sábado, 23 de mayo de 2015

Los Emperadores de Auksamaar



Dedicado a mis amigos Roleros  Marcos Ava y Nehuen Palacios, de cuyas aventuras nació parte de esta Historia hace mucho tiempo, en el Desierto Salefiano... "Grandes sorpresas esperan en Arimatea" Y la verdad que sí.

Desde los anales de la historia Dracida se ha tratado de resolver el misterio acerca de si el Rettem, el fuego del Dragón que les da sus fuerzas y poderes, es más antiguo que ellos. Y, si lo es, ¿Que tan antiguo? Dicha cuestión ha suscitado muchos debates entre grandes maestros de la Orden, pues aceptar que el Fuego del Dragón es muy anterior a la existencia de los Dracidas mismos es, por consiguiente aceptar, que otros bien pueden haberlo utilizado u obtenido antes que ellos.

Aunque parezca tan solo una curiosidad a saber en un mundo tan viejo y grande como Balbania, esta simple cuestión ha hecho temblar a más de un Dracida en la historia de la orden. Pues, asegurar que el Rettem se encontraba en la tierra cientos o miles de años antes que ellos les quita toda la legitimidad divina que han alegado desde sus inicios.

Como se ha dicho en otros lados, el Dios Heills liberó el fuego del Dragón antes de morir y ordenó a su hijo Shannon que lo vertiera sorbe la tierra mortal en forma de lluvia. La misma habría de evaporarse al cabo de siete días y transformarse ya en un elemento más en la tierra, renovándose constantemente junto a los ciclos naturales del mundo. Advirtió a su hijo que él ya había seleccionado a los hombres indicados para utilizarlo en su nombre bajo la condición de que fuese usado en la defensa del bien y la justicia contra todo opresor, sea este Divino o mortal. Estos primeros cuatro escogidos (Los Padres de las Ordenes: Bilingord, Frigord, Sigmund y Dalstein) habrían de encontrar a su vez a otros que guardasen en sí la llama del Dragón y fundarían una Orden cuyo propósito era la última voluntad de Heills ya mencionada.

Ahora bien esta es, a grandes rasgos la Justificación que encuentran los Dracidas a su existencia. No fue la casualidad sino un Dios quien les enseño de que manera utilizar el fuego de la Vida para llevar a cabo propósitos benignos en un mundo sumido entonces en la oscuridad y la ignorancia. Es decir que  para ellos el sentido mismo del Rettem es el de hacer la voluntad de Heills y esparcir su palabra.
Sin embargo nunca ha estado del todo claro cuánto tiempo paso entre que Shannon regó el mundo con tal providencia y su posterior manifestación divina ante estos hombres comentándoles lo que acabo de garrapatear o dictándoles ordenes con tal propósito. Y en este misterio se asienta la historia que se pasa a contar.

 Aukmaar El Grande


 Mucho antes de que los Dracidas existieran o que aun los Vlaind llegaran al mundo, el Imperio Salefiano dominaba gran parte del territorio conocido por los hombres. Tras la oscuridad del Gran tumulto y los avatares que sufrieron las criaturas, el desierto del norte fue uno de los primeros lugares en desarrollarse nuevamente bajo leyes y Reyes como los que conocemos.

Alejado siempre de las batallas y los conflictos, el Gran desierto Salefiano fue el lugar que menos sufrió las catástrofes ocurridas durante la Guerra de los Poderes. Y sus habitantes, repartidos en tribus a menudo luchaban las unas con las otras sin sacarse diferencias. Eso fue así hasta que a orillas del rió Claubio, en la aldea de Arimatea, nació Ahr-Tjan quien condujo a la tribu Arimateo-Salefiana y por medio de una larga y cruenta campaña logró unificar todo el norte bajo el estandarte del Sol Ardiente.

Se dice que Ahr-Tjan era un hombre de salud frágil en su juventud y que a menudo se alejaba de las costumbres guerreras de su pueblo para dedicarse a la meditación y contemplación de las Estrellas. Tenía ya fama de sabio en su juventud, más a la hora de luchar estaba impedido por cientos de achaques de la dura vida en el Desierto. Poco antes de que su padre muriera, este temió que su hijo fuera incapaz de llevar a cabo el gobierno de la tribu en tal deplorable estado y, en secreto, consultó a un sabio de confianza que vivía en el límite de las montañas de Citilandalas, la gran cadena que divide el desierto de las tierras fértiles.

Este extraño personaje considerado de leyenda aun para las gentes del desierto, era llamado Kalick y su piel era verde como las hojas de los arboles. Mas hablaba con palabras y era tan antiguo como el desierto mismo. Kalick recibió al muchacho, acosado por una fiebre muy alta y dijo a su padre ante las llamas de su hogar:

- El niño morirá. No porque este sea débil, sino porque en él vive un poder que desconozco que lo está abrazando por dentro, como el magma de una montaña a punto de estallar. La única forma de salvarlo es lograr que su mente controle el fuego que arde en él.

