martes, 26 de mayo de 2015

Los Emperadores de Auksamaar III

Las Abominaciones de Gargano 

Primera Parte Aquí
Segunda Parte Aquí

Gargano es una pequeña isla volcánica a pocos kilómetros de Preta, la más grande del archipiélago. La fama de esta era tan mala o aun peor que la de Auksamaar en tiempos del Imperio Salefiano. Según los pueblos de Crusania (actualmente Brusia) allí habitaban todo tipo de criaturas del mundo antiguo que habían huido del cataclismo de "El Gran Tumulto" durante la guerra de los Poderes.

Aun entonces, cuando poco quedaba ya de la Balbania de los tiempos de Mara y Harmir, existían estos parajes remotos e inhóspitos donde las criaturas de la noche persistían. O, en el peor de los casos, habitaban mutaciones producto de las drásticas heridas que sufrió Balbania en la inigualable batalla final entre Mara, la diosa de la luz y Tremor, el Señor de la noche y el Caos.  Menok de Gargano, el terrible Lugarteniente de Rorvan era, al parecer, producto de una de estas extrañas mutaciones y abominaciones que por entonces rondaban Balbania.

La leyenda Aukmari cuenta que cuando el imperio se extendió al oriente continental envió desde Preta una serie de expediciones a la isla volcánica con el propósito de levantar allí un pequeño puesto de avanzada para preparar una invasión a las llanuras de Crusania donde gobernaban los Vlaind del este conducidos por Dargia, Hija de Namidian.

Sin embargo los exploradores que se internaban en sus costas de arena volcánica nunca regresaban al puerto de Auksamaar con noticias. Y si se enviaba a otros en su búsqueda estos se perdían en las nieblas de Gargano para nunca regresar. Se dice que Rorvan ejecutó a varios capitanes y marineros por su ineficacia. Más cuando el cuarto intento por alcanzar la isla también fracasó, Rorvan decidió que el Emperador en persona tomaría cartas en el asunto. Subió a la alta torre coronada que había levantado y desde su cima dirigió su mente hacía las costas visibles de Gargano. 

Inmediatamente se percató que allí habitaba un poder tan grande y oculto como el de Auksamaar que no deseaba ser descubierto ni perturbado por hombres o bestias. Y, tal vez lo más desconcertante y seductor para él era que, efectivamente esa pequeña isla era uno de los llamados "Puntos Fuertes" que había investigado en su juventud. Más esto planteaba dudas a su gran sabiduría, ya que se suponía que el Rettem genera una flora frondosa y llena de vida. Pero Gargano, a simple vista era solo una rocosa isla ardiente. Intrigado Rorvan partió en soledad hasta la misma en un pequeño bote sin acompañantes. Pues, ya en su paranoia temía que otros descubrieran las secretas propiedades del lugar.

Tras dos días de viaje, Rorvan alcanzó a ver la cima del volcán  Har-Khun eructando fuego y cenizas desde su cima, derramando laba ardiente sobre el lado sur de la isla. Mientras su bote se acercaba lentamente a las playas se encontró con los restos de sus expediciones como también de otras aun más antiguas. Sobre los bajeles, ennegrecidos por las cenizas y el hollín, los esqueletos de los incautos dormían en largo sueño de la muerte. Rorvan comprendió entonces que el aire o los gases de la montaña debían ser venenosos para los hombres comunes.  Siendo el un Dracida, cuyo cuerpo esta preparado para las más extremas condiciones, era invulnerable a este tipo de cosas.

Una vez hubo desembarcado en el estuario norte de Gargano, lo que vio le dejo aun más perplejo. Al parecer algunos efectivamente habían alcanzado a desembarcar y hasta levantado campamentos improvisados. Sin embargo lo que otrora fueran orgullosos marineros y caza recompensas eran ahora piedra. Sus rostros perpetuados en un rictus de horror miraban hacía la montaña de fuego. En algunos de sus despojos había evidentes signos de batalla. Más que o quienes habían sometido a tal pavoroso destino a los exploradores Rorvan no sabía decir.



