Los Emperadores de Auksamaar
Dedicado a mis amigos Roleros Marcos Ava y Nehuen Palacios, de cuyas aventuras nació parte de esta Historia hace mucho tiempo, en el Desierto Salefiano... "Grandes sorpresas esperan en Arimatea" Y la verdad que sí.
Desde los anales de la historia Dracida se ha tratado
de resolver el misterio acerca de si el Rettem, el fuego del Dragón que les da
sus fuerzas y poderes, es más antiguo que ellos. Y, si lo es, ¿Que tan antiguo?
Dicha cuestión ha suscitado muchos debates entre grandes maestros de la Orden,
pues aceptar que el Fuego del Dragón es muy anterior a la existencia de los
Dracidas mismos es, por consiguiente aceptar, que otros bien pueden haberlo
utilizado u obtenido antes que ellos.
Aunque parezca tan solo una curiosidad a saber en un
mundo tan viejo y grande como Balbania, esta simple cuestión ha hecho temblar a
más de un Dracida en la historia de la orden. Pues, asegurar que el Rettem se
encontraba en la tierra cientos o miles de años antes que ellos les quita toda
la legitimidad divina que han alegado desde sus inicios.
Como se ha dicho en otros lados, el Dios Heills liberó
el fuego del Dragón antes de morir y ordenó a su hijo Shannon que lo vertiera
sorbe la tierra mortal en forma de lluvia. La misma habría de evaporarse al
cabo de siete días y transformarse ya en un elemento más en la tierra,
renovándose constantemente junto a los ciclos naturales del mundo. Advirtió a
su hijo que él ya había seleccionado a los hombres indicados para utilizarlo en
su nombre bajo la condición de que fuese usado en la defensa del bien y la
justicia contra todo opresor, sea este Divino o mortal. Estos primeros cuatro
escogidos (Los Padres de las Ordenes: Bilingord, Frigord, Sigmund y Dalstein)
habrían de encontrar a su vez a otros que guardasen en sí la llama del Dragón y
fundarían una Orden cuyo propósito era la última voluntad de Heills ya
mencionada.
Ahora bien esta es, a grandes rasgos la Justificación
que encuentran los Dracidas a su existencia. No fue la casualidad sino un Dios
quien les enseño de que manera utilizar el fuego de la Vida para llevar a cabo
propósitos benignos en un mundo sumido entonces en la oscuridad y la
ignorancia. Es decir que para ellos el
sentido mismo del Rettem es el de hacer la voluntad de Heills y esparcir su
palabra.
Sin embargo nunca ha estado del todo claro cuánto
tiempo paso entre que Shannon regó el mundo con tal providencia y su posterior
manifestación divina ante estos hombres comentándoles lo que acabo de
garrapatear o dictándoles ordenes con tal propósito. Y en este misterio se
asienta la historia que se pasa a contar.
Aukmaar El Grande
Mucho antes de que los Dracidas existieran o que aun
los Vlaind llegaran al mundo, el Imperio Salefiano dominaba gran parte del
territorio conocido por los hombres. Tras la oscuridad del Gran tumulto y los
avatares que sufrieron las criaturas, el desierto del norte fue uno de los
primeros lugares en desarrollarse nuevamente bajo leyes y Reyes como los que
conocemos.
Alejado siempre de las batallas y los conflictos, el
Gran desierto Salefiano fue el lugar que menos sufrió las catástrofes ocurridas
durante la Guerra de los Poderes. Y sus habitantes, repartidos en tribus a
menudo luchaban las unas con las otras sin sacarse diferencias. Eso fue así
hasta que a orillas del rió Claubio, en la aldea de Arimatea, nació Ahr-Tjan
quien condujo a la tribu Arimateo-Salefiana y por medio de una larga y cruenta campaña
logró unificar todo el norte bajo el estandarte del Sol Ardiente.
Se dice que Ahr-Tjan era un hombre de salud frágil en
su juventud y que a menudo se alejaba de las costumbres guerreras de su pueblo
para dedicarse a la meditación y contemplación de las Estrellas. Tenía ya fama
de sabio en su juventud, más a la hora de luchar estaba impedido por cientos de
achaques de la dura vida en el Desierto. Poco antes de que su padre muriera,
este temió que su hijo fuera incapaz de llevar a cabo el gobierno de la tribu
en tal deplorable estado y, en secreto, consultó a un sabio de confianza que
vivía en el límite de las montañas de Citilandalas, la gran cadena que divide
el desierto de las tierras fértiles.