Se dice que el sabio Kalick rogó al padre que dejara al joven en su estancia. Y como Ahr-Tjan ya era un hombre de buen pensar y sabio en muchas cosas que otros desconocían, logró detener esta fiebre dominando su cuerpo con su mente bajo el entrenamiento de Kalick. Y hay quienes dicen que esto logró tras sentarse junto al fuego del hogar a meditar por más de un mes, en el cual estuvo a punto de morir varias veces.

Sin embargo, cuando hubo terminado, ya no era el mismo joven débil y de pobre salud. Sino que ahora en sus ojos había un vigor indecible y todos supieron al verlo que ahora en él vivía un poder que ellos eran incapaces de comprender y quienes no lo respetaban o rivalizaban con él le temían. Así, una vez su padre murió, Ahr-Tjan fue llamado Aukmaar. Hombre Oscuro.

Aukmaar primero parecía tener habilidades extraordinarias para resolver  cada problema que se le enfrentara. Su dominio sobre hombres y bestias era incuestionable, dejando cada vez más asombrados a sus sacerdotes. Reforzó su tribu ganando aliados que se le inclinaban por temor y lanzó la guerra de conquista más grande que se haya visto en Balbania.

Así nació el Imperio Salefiano, bajo la mano pesada y el juicio justo de Aukmaar primero las demás tribus y reinos pequeños caían, incapaces de detener a este vigoroso emperador que luchaba en el frente todas sus batallas mostrando una fuerza y agilidad inigualables en su tiempo. Y aunque ya alcanzaba la adultez ninguna señal de vejez o decadencia se encontraba en su cuerpo. Se le atribuyeron por entonces poderes mentales, como la capacidad de hablar con sus servidores a largos kilómetros de distancia o de ser capaz de sanar sus heridas rápidamente sin intervención médica alguna. No paso mucho tiempo hasta que los Salefianos lo creyeron efectivamente un Dios en la tierra.

A la edad de trescientos noventa y cuatro años Aukmaar había conquistado todo el mundo conocido, desde el oeste profundo hasta las llanuras de Crusia en el este gélido. Y hay quienes dicen que murió solo cuando su sueño de un imperio letrado y desarrollado se hubo cumplido. Antes de morir le pidió a sus hijos que lo enterraran en una isla al noreste de Salef y les rogó que, lo que allí vieran a nadie debían contar, sino a aquellos de confianza.

La isla era hasta entonces desconocida para la mayoría de los Salefianos. Pero las tribus del este hablaban sobre enormes monumentos de piedra de aspecto maligno que podían verse desde la costa. Sin embargo, era tal el oscuro aspecto que nadie se atrevía nunca a ir allí. Y se decía que si alguien lo intentaba nunca regresaba a su hogar. Pero con la intención de cumplir la última voluntad de su padre, sus hijos, aprestaron una barca y navegaron hasta la misma.






La Misteriosa Isla de Auksamaar





Hasta entonces lo único que sus hijos sabían de dicha isla era que su padre iba a la misma acompañado por unos pocos sirvientes. Se demoraba una o dos semanas y regresaba sin hacer comentario alguno sobre la razón de su partida a tal remoto y maldito lugar. Pero decididos a cumplir la última voluntad del Emperador, los hijos se hicieron a la mar junto a un pequeño cortejo fúnebre.

Lo que hallaron en las costas de Auksamaar era, evidentemente los rastros de una vieja civilización perdida. Había cuatro enormes templos, uno señalando cada punto cardinal levantados en piedra. Algunas de las construcciones estaban enterrados bajo la arena o bien habían sido tomados por la naturaleza. Sin embargo en dicha isla aun podían encontrarse rastros de carreteras, viviendas y lo que debió haber sido un gran puerto en su extremo oriental construido en tiempos inveterados por manos y mentes muy hábiles.

Las figuras levantadas en piedra tenían similitud con muchos de los Dioses que por entonces los Salefianos adoraban, al igual que su arquitectura y lengua escrita. Desde entonces los descendientes de Aukmaar creyeron que su padre les había pedido ser enterrado allí para que estos pudieran comprender y profundizar  muchos de los secretos que él había conocido en vida durante sus visitas a la isla.

Kia-Len, hijo mayor de Aukmaar y nuevo Rey, mudo entonces el trono de Salef a Auksamaar nombrándola nueva capital del imperio. Levantó en el centro de la misma un enorme Templo en reverencia a su padre y conecto el mismo por medio de túneles y calles a los otros cuatro, erguidos a Dioses oscuros de nombres extraños.

