sábado, 1 de diciembre de 2012

El Ritual de los Condenados XIX

Capitulo X
El Precio de la Verdad

Comienzo de la Nevada


A pesar de la tensa situación  muchas sino variadas palabras resonaban dentro de la cabeza del Vlaind de Rolando. "Tio" "Alaysa" "Fiesta Familiar"....todas dichas por Liena,  su inocente y buena esposa que parecía conocer muy bien a las otras dos personas de importancia en el circulo que formaban las pistolas y los rifles. Todas gentes relacionadas, directa e indirectamente, con el asesinato de su familia. En medio de todos esos cañones fríos y plateados, de bocas negras y gatillos fáciles, estaba ella...
Liena
su esposa
su mujer
Liena

No era una ecuación muy difícil de resolver. 

Como esperando a que el Vlaind reaccionara el tiempo pareció detenerse un segundo delante de sus ojos para mostrarle a Crisald lo ciego que estaba y andaba. Tan torpe y loco como un anciano recién escapado del geriátrico que no puede reconocer una persona de otra, un hijo de un vecino... entre un amigo y un enemigo. 

El colorido mundo del Dites Corner había sido reemplazado por el estacionamiento de un edificio viejo y gris. Las luces de tubo sobre su cabeza ya no brillaban en blanco sino más bien en un verde enfermo y lacónico, afuera sobre la rampa de servicio llovía a cantaros, el agua caía de a montones sobre Blondres y se filtraba por las alcantarillas, llevándose mucha de la sangre derramada desde el Bajo hasta aquí.  Los transeúntes  en su fin de semana volaban hacia sus casas, bares o boliches y los autos arrasaban con los charcos producidos en las veredas. Todo iba hacia abajo en una dirección cada vez más oscura y tenebrosa.

Una gota de sudor le bajo desde el cuello hasta el dedo indice donde tenía apretado el gatillo, se deslizó con gracia de bailarina rusa hasta el mismo mecanismo de acero del AK 47 que sostenía.
 - Baja las armas Crisald . Le dijo Illagros de manera amable, Liena miraba sin entender o sin deseos de hacerlo.

- Parece que todos se conocen acá - Dijo Crisald. Los Soldados de Illagros agitaron sus manos, creyendo que iba a disparar, pero la presencia de Alaysa los detuvo, algo en su mirada cambio tan rápido como el viento en primavera. - Soy Illagros Zarovich de Sipea, Barón de la provincia oriental de Teleko en Brusia.
- Es un buen Hombre Cris...- Añadió Liena, quien finalmente comenzaba a dilucidar por su cuenta lo que estaba sucediendo. - Es el hermano de mi papá- Hizo un gesto de genuino asombro - ¡No tenía ni idea que era Baron de Brusia! ¿No es genial Querido?-
- Deja que yo maneje esto Sobrina...- Le dijo Illagros por lo bajo a Liena.
- ¿Tu familia siempre se presenta con una veintena de Asesinos a un lugar querida? ¿O es solo una pintoresca costumbre familiar?- Dijo Crisald de manera irónica.
- No tienes ni idea de lo que Hablas Larenthguer. Respondió Illagros. - Has ido demasiado lejos en esto, tu comportamiento es inexcusable. Ven con nosotros y no hagas que el apellido de tu padre quede manchado por siempre debido a tus coléricas acciones. Pudiste haber resuelto las cosas por el camino de la Nación, pero es tarde para eso.
- ¿Tarde según quien "Ivan"?- Repuso Crisald de Manera desafiante.- ¿El consejo? ¿El Gran Barón de Blondres? O una pseudo secta de idiotas como "Los Guardianes del Umbral"?

Un trueno se dejo escuchar en las  afueras, las miradas de Crisald e Illagros se median la una a la otra como dos animales que intentan adivinar quien sera el más rápido en dar el zarpazo. El Vlaind de Rolando no había escuchado hablar del tal Illagros sino en algunas ocasiones mientras vivió en Hellens con la familia de Liena. A menudo lo llamaban "El tío Rico" pues era el socio mayoritario de la "Kaime Oil" junto con los Pilling, otra familia importante del norte de Himburgo. Illagros manejaba muchos de los contratos de petroleo en el oriente. Ningún barón de ese tamaño iba a venir en busca de un loco como él, a menos que tuviera una indispensable razón para hacerlo, como guardar un secreto, por ejemplo.