Este extraño personaje considerado de leyenda aun para
las gentes del desierto, era llamado Kalick y su piel era verde como las hojas de
los arboles. Mas hablaba con palabras y era tan antiguo como el desierto mismo.
Kalick recibió al muchacho, acosado por una fiebre muy alta y dijo a su padre
ante las llamas de su hogar:
- El niño morirá. No porque este sea débil, sino
porque en él vive un poder que desconozco que lo está abrazando por dentro,
como el magma de una montaña a punto de estallar. La única forma de salvarlo es
lograr que su mente controle el fuego que arde en él.
Se dice que el sabio Kalick rogó al padre que dejara
al joven en su estancia. Y como Ahr-Tjan ya era un hombre de buen pensar y
sabio en muchas cosas que otros desconocían, logró detener esta fiebre
dominando su cuerpo con su mente bajo el entrenamiento de Kalick. Y hay quienes dicen que esto logró tras
sentarse junto al fuego del hogar a meditar por más de un mes, en el cual
estuvo a punto de morir varias veces.
Sin embargo, cuando hubo terminado, ya no era el mismo
joven débil y de pobre salud. Sino que ahora en sus ojos había un vigor
indecible y todos supieron al verlo que ahora en él vivía un poder que ellos
eran incapaces de comprender y quienes no lo respetaban o rivalizaban con él le
temían. Así, una vez su padre murió, Ahr-Tjan fue llamado Aukmaar. Hombre
Oscuro.
Aukmaar primero parecía tener habilidades
extraordinarias para resolver cada problema
que se le enfrentara. Su dominio sobre hombres y bestias era incuestionable,
dejando cada vez más asombrados a sus sacerdotes. Reforzó su tribu ganando
aliados que se le inclinaban por temor y lanzó la guerra de conquista más
grande que se haya visto en Balbania.
Así nació el Imperio Salefiano, bajo la mano pesada y
el juicio justo de Aukmaar primero las demás tribus y reinos pequeños caían,
incapaces de detener a este vigoroso emperador que luchaba en el frente todas
sus batallas mostrando una fuerza y agilidad inigualables en su tiempo. Y
aunque ya alcanzaba la adultez ninguna señal de vejez o decadencia se
encontraba en su cuerpo. Se le atribuyeron por entonces poderes mentales, como
la capacidad de hablar con sus servidores a largos kilómetros de distancia o de
ser capaz de sanar sus heridas rápidamente sin intervención médica alguna. No
paso mucho tiempo hasta que los Salefianos lo creyeron efectivamente un Dios en
la tierra.
A la edad de trescientos noventa y cuatro años Aukmaar
había conquistado todo el mundo conocido, desde el oeste profundo hasta las
llanuras de Crusia en el este gélido. Y hay quienes dicen que murió solo cuando
su sueño de un imperio letrado y desarrollado se hubo cumplido. Antes de morir
le pidió a sus hijos que lo enterraran en una isla al noreste de Salef y les
rogó que, lo que allí vieran a nadie debían contar, sino a aquellos de
confianza.
La isla era hasta entonces desconocida para la mayoría
de los Salefianos. Pero las tribus del este hablaban sobre enormes monumentos
de piedra de aspecto maligno que podían verse desde la costa. Sin embargo, era
tal el oscuro aspecto que nadie se atrevía nunca a ir allí. Y se decía que si
alguien lo intentaba nunca regresaba a su hogar. Pero con la intención de
cumplir la última voluntad de su padre, sus hijos, aprestaron una barca y
navegaron hasta la misma.
Hasta entonces lo único que sus hijos sabían de dicha
isla era que su padre iba a la misma acompañado por unos pocos sirvientes. Se
demoraba una o dos semanas y regresaba sin hacer comentario alguno sobre la
razón de su partida a tal remoto y maldito lugar. Pero decididos a cumplir la
última voluntad del Emperador, los hijos se hicieron a la mar junto a un
pequeño cortejo fúnebre.
Lo que hallaron en las costas de Auksamaar era,
evidentemente los rastros de una vieja civilización perdida. Había cuatro
enormes templos, uno señalando cada punto cardinal levantados en piedra.
