lunes, 1 de junio de 2015

Los Emperadores de Auksamaar VI


La Maldición de Rolando

Y
El duelo Final

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Cuarta Parte Aquí
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En los sótanos de Anagj-Khudrum Kurkox ayudaba a Jade a pararse. Ella se encontraba en un deplorable estado, enflaquecida, pálida y próxima a la muerte. El Dracida pensó que aun sí salían de allí iba a ser difícil que ella pudiera hacer todo el trayecto de regresó a Nargh-Zul en esas condiciones. Más, sin ninguna otra salida el hermano de Bilingord cortó sus amarres y la ayudo a hacer los primeros pasos mientras ella aun musitaba palabras envuelta en sueños oscuros.

Una vez fuera de las prisiones alcanzaron el patio central de la ciudadela y allí les envolvió una densa sombra como una ventisca que se devora la luz a su paso con una frialdad inigualable. Desorientados los amantes se perdieron el uno del otro en aquella bruma. Sin embargo no era esto producto del clima o la luz, sino del Poder de Rolando que había conseguido penetrar en sus mentes y desorientar sus sentidos. 

El sonido de pasos viniendo en su dirección se hizo evidente y el tintinear metálico de una armadura les precedía en medio del silenció de muerte que recorría Anagj-Khudrum. El viento rugía en las colinas del valle y los primeros cuervos graznaban sobre los cuerpos de los difuntos defensores de Nargh-Zul. Impedido de momento de usar sus ojos el Dracida intentó concentrarse y liberarse de aquella negrura, pero mientras esto intentaba una fuerza arrolladora, como la acometida de docenas de corceles de guerra le impactó y en su mente pudo ver fantasmagóricos jinetes riendo y gritando mientras le arrollaban los cascos de las bestias. 

Cuando Jade hubo despertado vio a Kurkox ser arrojado varios metros hacía atrás y golpeado por manos o patas invisibles que le fracturaron varios huesos de su cuerpo y dañaron aun más sus ropas de viaje, rasgándolas con furia. Su maestro impactó contra la pared de una de las torres y ya no se movió.  Parado en la puerta principal de la fortaleza estaba Rolando y este vestía su gran armadura de Arudar y una capa purpura le ceñía la figura. En su brazo cargaba un yelmo horrendo con una mascara monstruosa y la otra sostenía una espada de alta nobleza. 

Sus cabellos castaños largos y sus ojos celestes le daban el aspecto de un gran príncipe, sus facciones eran graves y arrogantes. Pero en su mirada había una maldad inusitada y un odio imposible de disimular. Se detuvo a pocos metros y habló petulante:

- El Día me pertenece. Mis legiones han aniquilado a los Dracidas de Nargh-Zul, Ungwing ha muerto y las torres de Anagj-Khudrum aun se alzan orgullosas de camino al Cielo. Esta batalla también sera contada entre las Victorias de los Hijos del Rammkkara  y en lo que me concierne, a la ilustre Raza Auresina de la cual soy heredero. Caro han pagado los Dracidas la humillación a la que mi pueblo fue sometido. Y con la Muerte de Kurkox mi venganza estará completa. Preparaos a Morir ahora, Dracidas. 

Jade veía que su maestro aun no se levantaba y temió que este hubiera muerto al fin. Lloró amargas lagrimas, pero no dejó que Rolando quebrara su espíritu. Se arrastró hasta Kurkox y tomó su mano. En efecto la muerte le tomaba minuto a minuto.

- Es inútil Jade Thagvari. Ni el mismo Heills podría vivir luego de ser arrollado por los Corceles del ocaso. Aunque no soy dado a la piedad, os dejare vivir y llorar tus muertos. Te doy esta gracia en tu condición de Mujer. Peor que la muerte sera tu castigo, ahora iré a reclamar la ciudad de tu padre y pisoteare su bandera con los cascos de mi Orden. - Rolando se dio medía vuelta y comenzó a alejarse.