Ahora bien, los salefianos han sido siempre un pueblo muy religioso y supersticioso. Kia-Len pronto comprendió que su padre había podido gobernar tal inmenso imperio dado a que este contaba con poderes sobrehumanos. Como nuevo rey debía estar a la altura de Aukmaar si deseaba continuar gobernando las cientos de colonias a lo largo y ancho de Balbania.Por lo que ordenó a los viejos servidores de Aukmaar que le narrasen a él que hacía su padre junto a ellos cuando visitaba dicha isla.

Lo que le respondieron le heló por completo la sangre. Sus sirvientes le confiaron que Aukmaar elegía al más fuerte y hábil de su guardia personal y lo retaba a duelo en cualquiera de los cuatro antiguos templos. Si sus subordinados se negaban a luchar contra él o le dejaban vencer, los amenazaba con asesinar a sus familias. En otros casos drogaba a sus contrincantes para que estos no tuvieran reparo a la hora de luchar contra su emperador.

Según dijeron a Kia-Len, cada vez que Aukmaar derrotaba a cualquiera de estos contrincantes obraba un ritual sobre sus cuerpos recitando palabras escritas en las paredes de cada templo. Al parecer, de esta forma, Aukmaar absorbía la fuerza, el poder y los conocimientos de sus enemigos, como también su juventud.

 El Duelo con Khadsigg

Kia-Len tenía muy claro que, si deseaba gobernar eficazmente el gigantesco imperio que su padre había construido debía obtener sus mismos poderes bajo cualquier método posible. De lo contrarió se correría el rumor de que la casta de Aukmaar había perdido el hasta entonces fervoroso favor de los Dioses y en el Imperio los viejos enemigos internos que no se habían alzado contra Aukmaar por temor se le levantarían en rebelión.

El hijo mayor del emperador decidió entonces llevar a cabo el mismo ritual que su padre. Reunió a sus más valerosos soldados y guardias y escogió al más diestro de todos. Junto a algunos sacerdotes que oficiarían de testigos, Kia y el guerrero se encontraron en el templo norte junto a las costas de Auksamaar y se enfrentaron a duelo.

Ahora bien, Kia-Len se había visto relegado a una vida de placeres sensuales y distensión durante el reinado de su padre. Por lo que estaba lejos de ser un guerrero profesional. Muchos creen que el joven emperador se confió en que la víctima del sacrificio se dejaría vencer por el amor y fe que le profesaba diariamente. Sin saberlo, estaba traicionando una parte importante del ritual: Ambos contrincantes debían luchar hasta la muerte, sin contemplaciones el uno por el otro y sin ventajas de ningún tipo.  Hay quienes dicen que Kia fue tan cobarde a la hora de enfrentarlo que le prohibió el uso de armas y lo despojó de armadura. Esto resulto en un error fatal.

Khadsigg,  su retador, llegó al encuentro muy perturbado por el aire oscuro que habitaba en ese templo y ante la evidente desigualdad (sumado al hecho de que matar al Emperador resultaría sin duda en una ejecución) su pavor se hizo mayor. Pero esto, lejos de beneficiar a Kia, termino por derrumbarlo.

Tal y como sucede normalmente con los Dracidas no despiertos, los registros dicen que Khadsigg avivó en él un "Poder Inimaginable similar al mostrado por Aukmaar" mientras evitaba como le era posible la espada curva de su enemigo en la sala central del templo. Ya muy herido, cuando el aceró de Kia se lanzaba sobre su cabeza, el joven Khadsigg detuvo el mismo "Sin hacer uso de ninguna parte de su cuerpo". Lo que lleva a pensar a los estudiosos que se valió de una suerte de telequinesis similar a la que albergan los Dracidas de Dalstein.

Así se narra en los Registros de la Corte de Kia-Len según Lukaron, Sacerdote.
 
La espada del Emperador había encontrado varías veces a su enemigo, en al menos siete oportunidades le hirió gravemente, haciendo que cuantiosa sangre manara de su cuerpo. Aterrado por la impiedad de su gobernante, el fiel Khadsigg solo atinaba a esquivar o bien huir del sitio de la lucha por el amor que profesaba a quien llevaba cuidando toda una vida.

Sin embargo, Kia se enfurecía más a medida que se demoraba en asesinarlo. Pues el Emperador no era diestro en las armas ni el combate como si lo era Khadsigg. Finalmente, Kia-Len terminó tan exhausto que ordenó a los sacerdotes que sostuvieran a Khadsigg para que este pudiera darle el golpe final y concluir el Ritual. Temerosos de despertar la ira del Gobernante del Mundo, los Sacerdotes así hicieron e inmovilizaron al fiel Servidor cogiéndole por los brazos. Kia rió histéricamente, casi como un demente y a poca distancia elevó su aceró por última vez sobre el mancebo. Más lo que ocurrió luego dejó atónitos aun a los sacerdotes que han visto el Mundo de los Dioses y el Poder del Viento Blanco.