Pero a diferencia de estas pobres almas, Rorvan contaba con la ventaja de un gran entrenamiento como Dracida de la mano de Dalstein mismo más su ya gran poder adquirido desde la muerte de Khadssig. Por lo que, con cautela, el Emperador se sentó allí a meditar a usanza de los orientales y  aguardo que esta extraña amenaza se le hiciera presente. 

Hacía la noche percibió la presencia de varios seres vivos acercándose a él. Escucho la risa repetitiva y cruel de lo que sonaban como mujeres y el siseó inconfundible de serpientes venir desde los bosques que rodeaban el Volcán.  Dominando su temor  Rorvan habló, siempre con sus ojos cerrados, sentado en posición del Loto. 

- ¿Qué clase de Abominación habita aquí? preguntó.

Las risas se multiplicaron y el sonido de pasos, furtivos rodeándolo comenzó a hacerse cada vez más palpable. La percepción Dracida de Rorvan detectó al menos unas cuarenta formas de vida cerrando un círculo en torno de su figura. 

- Somos las amas de Gargano. Somos las Inveteradas, hijas de la serpiente de fuego Kurnak y la madre de las bestias. Guardamos la llama eterna de Har-Khun, que los mortales no han de profanar. Ved por tus propios ojos, sino creéis lo que tus oídos escuchan....

Rorvan se sonrió,  comprendiendo la celada que las criaturas querían echarle encima.

- Ningún hombre ha visto antes la forja de Tremor. Quien la observe comprenderá y dominara el poder que yace en las entrañas de la tierra. El ardiente hálito con el cual conquisto  el mundo antiguo. Mirad sino crees...mirad con tus propios ojos y como un Dios serás en la tierra hasta que el mundo cambie.

- Si abriera los ojos ahora...-Contesto Rorvan. - Sería solo otra triste estatua de piedra en este lugar maldito. Puede que otros tontos y supuestos sabios hayan caído en la tentación que tanto te esfuerzas por infligirme. Un hombre de Poder, sería en efecto, un Dios en la tierra si mirara al Fuego que Tremor sometió a este mundo en los Días sin sol. Sin embargo siento decirle que hay muchas formas más de ver además de los ojos. Aun los mismos pueden engañar. El Sabio no cree solo en lo que ve, sino también en lo que percibe y aun así le es invisible a la mirada. Pues no todo lo verdadero es visible ni todo lo falso imperceptible. 

Las criaturas respondieron enfurecidas:
- ¿Y a que has venido entonces? Sí, ¿A que has venido hombre-De-los-Dioses-débiles-del-cielo?
- He venido a reclamar la llama para el Sol Ardiente.


Tan pronto como así dijo, las  terribles gorgonas de cabellos de serpientes y ojos brillantes se abalanzaron sobre Rorvan, sentado en medio, con sus filosas garras y colmillos monstruosos en busca de su carne. Siempre sentado y con sus ojos cerrados, Rorvan desenvainó su espada  e invocando el terrible poder que en él habitaba un anillo colorado y ardiente rodeó su figura. Cuando las primeras hubieron intentado traspasar el mismo un disparó carmesí como la sangre y brillante como el rubí las fulminaba inclemente en un instante, traspasando sus cuerpos y alcanzando a quienes venían detrás como si cientos de crueles lanzas protegieran al Aukmari.

Las primeras diez cayeron abatidas casi de inmediato y las demás, por completo azoradas, intentaron huir. Pero Rorvan no tenía intenciones de posponer la lucha y buscarlas en sus escondites. Por lo que armado con su mandoble les cerró el paso tras dar un gran salto hacia adelante y blandiendo su aceró luchó con ellas sin sufrir impedimento alguno producto de la falta de visión. Sus poderes ya estaban por encima de los sentidos tradicionales. 

Allí en los lindes del bosque cantó su acero a la luz de la luna llena y cortó las garras que intentaban rasgar su cuello o aplastó los colmillos de sus contrincantes hincando el acero de Aukmaar hasta los dientes. En las sombras de la noche, las Gorgonas, desesperadas, gritaban de miedo y de ira contra el inmenso contrincante. Pero todos sus esfuerzos o trucos poco podían hacer contra Rorvan, quien, diestro en la lid, las arrasó como un tifón sombrío y gélido.