Algunas de las construcciones estaban enterrados bajo la arena o bien habían
sido tomados por la naturaleza. Sin embargo en dicha isla aun podían
encontrarse rastros de carreteras, viviendas y lo que debió haber sido un gran
puerto en su extremo oriental construido en tiempos inveterados por manos y
mentes muy hábiles.
Las figuras levantadas en piedra tenían similitud con
muchos de los Dioses que por entonces los Salefianos adoraban, al igual que su
arquitectura y lengua escrita. Desde entonces los descendientes de Aukmaar
creyeron que su padre les había pedido ser enterrado allí para que estos
pudieran comprender y profundizar muchos
de los secretos que él había conocido en vida durante sus visitas a la isla.
Kia-Len, hijo mayor de Aukmaar y nuevo Rey, mudo
entonces el trono de Salef a Auksamaar nombrándola nueva capital del imperio.
Levantó en el centro de la misma un enorme Templo en reverencia a su padre y
conecto el mismo por medio de túneles y calles a los otros cuatro, erguidos a
Dioses oscuros de nombres extraños.
Ahora bien, los salefianos han sido siempre un pueblo
muy religioso y supersticioso. Kia-Len pronto comprendió que su padre había
podido gobernar tal inmenso imperio dado a que este contaba con poderes
sobrehumanos. Como nuevo rey debía estar a la altura de Aukmaar si deseaba
continuar gobernando las cientos de colonias a lo largo y ancho de Balbania.Por lo que ordenó a los viejos servidores de Aukmaar
que le narrasen a él que hacía su padre junto a ellos cuando visitaba dicha
isla.
Lo que le respondieron le heló por completo la sangre. Sus sirvientes le
confiaron que Aukmaar elegía al más fuerte y hábil de su guardia personal y lo
retaba a duelo en cualquiera de los cuatro antiguos templos. Si sus
subordinados se negaban a luchar contra él o le dejaban vencer, los amenazaba
con asesinar a sus familias. En otros casos drogaba a sus contrincantes para
que estos no tuvieran reparo a la hora de luchar contra su emperador.
Según dijeron a Kia-Len, cada vez que Aukmaar
derrotaba a cualquiera de estos contrincantes obraba un ritual sobre sus
cuerpos recitando palabras escritas en las paredes de cada templo. Al parecer,
de esta forma, Aukmaar absorbía la fuerza, el poder y los conocimientos de sus
enemigos, como también su juventud.
El Duelo con Khadsigg
Kia-Len tenía muy claro que, si deseaba gobernar
eficazmente el gigantesco imperio que su padre había construido debía obtener
sus mismos poderes bajo cualquier método posible. De lo contrarió se correría
el rumor de que la casta de Aukmaar había perdido el hasta entonces fervoroso
favor de los Dioses y en el Imperio los viejos enemigos internos que no se
habían alzado contra Aukmaar por temor se le levantarían en rebelión.
El hijo mayor del emperador decidió entonces llevar a
cabo el mismo ritual que su padre. Reunió a sus más valerosos soldados y
guardias y escogió al más diestro de todos. Junto a algunos sacerdotes que
oficiarían de testigos, Kia y el guerrero se encontraron en el templo norte
junto a las costas de Auksamaar y se enfrentaron a duelo.
Ahora bien, Kia-Len se había visto relegado a una vida
de placeres sensuales y distensión durante el reinado de su padre. Por lo que
estaba lejos de ser un guerrero profesional. Muchos creen que el joven
emperador se confió en que la víctima del sacrificio se dejaría vencer por el
amor y fe que le profesaba diariamente. Sin saberlo, estaba traicionando una
parte importante del ritual: Ambos contrincantes debían luchar hasta la muerte,
sin contemplaciones el uno por el otro y sin ventajas de ningún tipo. Hay quienes dicen que Kia fue tan cobarde a
la hora de enfrentarlo que le prohibió el uso de armas y lo despojó de
armadura. Esto resulto en un error fatal.
Khadsigg, su
retador, llegó al encuentro muy perturbado por el aire oscuro que habitaba en
ese templo y ante la evidente desigualdad (sumado al hecho de que matar al
Emperador resultaría sin duda en una ejecución) su pavor se hizo mayor. Pero
esto, lejos de beneficiar a Kia, termino por derrumbarlo.