Khadsigg lanzó un grito iracundo que conmovió los cimientos del templo, haciendo que parte del tejado arruinado cayera levantando gran polvareda y reventando los tímpanos de sus captores. Se escuchó luego un sonido similar al de un Gong provenir de las profundidades de la tierra, como si su desesperación hubiera despertado algún viejo espíritu de ese oscuro templo. 

La Cimitarra del emperador se detuvo a un centímetro de sus cabellos oscuros y se desquebrajó como si esta estuviera compuesta de arcilla. Las Rajaduras marcaron toda la hoja dejando ver leguas de fino y ardiente fuego en el Sable. Allí apareció solo por pocos segundos una inscripción en alguna lengua arcana que no supimos reconocer. En el cuerpo desnudo de Khadsing símbolos irreconocibles para el Sacerdocio se dibujaron como negras serpientes que cubren una loma nevada y entonces se produjo un destelló verde claro, como un relámpago que brota en horrísona tormenta.

Pasada la conmoción Kia-Len yacía ciego en el suelo y herido en sus brazos y piernas. Quemaduras dolorosas recubrían todo su cuerpo y este humeaba lanzando un olor hediondo, similar al de la carne putrefacta. Khadssig, hizo un movimiento con sus brazos y desmembró a sus captores solo con la fuerza de sus extremidades. Como si ahora una fiera iracunda se hubiera adueñado de su espíritu, cogió la Cimitarra con aquellas inscripciones fueguinas en su hoja y decapitó  al Emperador.

Luego, adueñado por un frenesí guerrero leyó en voz alta las palabras escritas en la cámara del templo. Un Lenguaje que hasta entonces desconocía por completo y aquel estruendo cavernario, como de Gong, volvió a resonar en toda la isla de Auksamaar. Del cuerpo del Emperador se elevó, a vista de todos, una sustancia primero gaseosa similar al humo. Pero a medida que las palabras se repetían en boca de Khadsigg esta empezó a tomar una forma más cercana a la energía eléctrica, disparando chispazos brillantes y cegadores aquí y allá. Cuando tal cosa llegó a su punto más álgido la misma se condenso en una pequeña estrella o anomalía magnética tan brillante como el sol y esta se introdujo por la boca de Khadsigg.




La Huída de los Hermanos 

El Primer Emperador de Auksamaar


Inmediatamente después de estos eventos las heridas de Khadsigg sanaron como si estas nunca hubieran tenido lugar. Los presentes huyeron despavoridos de su presencia del templo alertando a los guardias imperiales de que Kia había sido asesinado por un subdito. Rápidamente el cuerpo de eunucos de los Salefianos se dirigió en tropel hacía las escalinatas del templo norte, armados con arcos, espadas y escudos. 

Khadsigg, les salió al encuentro sobre las mismas nuevamente desarmado. Más  cuando se arrojaron sobre él decenas de flechas, este no se puso a cubierto ni intento esquivarlas (como si tal cosa fuera posible). Simplemente  alzó sus brazos con las manos abiertas hacía ellas un viento gélido sopló de pronto y las saetas se encendieron en un destelló blanco ardiente para finalmente caer al suelo por completo cubiertas por una densa capa de hielo.

Aterrorizados los Salefianos huyeron de Khadsigg, pensando que habían despertado alguna maldición de los Dioses por visitar la Isla maldita. Una tormenta sin precedentes se gesto sobre Auksamaar. A una velocidad inusitada negras nubes llegaron desde el oriente y cubrieron el hasta entonces claro cielo. Los vientos se huracanaron y de las nubes brotaban rayos como lanzados por los Dioses en lo alto alcanzando a las personas en su huida desesperada y desatando graves incendios sobre el campamento.

Dominado por un espíritu sin nombre, Khadsigg se abrió paso entre el desastre hasta la Gran tumba donde Aukmaar había sido enterrado. Los sacerdotes y Soldados intentaron evitarle la entrada a tal sagrado lugar, pero Khadsigg detenía sus corazones de una sola mirada que los fulminaba. Provocando que la sangre de sus víctimas brotara desde sus oídos o boca como si una espada invisible les hubiera hecho estallar el corazón. Así entonces alcanzó los restos del Emperador Aukmaar, destrozó el cofre de piedra con sus puños y retiró de allí la espada con la cual había sido enterrado. Según se dice forjada en un mineral únicamente existente en Auksamaar. También vistió su cuerpo con la armadura que Aukmaar llevaba al combate y así ataviado como un poderoso hijo de los Dioses se abalanzó sobre quienes intentaban huir.

En el puerto muchas barcas se preparaban para zarpar de regreso a Salef. Entre ellos los hermanos menores de Kia. Más tal era la animosidad de las aguas en ese nefasto lugar que de nueve barcas, solo una llegó a escapar de Auksamaar con una la princesa Dagira. Los dos príncipes restantes murieron cuando su bajel se hizo pedazos en las rocas aledañas a la isla.

