martes, 7 de abril de 2015

Memorias de la Nevada XXII

La Hora de Mísinas


Ya todo estaba en su sitió. Las piezas del tablero que había acomodado con tanto esfuerzo y calculo habían acabado haciendo exactamente lo que ella predijo. Ahora empezaba a recuperar su poder y sapiencia tras años y años de antigüedad. Tuvo suerte de que La Mujer Desnuda no se enfrentara ante enemigos más capaces en el hospital. Pues en efecto, estaba débil como un recién nacido. Así como la estrella de Mísinas operaba a su mínima potencia dado su amnesia, la Mujer Desnuda solo era capaz de actuar de forma limitada a comparación de lo que podría provocar una vez restituido su nombre y esencia.

Era la estrella de Mísinas, la antigua devoradora de mundos, de almas. La que siempre esta hambrienta, la que siempre esta vacía. El punto amatista en el cielo que se aparece cada unos tantos milenios sobre el cielo y fulgura e irradia rayos de poder que atraen a los gentiles y los desesperados. Un faro en la noche que lleva a un acantilado de desesperación a quienes caen bajo su influjo. No había bien o mal para ella, pues como dijo Thomas, ella era más antigua que el bien o el mal. Más vieja que los Dioses de Balbania, más anciana que la luz o las sombras. El lado vacuo de la completud de la vida. El negativo de una fotografía el universo. 

Un poder hace milenios olvidado en los anales de la historia del hombre. Y lo que era peor para ella, una estrella derrotada, vencida por Arcón El Hechicero en el Monte de Sitún cuando sus influjos dominaron la mente y el poder del Ignoto Igrrisen, el primer ser en rebelarse ante los dioses.

Su forma de actuar había sido siempre la misma y le fascinaba el hecho de que el mismo truco funcionara una y otra y otra vez. Irradio amor, carisma,  cariño, comprensión, sabiduría a todos los seres de pensamiento. Excluyo a uno, tal vez dos. Los excluyo de mi luz hipnótica, seductora, de mi presencia magnifica hasta que sus almas imploren estar a mi lado. Como Jhoony, como Lidia. Los dejo fuera, los hago seres desdichados y grises cuya mente solo es capaz de desear lo que no tienen. Y lo que no tienen soy yo, la princesa de plata en el castillo de cristal. Con una sonrisa amorosa y una espada traicionera última y fatal.

Entonces en el momento exacto, les dejo venir a mi, como perros rabiosos. Algunos odiándome, otros amándome. No importa, solo deben tener su mente fija en mí. Y cuando llegan a los pies dulces de mi trono aquellos que quieran dominarme y destruirme solo serán dominados y destruidos. Como Lidia. Y quienes lleguen a mi lado deseando poseerme y sujetarme serán poseídos y sujetados. Todos al final creen que han vencido, como Igrrisen. Todos se creen capaces de dominarme, de devorarse mi poder. Pero mi poder es el vació, y ellos se vuelven vacíos también.

Con el tiempo había aprendido que muchos no hacen la diferencia entre una cosa y la otra siempre y cuando alcancen el final del sufrimiento. Un anhelo que compartían dioses, humanos y razas no humanas de la antigüedad. Quien se lanza a un precipicio no hace distinción entre la hierba o el desierto a la hora de estrellar su cabeza contra el suelo. 

Sí, aun faltaba bastante como para darse el título de vencedora. Esta vez no iba a fiarse ni a subestimar a los seres humanos. Iba a esperar, a jugar un tiempo con la Mujer Desnuda allí en Witters. Regodearse de las fuerzas que albergaba, de lo invencible de su materia. Si los humanos querían ese liquido negro que recubría a su enviada cada vez que llegaba a la tierra, que lo junten de a montones. Después de todo le hacían un gran favor masacrándose entre sí. Como un veneno que se administra en pequeñas dosis infectaría a cuantos fuera posible. Leyendo y analizando sus pensamientos y deseos, para atraerlos a ella y devorarlos. Una, y otra, y otra, y otra vez. 
***

De noche como siempre, como a menudo se había hecho en otros casos tales como el de la huelga en Oldbrige Town. Sin embargo, esta vez el Ejercitó no iba a reprimir disturbios. Ni siquiera a secuestrar lideres políticos o sindicales. Aun así, en este tipo de despliegues se informaba a la tropa que cualquier ciudadano que no acatara las ordenes del personal militar o entorpeciera de forma alguna la operación era considerado una amenaza para su seguridad y la de su equipo. 

Aunque sigue siendo injustificable, cabe recordar que las fuerzas armadas estaban aun en DEFCON 3, por lo que los rangos más bajos que participaron en la operación se subieron a los transportes y helicópteros bajo la perspectiva de un posible ataque nuclear extranjero o alguna operación encubierta de una nación enemiga. La peor pesadilla para el ejército en esos tiempos no era una conflagración atómica, sino la aparición súbita de fuerzas enemigas en territorio Himburgues. Como en aquella película de Patrick Swaice "Red Dawn". Según se ha rebelado en tiempos de democracia se creía posible que varías células dormidas de grupos terroristas de izquierda se lanzaran a la toma de cuarteles y posiciones clave antes de una masiva  invasión soviética sobre Balbania Occidental. En la mente de los comandantes y su tropa, el primer ataque ya había ocurrido y el segundo muy probablemente tomaría lugar en Witters. ¿De que forma? Nadie lo sabía.

