LA CARRERA DE MANUEL ALANDA
Sigo compartiendo con ustedes algunos textos inéditos que fueron quedando en el tintero estos últimos 19 Años de Escritor.
Hay una versión de MEMORIAS DE LA NEVADA a la que llamo "Revisited" como si fuera un disco de una banda re editado o re lanzado. Los textos en su mayoría son añadidos a la primera parte del libro que ya conocen. El asunto de la desaparición de personas en Himburgo del que se habla en MEMORIAS DE LA NEVADA poco a poco fue echando su sombra sobre los acontecimientos del Himburgo moderno. Fue muchos años después de escribir esa novela que me di cuenta que la sociedad y país que vemos en "EL RITUAL DE LOS CONDENADOS" son hijos de, como le llaman por lo bajo los Himburgueses "Los Años Tumultuosos"
Es probable que estos textos o parte de ellos sean incluidos en una versión mejorada de la novela
La escena fue Inspirada por el Film Z de Costa-Gavras "La Course de Manuel" y obviamente nuestra Historia Local
***
Creo que hubo un malentendido
Yo a vos, no te quise matar
Las ordenes se cumplen no se piensan🎶
Y ahí estas
La obediencia tienes sus bemoles
Más importa la seguridad
Y hoy que sos un número que gira
¿Dónde estas? 🎶
Obediencia Debida/Instrucción Civica
***
Himburgo, Witters Alley año 82*
Estaba mojado y al agua de la lluvia tenía que sumarle el sudor frío que se sentía como hielo en las axilas. La llamada no iba a llegar, había quedado sólo y sólo iba a caer si no se apuraba a tomar el tren en Fixa Town. Tenía que salir lo más discretamente posible de Witters Alley para respirar a salvo. Fixa era una ciudad propiamente dicha y era mucho más sencillo pasar desapercibido allí que en ese pueblo del tamaño de un cenicero.
Una vez dentro de la cocina puso la traba desde adentro. Vio el rostro de Lucy al otro lado del ojo de buey de la puerta. Pareció sonreírle y con su mano, pequeña y blanca, hizo una seña de adiós. Manuel dijo "gracias" apenas inclinando la cabeza y fue en busca de la salida al callejón trasero, donde Tapeltown tiraba la basura.
Antes de salir sacó de su entrepierna el pequeño revolver de cañón corto y boca ancha. Del bolsillo derecho de su campera sacó las seis balas y lo cargó intentando no temblar. Nunca imaginó que un tipo como él tendría que andar por las calles con una 22 como si fuera un pistolero del viejo oeste. Pero las cosas habían cambiado en Himburgo y al igual que el temporal del que hablaban los medios nacionales una tormenta había llegado a Witters alley. Solo que esta además de hacer truenos disparaba balas.
Salió por el callejón, la lluvia lo recibió como una ducha. Escuchó un sonido extraño, como el de una capa hondeando al viento. Al mirar a su izquierda halló allí a un tipo con un piloto gris, camisa blanca y corbata. Fumaba un cigarrillo mirando la pared de ladrillo. Se dio la vuelta para verlo con una mano escondida en la espalda.
– ¿Manuel Alanda?– Preguntó con la colilla bajo su bigote fino y castaño.
Quieto como estatua Manuel murmuró algo inentendible.
– ¿Sos sordo pibe?
La carrocería del Ford Negro se apareció detrás del sujeto. Avanzando como un cazador brillante y oscuro. Las dos puertas delanteras se abrieron y unos sujetos emergieron de su interior. Una mole que parecía salida de la liga de lucha libre y otro. Ese le resulto más siniestro que todos los demás. Alto, cabellera digna de un Hippie, polera negra y jeans. Botas texanas y ojos celestes de mirada gélida y vacía.
– Vení...– Dijo el hombre de bigote. – Vamos a dar una vuelta.
El sujeto de la polera negra hizo una seña al grandote. Como indicándole que se quedara quieto o que esperara. – Dale, boludo. – Continuó el hombre en el callejón – Hacela fá...
