando y lo alcanzó en la parte baja del estomago. Jhoony cayó de rodillas. - ¡Húndete como tu abuelo, no me importa! -

Jhoony alzó la 45 con una mano mano en el pasto, pronto a desfallecer. Y contestó con toda seguridad. 
- Por una vez, abuela, voy a hacer lo que yo quiero. ¡Y si quiero que mi vida se pudra en el infierno! ¡Entonces que se pudra en el infierno! - Gatilló tres veces contra Lidia. Las balas impactaron en su pecho con mortal precisión y Lidia Allens se desplomó. El encendedor cayó y se apagó producto del agua en el suelo. Jhoony avanzó a tientas los últimos metros hasta la estatua.

Casi arrastrándose abrió la mano de su abuela y encontró el pedazo de papel, también se adueño del encendedor. La hoja estaba plegada de tal forma que no tenía más de dos centímetros de largo y ancho. Como si un asiático hubiera hecho un origami con una hoja de papel A4. La desplegó cubriendo la misma de la lluvia con su piloto. La sangre que brotaba de su boca mancho parte de él. Se aferró al pedestal de la estatua y a la luz amarillenta del encendedor Zippo dijo:
- Tu nombre...- Jadeo. - Lo tengo mi amor, no te preocupes mi amor. Dijo rápidamente. - Yo te protejo, soy tu guardián, no te iras. No te iras de mi lado. 

Léelo en voz alta Jhoony  
El título estaba construido a la vieja usanza de las obras clásicas, nada muy efectista o marquetinero:
 Jhoony leyó en voz alta como quien recita un conjuro: 

MISÍNAS LA DEVORADORA ESTRELLA DEL VACIÓ
o
La Mujer de Plata en el Castillo de Cristal
Por Thomas H. Woodward

Una Novela sobre el Amor, el Deseo y la Locura
Editada por Caroline Sunders

¡Y Continuada por Jhoony!

Se había agregado a mano en la hoja hace tres décadas de manera infantil. 

Tal  como en su sueño, Emergiendo de la oscuridad que rodeaba su mente podían verse las luces de patrulla. Azules y rojas brillaban con su dejo depresivo inconfundible. En su mano derecha podía sentir la inconfundible sensación de papel arrugado, cosa que todo escritor conoce...En su izquierda el peso vulgar de un arma de fuego. Tenía o creía tener una mueca de satisfacción, parado sobre la cima como el rey de la colina diciendo al mundo entero que finalmente había conseguido remover e incinerar ese puñado de víboras venenosas. Su familia...Ya podía ser escritor. 

El cráneo de Caroline, también sonreía satisfecho.












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