Algo siniestro brotó de la torturada mente de Jade Thagvari. Y la maldad a la que había sido sometida en su cautiverio se volvió en contra de sus sádicos captores. Jade, la joya más preciosa de Nargh-Zul había, en efecto, perdido absolutamente todo lo que amaba. Y lo que antes fuera tristeza o melancolía ahora era un odio irrefrenable hacia los hijos del Ramkkara y todas sus obras. A pesar de que aun era una aprendiz, en ella el fuego del Dragón anidaba como en todos los de su especie. Y cuando este se encuentra cerca de su extinción siempre da un último estallido abrazador. 

Rolando escuchó el sonido de una espada siendo desenvainada, una de las armas de Kurkox. Y entonces por un instante el Jefe de Orden sintió que una oscuridad más densa y peligrosa que la que el mismo podía originar le rodeaba donde fuera y opacaba aun el centellear de las estrellas. Unas figuras de siluetas traslucidas se proyectaron sobre el suelo, se alargaron en las tinieblas. Cuando volteó vio a Jade sosteniendo la espada de Kurkox en sus manos, más esta no era la muchacha que lloraba en su claustro y temía al encierro. Se parecía más a una mujer poseída por fuerzas superiores e inveteradas.Un albor verdoso, como luces fatuas recorría su cuerpo y los ojos, verdes centelleaban como zafiros en los palacios de los Dioses.

- Aun queda alguien de la Prole de Ungwing que puede blandir las armas. Y esta Dracida de la Orden de Dalstein no teme a la muerte, porque con ella a mi lado he vivido desde mi nacimiento.

El Vlaind contestó.
- Veo que hay mal y odio en ti. Se mucho sobre ambos, mi poder reside en ellos, no contengo los humores belicosos de los Dioses a la hora de luchar y por eso me temen y me obedecen. Pero también se como extirparlos si es necesario. Sí quieres morir consumida en tu propia furia que así sea.

Rolando abrió su mano en dirección a Jade y esta sintió como si fuera incapaz de moverse. Al instante, tras una fuerte punzada en su nuca, su vientre comenzó a hincharse produciendole tal dolor que debió arrodillarse. - Yo puedo convertir esos pensamientos ocultos. Aquellos que el hombre ha pasado reprimiendo toda su vida, en un espíritu mortal que saldrá expulsado por la  densidad de la maldad que les ha generado. Cuando termine, habrás reventado como un cerdo y solo podrán recoger tus pedazos si alguien viene en tu búsqueda.

El dolor al que Jade estaba siendo sometida era el mayor que hubiera experimentado. En su pecho pequeñas protuberancías comenzaron a aparecer, como globos infectos y mal olientes. Sus piernas, sus manos y pies, todas comenzaron a manifestar la misma cosa y a cada segundo se encontraban más cerca de estallar dentro de ella. Jade se retorcía de dolor incapaz de moverse ante la mirada arrogante de su enemigo. Y cuando Rolando bajó el dedo para hacerla explotar de adentro hacia afuera algo en el aire se quebró y las postulas negras se desvanecieron instantáneamente. Rolando sintió que estaba ahora luchando contra una potestad muy superior a él. El verde y fatuo resplandor en torno a Jade se hizo brillante, cegador y entonces una centella blanca se interpuso entre ambos produciendo un estallido atronador que desgarró los muros y las columnas que los rodeaban, haciendo polvo las escalinatas sobre las que Rolando se paraba.

El Vlaind se vio envuelto en una masa de aire ardiente que lo envolvió como un remolino y le rasgó la capa purpura, la hizo cenizas en un santiamén y su yelmo se descompuso en cientos de pedazos dorados.Su cuerpo se elevó varios metros hacía arriba y cayo al suelo con todo el peso de su armadura para ser aplastado por una energía fragorosa y ardiente. 