Tal y como sucede normalmente con los Dracidas no
despiertos, los registros dicen que Khadsigg avivó en él un "Poder
Inimaginable similar al mostrado por Aukmaar" mientras evitaba como le era
posible la espada curva de su enemigo en la sala central del templo. Ya muy
herido, cuando el aceró de Kia se lanzaba sobre su cabeza, el joven Khadsigg
detuvo el mismo "Sin hacer uso de ninguna parte de su cuerpo". Lo que
lleva a pensar a los estudiosos que se valió de una suerte de telequinesis
similar a la que albergan los Dracidas de Dalstein.
Así se narra en los Registros de la Corte de Kia-Len según Lukaron, Sacerdote.
La espada del Emperador había encontrado varías veces
a su enemigo, en al menos siete oportunidades le hirió gravemente, haciendo que
cuantiosa sangre manara de su cuerpo. Aterrado por la impiedad de su
gobernante, el fiel Khadsigg solo atinaba a esquivar o bien huir del sitio de
la lucha por el amor que profesaba a quien llevaba cuidando toda una vida.
Sin embargo, Kia se enfurecía más a medida que se
demoraba en asesinarlo. Pues el Emperador no era diestro en las armas ni el
combate como si lo era Khadsigg. Finalmente, Kia-Len terminó tan exhausto que
ordenó a los sacerdotes que sostuvieran a Khadsigg para que este pudiera darle
el golpe final y concluir el Ritual. Temerosos de despertar la ira del
Gobernante del Mundo, los Sacerdotes así hicieron e inmovilizaron al fiel
Servidor cogiéndole por los brazos. Kia rió histéricamente, casi como un
demente y a poca distancia elevó su aceró por última vez sobre el mancebo. Más
lo que ocurrió luego dejó atónitos aun a los sacerdotes que han visto el Mundo
de los Dioses y el Poder del Viento Blanco.
Khadsigg lanzó un grito iracundo que conmovió los
cimientos del templo, haciendo que parte del tejado arruinado cayera levantando
gran polvareda y reventando los tímpanos de sus captores. Se escuchó luego un
sonido similar al de un Gong provenir de las profundidades de la tierra, como
si su desesperación hubiera despertado algún viejo espíritu de ese oscuro
templo.
La Cimitarra del emperador se detuvo a un centímetro de sus cabellos
oscuros y se desquebrajó como si esta estuviera compuesta de arcilla. Las
Rajaduras marcaron toda la hoja dejando ver leguas de fino y ardiente fuego en
el Sable. Allí apareció solo por pocos segundos una inscripción en alguna
lengua arcana que no supimos reconocer. En el cuerpo desnudo de Khadsing
símbolos irreconocibles para el Sacerdocio se dibujaron como negras serpientes
que cubren una loma nevada y entonces se produjo un destelló verde claro, como un
relámpago que brota en horrísona tormenta.
Pasada la conmoción Kia-Len yacía ciego en el suelo y
herido en sus brazos y piernas. Quemaduras dolorosas recubrían todo su cuerpo y
este humeaba lanzando un olor hediondo, similar al de la carne putrefacta.
Khadssig, hizo un movimiento con sus brazos y desmembró a sus captores solo con
la fuerza de sus extremidades. Como si ahora una fiera iracunda se hubiera
adueñado de su espíritu, cogió la Cimitarra con aquellas inscripciones
fueguinas en su hoja y decapitó al
Emperador.
Luego, adueñado por un frenesí guerrero leyó en voz
alta las palabras escritas en la cámara del templo. Un Lenguaje que hasta
entonces desconocía por completo y aquel estruendo cavernario, como de Gong,
volvió a resonar en toda la isla de Auksamaar. Del cuerpo del Emperador se
elevó, a vista de todos, una sustancia primero gaseosa similar al humo. Pero a
medida que las palabras se repetían en boca de Khadsigg esta empezó a tomar una
forma más cercana a la energía eléctrica, disparando chispazos brillantes y
cegadores aquí y allá. Cuando tal cosa llegó a su punto más álgido la misma se
condenso en una pequeña estrella o anomalía magnética tan brillante como el sol
y esta se introdujo por la boca de Khadsigg.
La Huída de los Hermanos
y
El Primer Emperador de Auksamaar
Inmediatamente después de estos eventos las heridas de
Khadsigg sanaron como si estas nunca hubieran tenido lugar. Los presentes
huyeron despavoridos de su presencia del templo alertando a los guardias
imperiales de que Kia había sido asesinado por un subdito. Rápidamente el cuerpo
de eunucos de los Salefianos se dirigió en tropel hacía las escalinatas del
templo norte, armados con arcos, espadas y escudos.