Sin embargo, el Aukmari sabía que el gran poder que había sentido desde las costas de Auksamaar no se encontraba entre estos demonios del mundo antiguo. Y en hábil actuar dejó a una sola de las Gorgonas con vida para que esta, en su pavorosa huida lo llevara a la guarida de las mismas. La desesperada criatura condujó sus pasos hasta la base misma del volcán donde su destreza y fuerzas se podrían a prueba como nunca antes.


Hadí-Targull
La Madre de las Bestias


Desde la cima la lava crepitaba y caía con parsimonia sobre las negras rocas del monte Har-Khun. Los densos vapores, grises y negros se demoraban todo alrededor y flotaban sobre los arroyuelos ardientes de una de las montañas más antiguas de Balbania. Escondido entre la putrefacta y seca vegetación, Rorvan, observaba escondido ya a las primeras horas del día, a la única superviviente ingresar al corazón del monte gritando palabras de un lenguaje que le era ajeno. 

Solo unos momentos después  del Volcán brotó una densa capa de lava y excrecencias venenosas y la tierra tembló como si de ella estuviese por emerger un Dragón de los años antiguos. Tal era la energía que había percibido antes de viajar. Una criatura que por razones que ni siquiera él se explicaba contaba también con él fuego del Dragón, el Rettem, como aliado. Desde el vaporoso valle emergió con bríos guerreros la enorme figura de una criatura espantosa. Sin dudas para Rorvan una de las abominaciones propias de las profundidades a donde la luz de los Dioses nunca había llegado.

Era en efecto similar a una Gorgona, aunque su tamaño era tres o cuatro veces superior. Su cuerpo parecía estar cubierto por una masa impenetrable de magma ardiente y en su brazo blandía una masa de combate negra como el más acabado azabache. En sus ojos las llamas del mundo subalterno centelleaban como estrellas del abismo.  Era Hadí-Targull, la Madre de las Bestias, un Gigante de tiempos aun más remotos que los propios Dioses. Nacida y compuesta por la mera eventualidad de la hechura de las cosas en los inicios. 

¿Cuántos años llevaba allí oculta? ¿Cuánto tiempo tenía revolviéndose en la inmundicia de sus hijas? Ni el más letrado sabio de Balbania puede decir. Pero era un reto que hasta el más osado héroe de la Antigüedad hubiera dejado pasar. Ningún acero, Humano, Bulture o Elfico le hincó alguna vez su filo ni daño su cuerpo.


Por mucho que le hubiera gustado, Rovan supo que esta vez iba a tener que usar sus ojos para combatir contra semejante bestia. Por lo que, manteniendose fuera de su vista buscó una solución, andando por el valle furtivamente. Hadí-Targull, furiosa por la muerte de sus hermanas, le buscaba afonasamente, barriendo de cuajo los árboles secos y quemados todo alrededor. Y cuando su masa golpeaba estos salían volando desperdigados en cientos de pedazos hacía el cielo oscuro y gris.



Targull hizo esto varias veces, dominada por la ira como estaba ante el atrevimiento de Rorvan. Al cuarto intentó su arma golpeó muy cerca de donde el Aukmari se encontraba y este fue levantado por los aíres junto a un sin fin de despojos. Al caer al suelo una larga estaca de madera le atravesó la pierna como una daga negra y ardiente. Rorvan gritó de dolor, intentando zafarse de la esquirla que lo había inmovilizado. Entonces Targull le encontró y fue hacía él haciendo temblar el suelo con cada paso.

Irónicamente fue la astilla la que le dio a Rorvan la idea que necesitaba para enfrentarse a la Madre de las Bestias con sus ojos abiertos. Sintiendo próxima la masa caer sobre él, Rorvan usó su poderosa telequinesia para arrancar de su pierna el troncó filoso y con un grito de guerra envió el mismo hacía el ojo derecho de Targull. Como una jabalina esta se clavó de lleno en su ojo y Targull aulló de dolor, retrocediendo varios pasos. Rorvan, sin perder el tiempo volvió a utilizar su telequinesia para levantar con un denodado esfuerzo el sin fin de piedras que descansaban alrededor del campo de batalla y a un movimiento de su mano los pedregosos proyectiles impactaron en el ojo restante, haciéndose polvo en el rostro de la bestia o atravesando su fueguina pupila. 