Kurkox había abierto sus ojos y al ver esto se llenó de asombro. Jade caminó hacía Rolando con su espada en mano y esta no actuaba como la dama gentil que el había conocido. En su andar había una seguridad indómita y el hálito de algo tenebroso la rodeaba. 

Rolando se puso de pie, pero antes de que pudiera atacarle Jade le alcanzó con su mandoble en el costado izquierdo y de este mano sangre. Rolando atacó con el propio lleno de furia por el atrevimiento de la Dracida y le cortó la mano que sostenía la espada. Luego le propinó un puñetazo en el rostro y esta cayo rodando. - ¡Te lo has ganado Dracida! Antes de Matarte voy a fracturar tu mente y nunca más podrás olvidar ni dejar a un lado la ira y las tinieblas que te consumirán hasta el día de tu muerte.

Kurkox sabía bien que significaba aquello, recordando las palabras del Guardián de los Caminos e intentó detener a Rolando, corriendo raudo hacía este. Jade intentaba levantarse y Rolando, con su mano desnuda se preparaba para hincarle un golpe fatal, no para el cuerpo, sino para el alma. El Dracida gritó, desesperado y saltó sobre él. Pero Rolando con su espada, sin siquiera mirarlo le apartó de allí. En la mano del Vlaind un destelló rubí centelló por un instante como una estrella colorada y su mano se clavó en la espalda de Jade, atravesando su carne con suma facilidad. Ella sintió como si miles de agujas se clavaran en su cerebro, hasta lo más profundo de su inconsciente y vio a su padre morir en manos de Kharmond, su ciudad arder y desmoronarse como ademas a sus amigos y seres queridos sollozando ante la desesperación de la batalla. Absorbida su mente por el shok cayo inconsciente.

- Ahora, Kurkox. Dijo Rolando sangrando por el costado. - Tu querida amante jamas volverá a ser la misma. El odio que guarda hacía mí y mis gentes la perseguirá por toda la larga existencia de los Dracidas. Nublara siempre sus pensamientos y caldeara sus ánimos hacía los actos más detestables. Aun si me mataras, o si ella lo hiciera, nada aplacara jamas su estado de ira. No encontrara, ni por un breve instante bajo el sol o a la luz de los Dioses, la felicidad. 

El Dracida no estaba dispuesto a aceptar lo que era una realidad. Conocía bien el poder de Rolando y era evidente para él que este no mentía, pues El Guardián de los Caminos le había advertido que, aun sacándola de Anagj-Khudrum jamas sería suya. Cogió la espada de manos de Jade y dijo:

- Entonces mejor sera morir y no ver llegar el día nefasto que anuncias. No me importa lo que sea que hayas hecho. Yo creó en la bondad de las personas y creó en que no hay herida, por grande e infausto que haya sido el crimen que no pueda sanar. Sanar con Justicia y no con olvido. Creo en el Mal, porque lo he visto y lo he acometido más de una vez. Creo en la locura y la desazón, pero también creo en la redención. Ser un Dracida es creer en la capacidad de cualquiera en este mundo de echar a un lado los errores y empezar de nuevo. Y si se fracasa, como yo he fracasado en el pasado, entonces creo en volver a levantarse hasta que me arrastre la desgracia o me eleve la luz gentil del Essea. Tu, aun con ese enorme poder, no puedes superar el espíritu humano que habita en los Dracidas. Y por eso están destinados a ser derrotados. 


- Mi venganza ha sido consumada. Si he de morir, entonces entrare al Salón de Namidian con la frente en alto y la gloria de un campeón del Ramkkara. - Contestó Rolando.


Las armas de ambos chocaron entre sí y las baldosas en el suelo se desquebrajaban a cada golpe y los cristales se desmoronaban por el poder de ambos hombres, tan bravos de espíritu y fuerza. Kurkox no daba respiro a Rolando, quien herido, tenía una ligera desventaja. Pero aun así este se defendía con gran habilidad y los golpes del Dracida no encontraban hueco alguno en su defensa. Los pasos de ambos, en lucha sin cuartel, los llevaron sobre las escaleras hacía el interior de las torres de Anagj-Khudrum.