Khadsigg, les salió al
encuentro sobre las mismas nuevamente desarmado. Más cuando se arrojaron sobre él decenas de
flechas, este no se puso a cubierto ni intento esquivarlas (como si tal cosa
fuera posible). Simplemente alzó sus
brazos con las manos abiertas hacía ellas un viento gélido sopló de pronto y
las saetas se encendieron en un destelló blanco ardiente para finalmente caer
al suelo por completo cubiertas por una densa capa de hielo.
Aterrorizados los Salefianos huyeron de Khadsigg,
pensando que habían despertado alguna maldición de los Dioses por visitar la
Isla maldita. Una tormenta sin precedentes se gesto sobre Auksamaar. A una
velocidad inusitada negras nubes llegaron desde el oriente y cubrieron el hasta
entonces claro cielo. Los vientos se huracanaron y de las nubes brotaban rayos
como lanzados por los Dioses en lo alto alcanzando a las personas en su huida
desesperada y desatando graves incendios sobre el campamento.
En el puerto muchas barcas se preparaban para zarpar
de regreso a Salef. Entre ellos los hermanos menores de Kia. Más tal era la
animosidad de las aguas en ese nefasto lugar que de nueve barcas, solo una
llegó a escapar de Auksamaar con una la princesa Dagira. Los dos príncipes
restantes murieron cuando su bajel se hizo pedazos en las rocas aledañas a la
isla.
Khadsigg no tuvo piedad con los que quedaron atrás.
Muchos se lanzaban desde los barrancos para no dar con él y la desesperación
que arrastraba a su paso. Los pocos sobrevivientes dijeron que el soldado
hundía su acero en cualquiera que intentara detenerlo o le rogara piedad. Aun
hoy los esqueletos de los soldados y sirvientes que quedaron atrás se pueden
ver en el puerto de Auksamaar, muchos de ellos atravesados por las maderas de
sus propios barcos o con los yelmos hendidos en las playas producto de la
espada de Khadsigg. Aunque el Imperio Salefiano continuó por muchos años dominando
gran parte de Balbania Occidental, nunca más regresaron sus reyes o sacerdotes
a dicha isla.
Según cuentan los registros de la Biblioteca de Salef
del Norte, Khadsigg se renombró como Aukmaar II y se autoproclamo Rey de
Auksamaar. Por muchos años nadie supo que fue de él tras la masacre cometida.
Pero se cree que el guerrero Aukmari dedicó esos años a adueñarse de los barcos
que pasaban cerca de sus costas por medio de ilusiones producidas por su
extraño y enorme poder.
Muchos incautos marineros orientales que se perdían en
esas inhóspitas aguas eran engañados por Khadsigg ofreciéndoles cobijo y un puerto seguro. Más
al caer la noche utilizaba a algunos para continuar el misterioso ritual o bien
los transformaba en esclavos que le rindieran devoción.
Unos veinte años más tarde la situación fue tal que
los pueblos del Oriente (actualmente Brusia) y Salef unieron fuerzas para
extirpar el mal y la locura que Khadsigg había desatado en el archipiélago. Sin
embargo el ataque resultó un total fracaso. Como si el Aukmarí fuera capaz de
controlar el clima de su reino, los vientos se volvían contra los marineros,
produciendo que los barcos chocaran entre sí. De los pocos que llegaron a la
isla no se volvió a tener noticias. Tanto Salef como las tribus barbaras del
oriente decidieron entonces pagar un tributo a Khadsigg en oro para que este
dejara abiertas las rutas comerciales que pasaban en las cercanías de
Auksamaar.
Dada la riqueza que esto produjo a la isla, Khadssig
pronto se hizo de un gran ejercitó de hombres y bestias que se adueñó de las
islas cercanas más grandes en tamaño y recursos, tales como Preta y Gargano.
Auksamaar se transformó en una pequeña fortaleza y sus templos fueron re
construidos, mostrando sus puntiagudas torres a lo lejos desde las costas. Sin
embargo la notoriedad de Khadssig se hizo legendaria a lo largo de los años, lo
que atrajo la mirada de una nueva especia hacia la isla.