Herida pero aun de pie, Targull bramó de odio y de ira. Y repleta su cabeza de deseos homicidas comenzó a golpear todo lo que tenía a su alrededor con su masa. Haciendo pedazos colinas, bosques, y aun parte misma de la montaña produciendo que la Magma se liberase de su prisión de roca y emergiese al exterior en grandes y brillantes cantidades. 

Rorvan, impedido ahora de moverse con la agilidad que lo caracterizaba producto de la herida en su pierna sabía que el Mandoble de Aukmaar no lo ayudaría a traspasar la armadura de sedimentos que cargaba la terrible Targull. Y pensando que tal vez en esto se le iría la vida (más nunca el honor) se alejó lo más que pudo de la enloquecida enemiga y de la lava. Subió entonces a una alta roca, trepando con sus manos, y allí parado, insignificante ante el tamaño de Targull cometió su mayor hazaña.

Soltó la espada y con ambas manos vueltas hacía el cielo sus ojos se pusieron blancos como las nubes y recitando las mismas antiguas palabras que Khadsigg hizo uso del poder que le había robado tras su muerte. El sofocante calor de Gargano comenzó a disminuir rápidamente y sobre la figura de Rorvan se concentró una enorme masa de viento gélido como la más cruda ventisca de invierno en el Este marchito. De sus manos salió eyectado un disparo de nieve que se elevó hasta los cielos grises y, dando una curva allí donde se encuentran las estrellas cayó sobre Targull como si se tratara del congelado mandoble de los Dioses que lleva el cruel invierno pasado el triste otoño. 

El suelo, de arena negra, se congeló de inmediato, la lava y el magma lucharon por prevalecer pero fueron rápidamente dominadas por el poder del Aukmari. La isla toda se cubrió de un destello enceguecedor y congelante que arrasó con todo a su alrededor capturando todo en una densa e inquebrantable capa de hielo prístino y  centelleante.   

Targull sintió como el fuego de su ser se extinguía y moría sin esperanza alguna de sobrevivir y quedose así, elevando su masa al cielo y un grito final que nunca se llegó a escuchar. Antes de que sus fuerzas se agotaran por completo, en un último aliento, Rorvan saltó desde la roca y con la Espada de Aukmaar golpeó la cabeza de la Bestia, haciendo estallar su gigante figura en cientos de cristales que se esparcieron como granizo.

Pero no crean que Rorvan había olvidado lo que había venido a buscar. Una vez pudo, digamos, volver a pararse después de semejante esfuerzo tomó las piezas que pudo salvar de lo que fuera su enemiga y las llevó junto a él de regreso a Auksamaar.

Aun hoy La isla de Gargano es la más fría y gélida de las que se encuentran en el oriente Balbanes.



***
El Nacimiento de Menok

Rorvan había quedado muy impresionado por la naturaleza de las Gorgonas por lo que trabajó mucho tiempo inspeccionando los órganos internos y pedazos que había recogido de Targull como además sus hermanas. Y uniendo sus conocimientos sobre la necromancia que había adquirido como Dracida de Dalstein, especialmente los referidos a la resurrección de una vida, hizo todo tipo de experimentos. El objetivo de los mismos era aprender la forma de transformar a otros en piedra como estas solían hacer.

Al cabo de unos años de macabro proceder con esclavos, guerreros y vírgenes de varios rincones del Imperio Aukmari logró por fin un espécimen que reuniera las cualidades de un Dracida y una Gorgona. Le llamó "Lagari-Menok" que en Salefiano significa Ídolo de Roca. Más este no era una bestia estúpida o impulsiva. Sabiendo que a pesar de todo los años también corrían para él y sin descendiente alguno que pudiera ocupar su Trono, Rorvan creó un ser mitad Dracida mitad Gorgona. Su piel era en efecto color gris con ciertas tonalidades verdes. Tenía cabellos humanos, largos y oscuros. Hablaba y comprendía las enseñanzas de Rorvan a la perfección.

Con los años Desarrollo un cuerpo humanoide aunque de brutal apariencia. Menok, el artificio más osado que alguien de esos tiempos hubiera creado tenía por propósito ser no solo su aprendiz sino el encargado de Aniquilar a los Dracidas y a los Vlaind en la guerra por venir.



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