Cuando hubo esquivado el aceró de Rolando y este se atascara en la roca. Kurkox le empujó con su Rettem aun más escalones hacía arriba y el Vlaind atravesó las puertas de su palacio, de fino oro, incapaz de controlar sus movimientos. Dentro de aquel salón grave y rico, Rolando alcanzó a recuperarse antes que la espada de Kurkox le cortara la garganta.  Allí quedo parado el Vlaind justo delante de un ventanal que daba a las profundidades del valle y uno de sus muchos arroyos. El Dracida vio aquí su oportunidad y golpeando su aceró en el suelo invocó el ataque más mortífero de su orden. Al pronunciar las palabras indicadas una llamarada blanca brotó de la misma y formó a raudo vuelo la larga silueta de un Dragón enajenado en ira, tal y como Kurkox se encontraba. La luminosa silueta alcanzó a Rolando en el pecho y le atravesó por completo saliendo por la espalda para perderse entre las colina. Llevado por la titanica fuerza del Hermano de Bilingord Rolando salió despedido a través del ventanal y como una moneda dorada que se lanza al vacío su figura se perdió en las oscuras profundidades del Valle de los Reyes.

Agotado el Dracida apenas pudo bajar las escaleras y llegar hasta donde Jade había caído. Sobre ella se desplomó. Tuvo sueños extraños, quimeras evasivas y espeluznantes sobre su futuro con su amada, si es que esta aun vivía. Pero poco tiempo más tarde despertase sobre las piernas de su amada Jade, que le sostenía la cabeza pronta al llanto. Vio que en sus ojos algo en efecto había cambiado, una sombra tal vez imperceptible, mínima, pero que sin lugar a dudas se alojaba escondida en su psiquis. Ella le sonrió y el, entregado a su amor y destino, la beso. 


***

El mismo sol que iluminaba los gentiles rostros de los amantes posaba sus rayos sobre  las puertas de Nargh-Zul donde Ungwing luchaba contra Anakthos, y este último era como una tormenta que se lanza sobre una espada fría y brillante. Nadie allí se atrevio a interponerse, pues era el honor de ambos lo que estaba en juego. Sin embargo Anakthos era más joven y en el pesaban menos los años de la vida. Mientras que Ungwing ya había visto pasar muchos inviernos en Nargh-Zul. Herido y exhausto el Señor de la ciudad no cejaba en sus ataques, cada vez más desesperados contra la imparable fuerza de su contrincante.

Anakthos inflado por el odio hacía él y toda sus gentes, blandía en sus manos una enorme espada de hoja negra de la cual manaba la sangre de su adversario. Sin embargo estaba claro para todos los presentes que el pérfido hijo de Deíla se llevaría la victoria. Cuando Unwing bajó su guardia un relámpago brotó de la mano de Anakthos y le alcanzó en el rostro al Dracida de Frigord, dejandolo ciego de un ojo y horrendas marcas humeantes en su costado derecho. El más fuerte de los caudillos Dracidas cayo abatido y los hijos de Heills se lamentaron elevando a unisono severos llantos. 

- ¿Quien más se me atreverá de entre ustedes?- Dijo Anakthos a la muchedumbre entre los que se contaban grandes Maestros Dracidas. - ¿Quien sera el próximo ilustre hijo de Heills en medir fuerzas con Fraujirl, hijo de ambas especies? 

Entonces un gran alarido cubrió el silenció en que todos se habían sumido y llevaron sus ojos a la puerta. Pues ahí estaba Jade junto a Kurkox que regresaban de su mortal encuentro con Rolando y poco o nada sabían del destino de la ciudad más lo dicho por este. La Dracida se abrió paso entre todos siendo seguida por Kurkox y esta se arrojó sobre el cuerpo moribundo de su padre. 