El Arribó de Rorvan y Estian
Los Dracidas descubren la Verdad sobre Auksamaar
La nefasta fama de Khadsigg se hizo legendaria con los
años y se cree que el primer Dracida en saber de él fue Dalstein, dado que este
provenía de Salef del Norte y allí oficiaba como sacerdote antes de escapar
hacía Himburgo en la reunión de los cuatro padres de la Orden. Dalstein conocía
bien el interés de los Salefianos por esta clase de cosas y durante mucho
tiempo los reyes y emperadores habían intentando recuperar el poder que
Aukmaar había tenido durante su reinado. Más ninguno se atrevió a regresar a la
isla y buscaron otros métodos basándose en lo que ya sabían sobre Aukmaar
Primero.
Uno de los encargados de estos trabajos fue Dalstein,
sin embargo al advertir rápidamente el potencial dañino que albergaban dichas
investigaciones (a menudo requiriendo sacrificios humanos y otras prácticas
sangrientas) este elevó su protesta y fue rebajado por la corte y se lo envió al
frente como un soldado raso para humillarle. Por esa razón terminó por
encontrarse con los Dracidas en Himburgo que salvaron su vida cuando este
intentaba desertar.
Como es sabido Dalstein finalmente fue elegido para
ser uno de los cuatro padres de la Orden del Dragón y tuvo a su mando muchos
aspirantes que luego se destacaron. De entre sus mejores alumnos estaba Rorvan
de Herkania. Un hombre cuyo interés pasaba por rastrear, junto a su maestro,
los orígenes del Rettem en Balbania y sus llamados "Puntos fuertes".
Existe aun la creencia entre los Dracidas que el "Rettem" se
concentra con mayor fuerza en ciertos puntos de Balbania como algunos bosques o
valles cuya vegetación y flora resiste mejor los climas adversos.
Una vez se hubo ganado el rango de Maestro de la
Orden, Rorvan y su amigo Estian, de la Orden de Frigord, se embarcaron en un
largo viaje por Himburgo y sus alrededores en busca de estos supuestos
"puntos fuertes" y también se demoraron en las ruinas que los Hombres
de Antaño habían dejado por Himburgo, especialmente en El Valle de los
Reyes. Allí Rorvan y Estian se internaron en los misteriosos secretos Auresianos descubriendo que estos guardaban cierta relación con las extrañas habilidades de Khadsigg en Auksamaar, del cual supieron por Dalstein.
Una de las razones que ambos tenían para esto era el temor de que los Vlaind superaran a los Dracidas en poder y riquezas dejándolos en una situación desesperada ante una eventual y seguramente inevitable guerra con los hijos de Namidian. Rorvan había vivido entre los Vlaind y estaba seguro que, de darse una batalla, los Vlaind aplastarían a los Dracidas dado que en ellos vivía el Numen Divino, mientras que los Jethis, a pesar de todo seguían estando más cerca de un humano que de un Dios en su constitución.
De Regreso consultaron con Dalstein estas cuestiones y
este confirmó sus sospechas. Llegaron a la conclusión de que la isla de
Auksamaar debió haber sido parte de aquella civilización de los Hombres de
antaño y que esta debió haber sucumbido al igual que los Grandes reyes de Tarcun
dado la desesperación de estos por mantenerse en el poder con estas artes
oscuras y prohibidas en su tiempo. Ver "Los Secretos Auresianos"
Dado que ya habían existido problemas en Himburgo con
los descendientes de la raza Auresiana y sus experimentos, los Dracidas
temieron que en Auksamaar hubiera rebrotado una necromancia poderosa cuyo
origen aun era bastante desconocida para ellos. Por lo que Dalstein envió a
Rorvan y a Estian a investigar las leyendas del desierto.
Ya que por lo general estas actividades incomodaban a
los Dracidas más conservadores por verlas como paganas y pecaminosas, el viaje
se hizo en el más extremo Secreto. Rorvan y Estian pasaron varios días con los
Sacerdotes Salefianos. Examinaron detalladamente sus registros más antiguos
sobre la cuestión. Y mientras más leían más se convencían de que efectivamente
lo que Aumkmaar primero tenía era Rettem
y con casi toda seguridad Khadsigg también.
Tras conversar con el tal Kalick, los Dracidas llegaron a la conclusión de que Aukmaar I
no solo había despertado el Rettem casi por accidente al igual que Khadsigg,
sino que de una forma inexplicable ambos habían encontrado la forma de absorberlo
de sus enemigos dándoles un poder muy superior al de cualquier Jethi iniciado.