Khadsigg no tuvo piedad con los que quedaron atrás. Muchos se lanzaban desde los barrancos para no dar con él y la desesperación que arrastraba a su paso. Los pocos sobrevivientes dijeron que el soldado hundía su acero en cualquiera que intentara detenerlo o le rogara piedad. Aun hoy los esqueletos de los soldados y sirvientes que quedaron atrás se pueden ver en el puerto de Auksamaar, muchos de ellos atravesados por las maderas de sus propios barcos o con los yelmos hendidos en las playas producto de la espada de Khadsigg. Aunque el Imperio Salefiano continuó por muchos años dominando gran parte de Balbania Occidental, nunca más regresaron sus reyes o sacerdotes a dicha isla.

Según cuentan los registros de la Biblioteca de Salef del Norte, Khadsigg se renombró como Aukmaar II y se autoproclamo Rey de Auksamaar. Por muchos años nadie supo que fue de él tras la masacre cometida. Pero se cree que el guerrero Aukmari dedicó esos años a adueñarse de los barcos que pasaban cerca de sus costas por medio de ilusiones producidas por su extraño y enorme poder. 

Muchos incautos marineros orientales que se perdían en esas inhóspitas aguas eran engañados por Khadsigg  ofreciéndoles cobijo y un puerto seguro. Más al caer la noche utilizaba a algunos para continuar el misterioso ritual o bien los transformaba en esclavos que le rindieran devoción.

Unos veinte años más tarde la situación fue tal que los pueblos del Oriente (actualmente Brusia) y Salef unieron fuerzas para extirpar el mal y la locura que Khadsigg había desatado en el archipiélago. Sin embargo el ataque resultó un total fracaso. Como si el Aukmarí fuera capaz de controlar el clima de su reino, los vientos se volvían contra los marineros, produciendo que los barcos chocaran entre sí. De los pocos que llegaron a la isla no se volvió a tener noticias. Tanto Salef como las tribus barbaras del oriente decidieron entonces pagar un tributo a Khadsigg en oro para que este dejara abiertas las rutas comerciales que pasaban en las cercanías de Auksamaar.

Dada la riqueza que esto produjo a la isla, Khadssig pronto se hizo de un gran ejercitó de hombres y bestias que se adueñó de las islas cercanas más grandes en tamaño y recursos, tales como Preta y Gargano. Auksamaar se transformó en una pequeña fortaleza y sus templos fueron re construidos, mostrando sus puntiagudas torres a lo lejos desde las costas. Sin embargo la notoriedad de Khadssig se hizo legendaria a lo largo de los años, lo que atrajo la mirada de una nueva especia hacia la isla.  


 El Arribó de Rorvan y Estian
Los Dracidas descubren la Verdad sobre Auksamaar

La nefasta fama de Khadsigg se hizo legendaria con los años y se cree que el primer Dracida en saber de él fue Dalstein, dado que este provenía de Salef del Norte y allí oficiaba como sacerdote antes de escapar hacía Himburgo en la reunión de los cuatro padres de la Orden. Dalstein conocía bien el interés de los Salefianos por esta clase de cosas y durante mucho tiempo los reyes y emperadores habían intentando recuperar el poder que Aukmaar había tenido durante su reinado. Más ninguno se atrevió a regresar a la isla y buscaron otros métodos basándose en lo que ya sabían sobre Aukmaar Primero.

Uno de los encargados de estos trabajos fue Dalstein, sin embargo al advertir rápidamente el potencial dañino que albergaban dichas investigaciones (a menudo requiriendo sacrificios humanos y otras prácticas sangrientas) este elevó su protesta y fue rebajado por la corte y se lo envió al frente como un soldado raso para humillarle. Por esa razón terminó por encontrarse con los Dracidas en Himburgo que salvaron su vida cuando este intentaba desertar.

Como es sabido Dalstein finalmente fue elegido para ser uno de los cuatro padres de la Orden del Dragón y tuvo a su mando muchos aspirantes que luego se destacaron. De entre sus mejores alumnos estaba Rorvan de Herkania. Un hombre cuyo interés pasaba por rastrear, junto a su maestro, los orígenes del Rettem en Balbania y sus llamados "Puntos fuertes". Existe aun la creencia entre los Dracidas que el "Rettem" se concentra con mayor fuerza en ciertos puntos de Balbania como algunos bosques o valles cuya vegetación y flora resiste mejor los climas adversos.

Una vez se hubo ganado el rango de Maestro de la Orden, Rorvan y su amigo Estian, de la Orden de Frigord, se embarcaron en un largo viaje por Himburgo y sus alrededores en busca de estos supuestos "puntos fuertes" y también se demoraron en las ruinas que los Hombres de Antaño habían dejado por Himburgo, especialmente en El Valle de los Reyes.  Allí Rorvan y Estian se internaron en los misteriosos secretos Auresianos descubriendo que estos guardaban cierta relación con las extrañas habilidades de Khadsigg en Auksamaar, del cual supieron por Dalstein.