En la noche el enorme dragón de aceró de Himburgo se aprestaba para la ocupación militar de un área de gran tamaño. El General Russel observaba desde Kilo los movimientos de sus tropas por satélite. Aquella mole incomprensible, el Leviathan al que los Himburgueses habían otorgado todo el poder a cambió de seguridad se levantaba en la oscuridad de la noche como un cíclope que ha escuchado el alarido de su hermano herido por el diestro Ulises. En los Helicópteros muchos soldados decían a sus compañeros "Vengaremos lo que hicieron en Lapan". Algunos incluso llegaron a creer que el ataque en Lapan había sido en venganza a la desaparición de aquella guerrillera marxista conocida como Lucy Drissen. 

Ajenos a que la lanza de Uptunar, la Diosa de la Guerra, apuntaba hacía Witters Alley con su infausto refulgir, sus ciudadanos se demoraban en despertar del sueño ciego en el que habían vivido desde comenzado el régimen de Pallance. Y como siempre andan juntas ambas hermanas, Aspota, la Diosa de la muerte, elevaba su cruel mandoble sobre todos ellos devolviendo una sonrisa a su hermano mayor. Pirtv Mv, Horror. 




***



A los primeros rayos del sol un repartidor de diarios bebía un té sin gusto alguno en el pequeño mini-bar de la Wako Oil. Ahora la surtidora había pasado a manos del hijo mayor de Peter Leggins. Franz Leggins que tenía otras tres Wako a lo largo de la ruta 4. En esa mañana fría el repartidor de diarios miraba desentendido su té cuando notó que el liquido empezaba a temblar.
Música


Extrañado se estrujó los ojos cansados producto del sueño. Pero el té vibraba. No, la mesa vibraba.  Al cabo de unos minutos la mampostería, los frascos con caramelos y el revistero también. El cada vez más cercano murmullo de algo metálico cubrió el silencio de la mañana. Era un sonido como de cadenas acompañado por el grave cantar de un motor diésel. Agudo y caprichoso.

Franz salió del mini bar y encontró a la reemplazante de Lucy mirar absorta la carretera hacía el sur. El repartidor de diarios lo siguió también curioso. El suelo temblaba como si un subterráneo estuviera pasando debajo de ellos. Allí, a pocos metros del cartel de bienvenida de Witters una sombra alta de andar pesado salía de entre la bruma del caminó. Parecía, en sombras, un elefante sin orejas con una trompa recta y larga. Tenía también unas antenas que emergían de la cabeza, suspendida sobre un cuerpo chato. Una vez la mole de aceró se encontró a la vista del alumbrado público el repartidor de diarios soltó el té de sus manos, completamente asombrado. 

Un enorme tanque M60, con su comandante sobre la torreta estaba cruzando las puertas de Witters Alley. Detrás de él le seguían ¿Cuantos? ¿diez? ¿veinte? ¿Cien? no. Eran setenta camiones militares de cinco toneladas, como esos que aparecieron en el pueblo durante el Mundial. Solo que esta vez no llevaban muertos, sino soldados en uniforme de combate. La División aerotransportada de Triton Parade  acompañada por el noveno regimiento de blindados pesados del ejercitó Himburgues formaba una enorme fila de vehículos de todo tipo que se perdía a la vista. 

- Han de estar de paso. Dijo Franz a la playera. - Deben ir a la Base de Targal en el norte. 

El oficial al mando del tanque M60 (que llevaba un mono de peluche colgado del cañón) detuvo su marcha a pocos metros de la Wako, bloqueando el cruce de caminos donde comenzaba oficialmente la ciudad. Su motor lanzó un grito gutural y ensordecedor y se posicionó en diagonal. Su torreta giró apuntando al norte. Los camiones que le seguían detuvieron su marcha en una frenada sincronizada. Oyeron gritos, compartimientos abriéndose y el sonido de borcegos militares multiplicarse sobre el asfalto. Los ladridos de los perros empezaron a despertar a los vecinos.  Un megáfono, instalado en uno de los camiones, extendió su comunicado militar, en un tono tan medido y contenido que despertaba sospechas.

Habitantes de Witters Alley, les habla el Ejercito Himburgues. Se les ruega permanecer dentro de sus hogares y mantener la calma. Esta es una Operación de Contingencia. Por motivos de seguridad se ha impuesto la Ley Marcial en esta Ciudad y sus alrededores. Hagan todo lo que les indiquen las autoridades y cooperen con las mismas por su propio bien...

 Por su propio bien...

Aun absortos por la súbita aparición de las fuerzas armadas, la playera, Franz y el repartidor de diarios vieron como unos hombres, con mascaras de gas y Rifles Fal en sus espaldas comenzaban a desplegar una alambrada con increíble velocidad delante del cartel de bienvenida. Uno de ellos clavó una estaca al lado del mismo y puso sobre la misma un cartel en grandes letras coloradas sobre fondo blanco que rezaba: 

Prohibido el Paso

Zona Militar

Centinelas con Orden de Abrir Fuego a Discreción



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