- Padre...padre...- Llamaba asolada Jade. Pero Ungwing no respondía y su cuerpo estaba quieto como el de una estatua. 

- La asquerosa prole a la que perteneces ha sido abatida. Grande ha sido la victoria. Aunque no quedase un solo Vlaind sobre la tierra aun me sentiría satisfecho al haber aplastado a quienes se nos atrevieron con este insulto que ahora, por gracia de Namidian, no es más que cenizas.- Dijo Anakthos a Jade.

La hija de Ungwing se preparó para tomar el lugar de su padre, sin embargo este susurró desde el suelo. - No, hija mía. Mi joya más preciada. Entiende esto que te digo ahora con Aspota sobre mí cabeza afilando su siniestro mandoble. Mientras en tus ojos brille la piedra preciosa del Jade y mientras en tus brazos habite la inquebrantable fuerza de las armas de Nargh-Zul, todos veran a Jade Thagvari y diran ¡Nargh-Zull no ha perecido porque ahora vive en Jade Thargvari!

Ungwing se paro con ayuda de su hija y Anakthos tembló por dentro, pues en efecto ya no sabía de que forma o con que fuerzas derrotar al ilustre Señor de la Ciudad. El Dracida se acercó a Frigord allí presente y le rogó:
- Antes de que me abandone la vida, dadme oh Maestro de Maestros, tu Maso bendito por Heills. Solo para un golpe lo necesito. - Frigord le extendió el arma e invocó una plegaría.

Tambaleándose de camino a su enemigo, Ungwing dijo a Anakthos:
- Ayer por la noche, cuando en la marcha desesperada estábamos los Dracidas una sombra de ojos verdes nos salió al encuentro mientras vagabundeaba como enloquecida por los campos de Yerunen. Esa, a la que debí haber despreciado desde el día en que, pidiendo auxilio, selló mi destino me dijo que con un solo golpe podía derrotarte. Más mentiras Vlaind me dije, pero a veces los locos son tomados por locos solo por decir la verdad. Y, dado que todo lo demás ha fallado le daré un último votó de confianza a tu madre, Anakthos. Quien también quiere que sepas algo antes de que te marches de este mundo. Te Odia, Te Desprecia y Reniega de todos tus actos desde el día en que naciste de su condenado vientre Vlaind.

Anakthos  se preparó alzando su arma negra por última vez. - Has tu intento pues. O deja que Aspota te lleve al Mostross (N/A: inframundo)

Ungwing levantó la masa de Frigord con un quejido de sus huesos y voz, lo echó hacía atrás y gritando con todas las fuerzas que le quedaban le atacó. Anakthos, en su arrogancia no pensó en bloquearlo sino en esquivarlo. Pues, para su desgracia no había creído lo dicho por este. Cuando se hubo corrido hacía su derecha su brazo diestro se elevó ligeramente intentando poner su espada en posición de ataque para golpearlo en la espalda, pero entonces el Cristal oscuro que protegía su corazón quedo expuesto al martillo de Frigord. De esta arma, forjada en las fraguas del Altonav y que usara el ilustre Heills en sus guerras, un albor verde como el mar brotó de improvisto y envuelta en divino fuego su cabeza se estrelló contra el corazón de Anakthos, destrozando el cristal que protegía el mismo y haciendo añicos su armadura negra.

Anakthos se detuvo en seco, como fulminado por el rayo, y su espada cayo inmóvil al suelo ceniciento de la ciudad. Gran cantidad de sangre se escapó por su boca y sus cabellos grises de esta se tiñeron cuando tocara el suelo en toda su longitud. Intentando pararse más incapaz, llamó a grandes voces:

- Madre....Madre...¿Donde estas? ¿Donde estas?