Esos escasos segundos fueron difíciles de olvidar para Lucy Drissen. Llevaba la jarra de café de regreso a la barra tras servirle uno a Jimmy. El sonido de sus propios pasos pareció por un momento ser el único en todo el mundo aparte del murmullo de los tubos de luz blanca. Jimmy le dijo algo que no llegó a escuchar y cuando volteó hacia él un estruendo ensordecedor vino desde el callejón. Se estremeció tanto que parte del café se derramo sobre el suelo de Joes!
La pareja policial local, Love y Tipits, apenas parecían interesados. Sabían reconocer muy bien el sonido de un arma de fuego. Jimmy enmudeció, ninguno de las cuatro personas en ese espació atino un movimiento, siquiera cruzaron miradas.
– Ya está. – Dijo finalmente Tipits a su compañero. – Vení, vamos con los flacos estos y terminemos con la...
Otro tronido. Love miró a Tipits con preocupación. – ¡Todo el mundo abajo!–Gritó de inmediato . Lucy lo vio sacar su arma antes de echarse al suelo. – No levanten la cabeza. Quédense abajo y no se muevan hasta que les diga. ¿Entendieron? – Todos afirmaron con su caras vueltas al piso.
Tres disparos más se oyeron, provenientes de la calle. Uno pareció de un calibre más pesado.
"¡Tirale, tarado, tirale!" Los gritos provenían de la calle, tal vez de los hombres del Ford Negro. Lucy escuchó el quejido por falta de aceite de la puerta del callejón. Dos detonaciones más vinieron desde allí. "Vení para acá hijo de puta"
Los oficiales de Policía se abalanzaron sobre la puerta que accedía a la cocina. Pero chocaron contra la misma, pues había sido trabada desde dentro. Cuando Love alzaba la culata de la pistola para romper el ojo de buey y sacar la traba tres disparos emergieron desde allí. Las esquirlas de la puerta aterrizaron cerca de Lucy, quien solo podía ver a Jimmy bajo su mesa abrazado a la guitarra como si esta fuera a prueba de balas. Love gruñó algo inentendible. Tipits se alejó unos pasos y abrió fuego.
Dentro del salón el rugido del revolver 22 de cañón largo de la policía de Witters hizo doler los oídos de Lucy Drissen. Desde la cocina se hizo un disparó más y luego se escuchó el sonido de forcejeo acompañado de muchas voces indistintas." ¿Te gusta tirar zurdito de mierda?¿He? ¿Te gusta tirar?" El inconfundible chillido de platos y vasos cayendo al suelo haciéndose pedazos en tropel. Alguien parecía estar pisando sobre ellos, pues el crujido de la loza venía desde la puerta.
– Love, llama a la central. – Dijo Tipits
– ¡Me pegó un tiro en el brazo el pendejo ese!– Se quejó su compañero tomándose el antebrazo.
"No, paraparapara . ¡Agárralo pelotudo!" Gritó desesperada una voz.
"¡La puta que te pario Tigre!"
Tras un griterío infernal Lucy pudo ver desde el ventanal del establecimiento a Manuel correr con todas sus fuerzas hacía el sur.
Sangraba por la frente y tenía los lentes rotos, la campera manchada de sangre, no sabía si propia o ajena. Bajo la lluvia su silueta se perdió. Tras él varios hombres iban a la carrera. Dos que no alcanzo a distinguir del todo se metieron en el Ford y lo pusieron en marcha.
Otro, alto y rubio (de rasgos nórdicos pensó Lucy) se paró en la vereda y levantó una escopeta de tamaño abominable. Hizo un disparó, el cartucho colorado golpeó el cristal de Joes. – La puta madre...– Gimió. Se metió en el Ford y el automóvil se lanzó a toda velocidad por la calle principal, resbalando producto de la lluvia se llevó puesto la cartelera de Joes! en la vereda. Love y Tipits amagaron a seguirlo. Luego vieron a Lucy y a Jimmy allí aterrorizados y se encogieron de brazos.
Lucy Drissen nunca volvió a ver a Manuel Alanda y nadie de Witters Alley lo buscó ese Julio del 82. Su nombre se transformó en una pregunta junto a otros cuantos miles de esqueletos Himburgueses hallados en fosas comunes a inicios de los 90s.
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