Una de las razones que ambos tenían para esto era el temor de que los Vlaind superaran a los Dracidas en poder y riquezas dejándolos en una situación desesperada ante una eventual y seguramente inevitable guerra con los hijos de Namidian. Rorvan había vivido entre los Vlaind y estaba seguro que, de darse una batalla, los Vlaind aplastarían a los Dracidas dado que en ellos vivía el Numen Divino, mientras que los Jethis, a pesar de todo seguían estando más cerca de un humano que de un Dios en su constitución. 

De Regreso consultaron con Dalstein estas cuestiones y este confirmó sus sospechas. Llegaron a la conclusión de que la isla de Auksamaar debió haber sido parte de aquella civilización de los Hombres de antaño y que esta debió haber sucumbido al igual que los Grandes reyes de Tarcun dado la desesperación de estos por mantenerse en el poder con estas artes oscuras y prohibidas en su tiempo. Ver "Los Secretos Auresianos"

Dado que ya habían existido problemas en Himburgo con los descendientes de la raza Auresiana y sus experimentos, los Dracidas temieron que en Auksamaar hubiera rebrotado una necromancia poderosa cuyo origen aun era bastante desconocida para ellos. Por lo que Dalstein envió a Rorvan y a Estian a investigar las leyendas del desierto.

Ya que por lo general estas actividades incomodaban a los Dracidas más conservadores por verlas como paganas y pecaminosas, el viaje se hizo en el más extremo Secreto. Rorvan y Estian pasaron varios días con los Sacerdotes Salefianos. Examinaron detalladamente sus registros más antiguos sobre la cuestión. Y mientras más leían más se convencían de que efectivamente lo que Aumkmaar primero tenía era Rettem y con casi toda seguridad Khadsigg también. 

Tras conversar con el tal Kalick, los Dracidas llegaron a la conclusión de que Aukmaar I no solo había despertado el Rettem casi por accidente al igual que Khadsigg, sino que de una forma inexplicable ambos habían encontrado la forma de absorberlo de sus enemigos dándoles un poder muy superior al de cualquier Jethi iniciado.

¿Qué clase de locura podría desatar en la Orden un conocimiento como este? La tentación de acrecentar las fuerzas y capacidades de un dracida a través de la matanza de otro sería nefasta para sus propósitos. A pesar de que en ese momento los Jethis se encontraban en una era "Dorada", ambos sabían que tan pronto las cosas se pusieran algo complicadas no pasaría mucho tiempo hasta que algunos intentaran llevar a cabo estas prácticas. Rorvan y Estian decidieron por tanto viajar a la Isla de Auksamaar y sepultar en el olvido todo rastro de estos conocimientos.


A su llegada la isla los Dracidas vieron los enormes templos y la riqueza que ostentaban. Muchos de ellos tenían ahora paredes recubiertas de oro y plata, rubíes y joyas adornaban los monolitos de piedra y altos obeliscos con un zafiro rojo se alzaban sobre ellos como obras monumentales, en un tiempo aun  bárbaro en la mayor parte de Balbania, Auksamaar parecía salida de las leyendas de los hombres de antaño. Sin embargo estos enormes edificios estaban vacíos, los esclavos vivían en campamentos improvisados alrededor de los mismos y allí se hacían ofrendas al Dios-Hombre Aukmaar I y II.

De incógnito los Dracidas intentaron pasar desapercibidos en su búsqueda de Khadssig y al poco tiempo ingresaron en su cámara real en el templo norte donde este se había convertido, según sus propias palabras en un Dios entre los Hombres.

LA BATALLA Y LA TRAICIÓN



Rorvan, de la Orden de Dalstein fue el primero en ingresar al templo y, siguiendo el plan anteriormente trazado, utilizÓ sus poderes mentales para confundir a los Guardias y logró introducir en el vino un poderoso somnífero. Ya en la noche, tras la comida, tanto Khadsigg como sus guardias dormían un pesado sueño en la Cámara del Trono.  A una señal de su compañero, Estian, degolló a los hombres en sus lechos y junto a Rorvan se prepararon para matar a Khadsigg.

Sin embargo, en el momento que tomaban una lanza Khadsigg así les habló desde su trono de piedra negra detrás de la pared con los versos del ritual tallado en la roca. Con sus ojos aun cerrados habló y su voz era como el grave sonido de las profundidades:

-  Puede que maten al hombre que aquí yace dormido. Pero no podrán matar al espíritu que vive en y a través de él.

Fue entonces que para asombro de los Dracidas, rodeando la figura de Khadsigg aparecieron cuatro graves y oscuras siluetas, como de espectros, que llevaban sobre sus cabezas coronas de tres puntos. No tenían rostro, ni forma clara, sino la de una sombra alargada y de gran altura que parecía sostener un mandoble entre sus manos.