Illagros Zarovich de Sipea era uno de los pocos barones Occidentales que tenía territorios del otro lado de la Cortina de Hierro, donde gobernaban mayormente los Vlaind del Oriente. Tenía quizás tantos años como la misma Liavenna  y había sido en tiempos antiguos un destacado barón que lucho a su lado al igual que Alaysa y Arcard, junto a su hermana componía uno de los miembros fundadores de "Los Guardianes del Umbral" y tenía toda la confianza de Liavenna para el manejo de estas situaciones. De ellos era el único Vlaind de la Orden de Gerardie que había investigado las misteriosas capacidades de los Sheegan (Vlainds de Brusia y otros países eslavos) una especie dentro de la propia orden que había utilizado el don de Namidian de una forma bastante particular.

- ¿Y bien?- Pregunto Crisald. - ¿Quien te manda?-
- No te lo dirá nunca.- Dijo Alaysa poniéndose entre ambos. - Conozco demasiado bien el secreto que este hombre guarda como para saber que no se lo diría al propio Balabord si este se lo pidiera. De la misma forma que tu padre tampoco te contó nada antes de su muerte.
- ¿Mi padre?- Pregunto Crisald.
Alaysa asintió y tomó de la mano de Illagros su pistola Tokarev. - Hermano, deja que yo me encargue del chico Larenthguer por el amor que un día me unió a su padre; No ha de morir en manos de un desconocido.
- ¿De que Hablas?- Repuso Illagros Extrañado.
- Liavenna ha tenido razón todo este tiempo.- Comenzó a sollozar Alayza. - El Vacío nos espera, no pude o no quise verlo...ahora todos los eventos que ella ha augurado han acontecido. Déjame que, como sacerdotisa que soy de la Orden de Sixfrid de una ejecución digna de su apellido a Crisald. El merece saber la verdad antes de morir...

Illagros dudo por un instante de la veracidad de las palabras de su ex compañera de aventuras.  Pero si algo sabía hacer muy bien Layla era actuar, sin contar con que su rango de Sacerdotisa (en uso o no en la actualidad) lo obligaba a confiar en su palabra, al menos en un primer momento. Quitó la Tokarev de su mano y la cargó. - Sabes que estoy poniendo en tus manos el destino de nuestra orden y tal vez de nuestra raza Alaysa. Debes jurarlo por tu Adria.
- Bien. Contesto ella.
- Y por tu rango.- Antepuso Illagros para asegurarse de que la cosa iba en serio. - Si no cumples con tu palabra ya no albergaras más posiciones de privilegio dentro de la Nación.
- Cumpliré con ella con gusto, Illagros. Antes no quise hacerlo, en la casa de los Larenthguer porque tenía miedo de que Liavenna hubiera enloquecido, ahora se que no es así.  Haré lo que me corresponde como Sacerdotisa del templo de Ungil. Pero debes dejarme a solas con el, pues ni tus soldados ni Liena han de conocer aquello por lo que juramos eterno silencio.

Ilagros se acerco a su oído:
- Si esta vez nos abandonas Alaysa, ya no te unirá a nosotros ningún amor u Honor. Te recomiendo que, en este caso, te atengas al plan por tu bien.
-He aprendido mi lección Illagros, déjame a solas con él.

Crisald veía y oía todo esto. Pero lo que en verdad estaba creando un torbellino de pensamientos en su cabeza era el hecho de que su esposa solo miraba a los presentes con un nerviosismo que el Prosac que tomaba no era capaz de calmar. Como si supiera la verdad o al menos la mitad de ella. Tan pronto como Illagros y sus soldados empacaron para marcharse dos de ellos la tomaron delicadamente de los brazos y trataron de subirla a la camioneta.
- ¿Que van a hacer con mi esposo?-
- Nada que te incumba sobrina, cosas de los hombres de la familia.- Contestó desde el volante Illagros.
- ¿Lo van a ma...a..maa...-
- No sería la primera vez que lo entregas en el nombre de la Orden. Contestó Illagros de forma dañina y malvada.
- Pero...pero..pero ÉL no tiene nada que ver con eso.
- ¿Que entregar a quien? Preguntó Crisald deseando que todo fuera un error, un error increíble, pero al fin error.
- Yo no tuve nada que ver con eso Illagros, la maestra me dijo que era por bien de Cris y así lo hice. No se que habrá hecho pero no merece ese castigo.
- No hables de cosas que no sabes. Le contesto su tío  - Métete en la camioneta, te llevo a tu casa. - Los hombres de Illagros forcejearon con ella en la parte trasera de la camioneta. Liena se resistía.
- Anda a casa Mujer.- Gritó de pronto el Vlaind de Rolando entre herido y resignado.
- Pero...
- Anda, no tenes porque ver esto.
- Te amo Crisald.- Rompió ella en llanto.
El Príncipe, que sabía que, a pesar de todo realmente lo sentía, le contesto:
- Y por eso necesito que te vayas.- La Abrazo fuerte abriéndose paso entre los guardias. - Los Larenthguer lloran solo después que la sangre se ha derramado, nunca antes.- Y luego dijo algo que dejo a Liena sin fuerzas:
- Ve a casa Liena, te liberó de mi servicio y el matrimonio que nos une. Vive tu vida en paz...mientras puedas.