Y de entre los presentes saliese Deíla, sucia y envuelta en harapos de viaje. Se arrodilló frente a su hijo y le tomó de la cabeza.
- ¿Por que me traicionaste? Solo quería lo mejor para ti.
- Duerme ahora Fraujirl. Duerme y pon fin a toda esta locura.

Ankthos le susurró algo al oído y  cuando esta se incorporaba una daga brillante se adivinó en su costado y del mango de la herida la sangre brotaba a raudales. Anakthos volvió a enterrar la daga una vez más y cuando esta yació sobre él dijo:
- Sangre de mi Sangre...esta ha sido nuestra siembra, que los Dioses nos tengan piedad a la hora de la cosecha. -

 Así acabaron madre e Hijo que fueron enterrados juntos bajo las ruinas de Nargh-Zull. A solo pasos de ellos el gran Ungwing exclamó sus últimas palabras a su hija. Perdonó a Kurkox por haberse impuesto entre ellos dos y dijo:

- Mi obstinación y obsesión te han ganado dolores sin igual hija. La ciudad ya no existe, mis sueños no son otra cosa que ruinas. Pero no he de irme de este mundo viéndote llorar, obligándote a caminar junto a mi féretro en pesadumbre sin igual. Por lo que...- Tomó la mano de Jade y la unió a la de Kurkox. - Te concedo la mano de la joya más preciada de Nargh-Zul, luz de mis ojos. La única posesión que me queda y la única de la que hago entrega gozoso y sin luchar.

***

Una vez terminadas las ceremonias en honor a los caídos en el día más negro de la Orden del Dragón. Los Dracidas restantes marcharon en tropel a Anagj-Khudrum y en el último acto de guerra Mendrago, gran Maestro de la Orden de Sigmund la incineró con todo lo que allí quedara dentro. Pues este era buen amigo de Ungwing desde su niñez y su dolor solo se equiparaba con el de su hija Jade. 

Horrorizados por lo ocurrido y las graves consecuencias que la guerra había tenido Balabord y Bilingord llegaron a un acuerdo con respecto al Valle y reparaciones. Pues como dijimos los máximos lideres no querían esta guerra pero al mismo tiempo descubrieron que no tenían poder para detenerla. Balabord quitó la potestad a todos los Vlaind de Renombre de ir a la guerra sin ser provocados o sin su expresa autorización. Intervino siempre desde entonces con enviados que le eran fieles y centralizo gran parte del Poder de los Vlaind en su figura y Capitanes de Confianza.  

Bilingord y los Padres de la Orden del Dragón prohibieron expresamente a cualquier Dracida intentar reconstruir o re poblar Nargh-Zul que quedo abandonada y destruida sobre las colinas. Y los Jethis no volvieron a  reclamar o dominar partes de aquel nefasto Valle. Lo mismo sucedió con los Vlainds y por otros muchos años hubo una larga paz que ayudo a reconstruir tanto el poder de los Vlaind como la expansión Dracida en Himburgo. 

Sin embargo los hechos ocurridos en La Guerra de la Ciudad serían muy difíciles de olvidar para ambos bandos. Y desde entonces no pudo recuperarse la fructífera relación que existía entre ambas especies en un comienzo. La desconfianza y la paranoia se marcharía para volver de a pocos pasos hasta la Guerra Santa definitiva como estaba predicho. 

Kurkox y Jade se casaron y en los años de paz que siguieron a estos eventos vivieron en alegría viajando por Balbania en busca de seguidores para la Orden o impartiendo la Justicia aun muy necesaria en los territorios controlados por Bárbaros o asolados por el crimen. Sin embargo muchos años después, la Maldición de Rolando volvió a ensombrecer sus vidas cuando el Imperio Aukmari golpeó las puertas del Santuario comandado por Menok, el discípulo de Rorvan. Ellos dos jugarían un papel crucial en esa hora tan oscura en la que el poder de la Orden del Dragón se vio cerca de la extinción, pero no de la mano de Menok o aun Rorvan, sino por Jade Thagavari.


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