Aquel Sonido de Gong retumbó entre las escalinatas y columnas del templo. Entonces Khadsigg se despertó y en su pecho desnudo se dibujaron extraños símbolos arcanos. Tomó en su diestra la espada de Aukmaar primero y bajó del trono con aires de desafió.

- Largo tiempo he esperado este encuentro. He sabido interpretar mejor las fuerzas del mundo antes que su raza siquiera existiera.  He manipulado el clima antes que Sigmund, he tenido la fuerza de un Dracida de Frigord antes que este siquiera naciera y mi mente ya conocía todas las respuestas antes de Dalstein. Sí sabéis reconocer a un Dios en la tierra, se inclinaran y harán mi voluntad. Si sois torpes y orgullosos ninguno de los dos saldrá de aquí. Pero uno vivirá y hará a los Aukmari aun más grandes. Así está escrito en el Templo del Augurio.

Antes de que pudiera terminar de hablar, Estian arrojó la lanza con todas su fuerzas sobre Khadsigg y para su asombro este la detuvo en el aire, tal y como un Dracida de Dalstein haría. Rorvan utilizó su propia telequinesia en un duelo sin igual para clavar la lanza en su corazón. Los poderes mentales de ambos eran tan similares que el suelo debajo del objeto se desquebrajó por la presión y finalmente la misma estalló en pedazos como si dos titanes hubieran tirado de ella en direcciones opuestas.

Khadsigg se lanzó al ataque sobre Estian armado con su mandoble de aceró y atacó a su contrincante con una agilidad poca antes vista entre los Dracidas. Sus golpes y movimientos eran tan rápidos como los de un maestro de la orden. Estian, armado con un hacha de combate tuvo que poner lo mejor de sí para bloquear sus ataques y cuando vio su oportunidad, saltó por encima de su contrincante y desde atrás lanzo una bola de fuego que hubiera fulminado a cualquier enemigo. Más, para su sorpresa Khadsigg elevó su brazo formando un semi círculo y el bólido ardiente no solo se detuvo sino que regreso a él inmediatamente. Estian fue impactado en el pecho por su propio ataque y se estrelló contra la pared de piedra perdiendo el conocimiento temporalmente.

Rorvan intentaba encontrar un punto débil en su enemigo y mientras buscaba una posición desde donde atacarle, Khadssig le dijo algo que le llegó a las entrañas de su mente.

- Tú y tu maestro han pasado su vida buscando las respuesta que esta isla alberga. El Origen de tu especie y del Rettem, el fuego de la vida.  Tarde o temprano tu camino te iba a traer hasta aquí, así está escrito en el Templo del Augurio. Tu destino es tomar mi vida en tus manos y engrandecer a los Espíritus Antiguos que aquí  yacen.

Intentando hacer oídos sordos a sus palabras, Rorvan, atacó con su espada a Khadssig, el aceró de ambos chocó y su estruendo metálico se repetía y se hacía eco en las graves paredes del templo. Sin embargo Rorvan sentía que estaba perdiendo la batalla, no desde lo físico sino desde lo mental.

- Debes matarme y Ocupar mi Lugar Rorvan. Mi tiempo ha pasado...yo no albergo en mí la fuerza del Dragón, no al menos en la forma que los Dracidas como tú la tienen. Hace tiempo he encontrado mis limites. Pero a través de ti ese limite desaparecerá. Tal es la voluntad de los Antiguos.

Estian se levantó y se unió a la lucha. Mientras Rorvan, acuciado por la duda y el deseo comenzó a sentir una gran ansiedad. En efecto este hombre y esta isla podían contener conocimientos que llevarían a los Dracidas a direcciones que jamás hubieran imaginado antes. Dubitativo, Rorvan se apartó mientras Estian se batía en un duelo desigual con Khadsigg.

Tal vez fuera la oscuridad del lugar o la poderosa energía opresiva que lo habitaba. Pero mientras Estian luchaba sin descanso contra Khadsigg, Rorvan se encontraba confuso y atribulado. Veía los rostros allí tallados en piedra y en su mente aparecieron visiones sobre la caída de la Orden del Dragón y el triunfo final de los Vlaind. Tal vez fuera el único Dracida con la oportunidad de salvar a su especie de la aniquilación total cuando llegase la última guerra santa. 

En denodado esfuerzo, Estian logró la delantera en la lucha, neutralizando las capacidades de su adversario. Más, mientras más cerca estaba su compañero de vencer a Khadsigg mayor era la preocupación de Rorvan por perder esta oportunidad de acceder a un conocimiento inigualable. La orden de Dalstein había sido destruir los templos, borrar para siempre ese negro conocimiento para el bien de Balbania. ¿Pero porque no usarlo? Los Dracidas no eran humanos, torpes y fácilmente corruptibles. Ellos podrían darle una nueva visión un nuevo sentido y con él poner a raya aun a los mismos Dioses.