Alaysa por su parte comenzó a cantar, con aquella dulce voz de su especie, un salmo religioso funerario tradicional de los Vlaind, aunque no era a Crisald a quien miraba mientras  preparaba el arma.

Eso fue demasiado para el corazón de Liena, una persona tan rara como única en este mundo. Incluso a ojos de Crisald, a quien no le faltaban muchas piezas para descubrir su parte en el rompecabezas.
- No, vete a casa Liena. Dijo Crisald poniéndose de rodillas ante Alaysa.- Ella levantó el arma en dirección a su cabeza, con Crisald dándole las espaldas.

La esposa del Vlaind de Rolando hizo algo entonces que siquiera Liavenna, la previsora, podría haber augurado antes al percatarse al fin, siete años después  de la gravedad de sus echos y engaños: Crisald era el único hombre en su vida que no la había tratado como una idiota, ni que se había acercado a ella por una cuestión de alianzas políticas o económicas  Su amor, con sus claros y oscuros, era verdaderamente genuino. Conocía bien a su marido para saber que este no se dejaría ejecutar a menos que no tuviera una buena razón para vivir. Ahora, su tío y aquel comentario desafortunado y malicioso le habían arrebatado toda razón para seguir caminando "Para que vivir, si vas a vivir solo" solía decir Crisald en tiempos mejores, junto a las playas de Hellens cuando le contaba acerca de su familia.

- Anda  a casa  Liena. Dijo Crisald aguantando el dolor de rodillas, mirando directo al cañón de la Tokarev que sostenía Alaysa.
- NO. Dijo Liena con su rostro transformado por el dolor y la culpa de sus propias acciones. - La muchacha empujó a los Soldados con una fuerza descomunal, de esa que encuentran las mujeres  por amor. Pero solo un Amor como el de ellos, personas que estaban acostumbradas a ser las piezas de un juego de ajedrez demasiado grande y perverso como para enfrentar. La única diferencia entre Crisald y ella en los últimos días era que ella no tenía valor para hacer frente a los maestros del juego, Crisald sí.

Dijimos que Liena no era una chica mala. Era una muchacha tonta, demasiada buena e inocente para este mundo de mierda. Muy vulnerable como para andar pensando en favores de Familias, sangre y asesinatos. Lo que hizo, encubrir a los asesinos de la familia de su esposo había sido, en su pequeña mente, un gran acto de amor. Crisald, probablemente, muy en el fondo, lo sabía. Solo que era mejor, como hasta hace unas noches, dejarlo pasar porque la verdad  tiende a morder más hondo que la mentira. Tiende a corroer las entrañas de las personas más nobles y puras de este mundo. Sus efectos benignos solo son vistos a largo plazo y a menudo no son muy recompensados por los pares. La verdad no da mucho más rédito que la conciencia tranquila y otras cosas que en la actualidad solo pueden conformar a quienes están cansados de mentir.
Música
Liena hizo fuerza para soltarse de los Vlaind de Illagros, quien con un gesto de cansancio se bajo de la camioneta, le chupaba un huevo su sobrina, como le chupaba un huevo casi todo en este mundo. La muchacha corrió hacia Alaysa y la empujó con sus manos blancas. La Tokarev cayo al suelo haciendo un sonido metálico  peligroso y asesino. Levantó a su esposo, quien acababa de perder toda voluntad de vivir debido al golpe que vio venir pero que no quiso esquivar.
- ¡Fue Liavenna Enarrmar!. Le dijo en la cara mientras lo sacaba del estacionamiento en dirección a la calle. Los Hombres de Illagros lo miraron como esperando la orden de disparar, el negó con la cabeza, pero fue camino a la pistola.

- Ella armó todo para cubrirse de tu papá Cris, que se quiso salir de un plan que ella tenía.- Con una energía que le era desconocida, Liena estaba casi llevando a rastras a Crisald a la puerta trasera del estacionamiento que daba a un callejón  - Solo se que los dos fueron amantes antes de que conociera a tu mamá y que andaban en una orden secreta de la cual ni siquiera el consejo tiene conocimiento.- Liena pateó la puerta de acero haciendo volar las cadenas que la mantenían cerrada. Afuera, en el callejón de mala muerte que daba a una calle lateral caía la blanca nieve del invierno anunciada por la Radio unas horas atrás.
- ¿Por que Liena?- Atino a decir Crisald en sus brazos.