Rorvan, ahora consumido por la duda ya había tomado una decisión. Y como el hombre que cree que hacer el mal es en verdad hacer el bien y que una vida bien vale salvar otras miles desenvaino su espada detrás de Estian y se acercó a él llorando apesadumbrado. 

Finalmente, Estian logró romper la guardia de su enemigo. Le hincó el hacha en el vientre y este cayó de rodillas. Estian alzó su arma para acabar con él pero en antes de que pudiera hacer esto el mandoble gélido y filoso de Rorvan lo atravesó por las espalda. Su compañero le miro asombrado y cayo también de rodillas.

- Lo siento Amigo. No puede dejar que destruyas todo aquello por lo que he vivido. - Dijo Rorvan con lagrimas en sus ojos y volvió a clavar la espada en su corazón, dando muerte a su amigo más querido.

Khadssig, se levantó y volvió a tomar sus armas del suelo, como si hasta entonces solo hubiera fingido estar derrotado. - Has comprendido el camino que los Antiguos han marcado para ti y para mi. Separados, Poderoso Rorvan, no somos nada. Una vez unidos el mundo caerá a nuestros pies.

- Estas muy equivocado. Usare este poder para el bien, no para el mal. La Orden del Dragón sera poderosa bajo mi mandato y los Hijos de Namidian se inclinaran ante nosotros, como los subiditos ante los Dioses.

- Has comprendido entonces. Solo basta ver, cual de los dos ocupara ese lugar.

Inmediatamente después de estas palabras, los dos se enredaron en un combate sin igual. Sus espadas chocaban en la oscuridad solo perturbada por las ánforas a los costados de las columnas. Sus sombras se proyectaban y alargaban sobre las tenebrosas inscripciones y jeroglíficos. Rorvan, aun confundido descargaba toda su rabia contra el  Aukmari, sintiendo una gran culpa por haber asesinado a su más querido amigo. Khadsigg se sonreía al ver que este había caído bajo su influjo para siempre.

Khadsigg, viéndose en problemas por la destreza de su enemigo, le demostró a Rorvan porque era el Emperador de Auksamaar y tras esquivar uno de sus ataques, se subió a un pequeño balcón de la cámara y desde allí descargó todo su poder sobre él. Las ánforas se apagaron, la temperatura descendió abruptamente y de entre sus manos una ventisca cada vez más gélida comenzó a formarse. 

El recinto se llenó de una luz clara y azulada, Rorvan pudo ver como alrededor de su figura la habitación empezaba a congelarse a una velocidad imposible, formando estalactitas de hielo todo alrededor. Aquella energía se concentro entre sus manos, sus ojos centellearon en un color azul profundo y una masa de aire gélido fue disparada hacía Rorvan congelando todo a su paso. Ningún Dracida de Sigmund había logrado eso hasta entonces.

Entre asombrado y deslumbrado por el poder del Aukmari, Rorvan intentó poner un freno a su ataque empujando el ataque con su telequinecia y por poco sucumbe ante el hálito de la gran Sombra. Viendo que sería incapaz de sostener el ataque por mucho más, en una jugada muy arriesgada, hizo un esfuerzo sobre humano para que las estalactitas de hielo súbitamente formadas salieran disparadas en su contra.

Rorvan lanzó, al igual que aquella vez hizo Khadsigg, un grito atronador, los Antiguos parecieron jugar a su favor y aparecieron su altas sombras rodeando a ambos contrincantes, con ojos colorados y malignos. Para cuando Khadsigg se dio cuenta de lo sucedido ya era muy tarde. Filoso como cientos de dagas, el hielo se volvió en su contra y lo atravesó por el vientre dejándolo clavado a una de las columnas. Finalmente los otros cientos de pedazos, como un enjambre blanco, cortaron su piel, vaciaron sus ojos y estocaron su corazón con una fuerza imparable aun para él. 

Dominado ahora por los Antiguos Espíritus de Auksamaar, Rorvan recitó las palabras detrás del trono escritas en las paredes de la sala y absorbió todo el poder y conocimiento de Khadsigg. El bólido luminoso y centelleante salió de su cuerpo y tras suspenderse por unos segundos delante del cuerpo de Khadsigg fue devorado por Rorvan. 

De esta forma Rorvan se transformó en el Nuevo Emperador de Auksamaar, mas mucho más sabio que el anterior y con una profunda educación en el mundo y sus misterios, Rorvan logró con los años consolidar su poder de una manera mucho más terrible que su predecesor. Al conocer perfectamente la Orden del Dragón y sus debilidades actuó de una forma mucho más inteligente y por un tiempo su Imperio puso el mundo a sus pies bajo el estandarte del Sol Ardiente. 


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