- Iban a matarte si se me ocurría decirlo, y aunque no lo entiendas, fue la única forma que tenía de protegerte, pensé que era lo mejor para vos Cris. Siempre quise lo mejor para vos Cris...aun a costa de, bueno a costa de otras cosas.

 Y fue bajo los copos gordos de nieve que caían sobre Blondres que por primera vez en su vida Crisald vio a Liena sonreír de una forma genuina con un dejo de sabiduría en su mirada: - Pero parece que van a hacerlo de todas maneras...- El beso de sus labios fue más dulce que nunca. Las lagrimas de su rostro le mojaron las mejillas a Crisald mientras el papel picado de Dios no cejaba en su arremetida y todo el suelo estaba cubierto ya por él.


El seco "Plaff" vino desde el estacionamiento. El Rostro de su esposa se contrajo por solo un instante e intento mantener su porte por ultima vez. Crisald sintió la sangre manchar sus manos, que rodeaban las espaldas de su esposa, caliente y espesa se le filtro por entre los dedos. Las gotitas fueron manchando una  a una la blanca superficie. - Se que no hay perdón para los traidores.- Le dijo Liena con sus ultimas fuerzas. Por el rabillo del ojo Crisald vio la Tokarev humeante en manos de Ilagros quien trataba de mirar hacia otro lado. Otro casquillo salio volando y la cabeza de plomo mordió a Liena en su espalda. Crisald la abrazó soñando con que las balas la atravesaran y lo alcanzaran a él también.

Como cualquier hombre en su condición  que viene errando por un valle muy oscuro lindando con la muerte, solo cuando vio en sus ojos de zafiro, supo que más allá de todo en algo Liena nunca le había mentido: Lo amaba de verdad. Era ahora, con su esposa perdiendo sus últimos minutos de vida, que se preguntaba: ¿Cuantas personas lo habían amado de verdad en su corta vida? la cuenta podía ser echa con sus manos ensangrentadas.

El Vlaind de Rolando sostuvo su rostro de poesía  blanco y aun manteniendo el color rosado de sus mejillas, aunque hinchado por el llanto.- De todas las personas a las que hubiera matado, vos eras la única a la que habría perdonado, Sinierina...- Crisald se agachó junto a  su mujer moribunda en el suelo, y la tendió en el mismo con dulzura. - No llores, Liena.- Le dijo Crisald sin saber en verdad que cosa decir.


- Ese va ser un favor, que para variar,...no te voy a poder cumplir, Cris.- Sus labios se cerraron y ya ninguna palabra emergió de ellos. La sangre, al costado de su cuerpo teñía de rojo tinto el colchón de nieve sobre el que había caído Liena y los copos del cielo se le detuvieron por un momento en la cabellera rubia suelta al viento de la tormenta.

El hijo de los Larenthguer levantó la mirada hacia Alaysa, quien estaba detrás de Illagros:
- Háganlo - Dijo acomodando como podía el cuerpo de su esposa  - Es mejor morir así  Nadie va a llorar ya sobre mi tumba.
Illagros le otorgó la pistola a Alaysa, descorazonado le indico:
- Termina con esta mierda y veni a la mansión de Liavenna. La Operación Sofia esta por empezar, todavía tenes tiempo de unirte, pero más vale que cuando vuelvas esto se haya acabado. - Ella tomó la Tokarev por el mango y asintió.

En el callejón estaban pues solos Alaysa, Crisald y el cuerpo de Liena, aun caliente. La Sacerdotisa cerró la puerta de acero y los ojos de Liena con sus manos, puso sus brazos sobre el regazo. - La canción ..era para ella. Realmente, más allá de todo, nunca pudo entender mucho de lo que paso. Fue su padre el que la metió en todo esto.
- No necesito su piedad. Tira de una vez, cualquier razón que podía tener para continuar después de todo esto acaba de esfumarse.
- ¿No queres saber la verdad?.
- Me chupa un huevo...- Le contesto el Vlaind con una mirada llena de bronca. - X Tenía razón  Solo que no fui yo quien tiro del gatillo.
- Vas a tener que aprender a vivir con esto Larenthguer. Como Sacerdotisa es mi deber mostrarte el camino. Pero la elección depende de vos. - Disparó varias veces las balas del cargador de la Tokarev al aire dejando solo una bala en la recamara, la cual quito y tomo en sus manos.

- La Mentira.-
Deposito el plomo en el pecho de Liena junto a la pistola. Luego tomo su celular y anoto algo rápidamente y lo depositó en el suelo
- O la verdad.

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