¿Qué clase de locura podría desatar en la Orden un
conocimiento como este? La tentación de acrecentar las fuerzas y capacidades de
un dracida a través de la matanza de otro sería nefasta para sus propósitos. A
pesar de que en ese momento los Jethis se encontraban en una era
"Dorada", ambos sabían que tan pronto las cosas se pusieran algo
complicadas no pasaría mucho tiempo hasta que algunos intentaran llevar a cabo
estas prácticas. Rorvan y Estian decidieron por tanto viajar a la Isla de
Auksamaar y sepultar en el olvido todo rastro de estos conocimientos.
A su llegada la isla los Dracidas vieron los enormes
templos y la riqueza que ostentaban. Muchos de ellos tenían ahora paredes
recubiertas de oro y plata, rubíes y joyas adornaban los monolitos de piedra y
altos obeliscos con un zafiro rojo se alzaban sobre ellos como obras
monumentales, en un tiempo aun bárbaro en la mayor parte de Balbania, Auksamaar
parecía salida de las leyendas de los hombres de antaño. Sin embargo estos
enormes edificios estaban vacíos, los esclavos vivían en campamentos improvisados
alrededor de los mismos y allí se hacían ofrendas al Dios-Hombre Aukmaar I y
II.
De incógnito los Dracidas intentaron pasar
desapercibidos en su búsqueda de Khadssig y al poco tiempo ingresaron en su
cámara real en el templo norte donde este se había convertido, según sus
propias palabras en un Dios entre los Hombres.
LA BATALLA Y LA TRAICIÓN
Rorvan, de la Orden de Dalstein fue el primero en
ingresar al templo y, siguiendo el plan anteriormente trazado, utilizÓ sus
poderes mentales para confundir a los Guardias y logró introducir en el vino un
poderoso somnífero. Ya en la noche, tras la comida, tanto Khadsigg como sus guardias
dormían un pesado sueño en la Cámara del Trono. A una señal de su compañero, Estian, degolló a
los hombres en sus lechos y junto a Rorvan se prepararon para matar a Khadsigg.
Sin embargo, en el momento que tomaban una lanza Khadsigg
así les habló desde su trono de piedra negra detrás de la pared con los versos
del ritual tallado en la roca. Con sus ojos aun cerrados habló y su voz era
como el grave sonido de las profundidades:
- Puede que
maten al hombre que aquí yace dormido. Pero no podrán matar al espíritu que
vive en y a través de él.
Fue entonces que para asombro de los Dracidas,
rodeando la figura de Khadsigg aparecieron cuatro graves y oscuras siluetas,
como de espectros, que llevaban sobre sus cabezas coronas de tres puntos. No
tenían rostro, ni forma clara, sino la de una sombra alargada y de gran altura
que parecía sostener un mandoble entre sus manos.
Aquel Sonido de Gong retumbó entre las escalinatas y
columnas del templo. Entonces Khadsigg se despertó y en su pecho desnudo se
dibujaron extraños símbolos arcanos. Tomó en su diestra la espada de Aukmaar
primero y bajó del trono con aires de desafió.
- Largo tiempo he esperado este encuentro. He sabido
interpretar mejor las fuerzas del mundo antes que su raza siquiera
existiera. He manipulado el clima antes
que Sigmund, he tenido la fuerza de un Dracida de Frigord antes que este
siquiera naciera y mi mente ya conocía todas las respuestas antes de Dalstein.
Sí sabéis reconocer a un Dios en la tierra, se inclinaran y harán mi voluntad.
Si sois torpes y orgullosos ninguno de los dos saldrá de aquí. Pero uno vivirá
y hará a los Aukmari aun más grandes. Así está escrito en el Templo del
Augurio.
Antes de que pudiera terminar de hablar, Estian arrojó
la lanza con todas su fuerzas sobre Khadsigg y para su asombro este la detuvo
en el aire, tal y como un Dracida de Dalstein haría. Rorvan utilizó su propia
telequinesia en un duelo sin igual para clavar la lanza en su corazón. Los
poderes mentales de ambos eran tan similares que el suelo debajo del objeto se
desquebrajó por la presión y finalmente la misma estalló en pedazos como si dos
titanes hubieran tirado de ella en direcciones opuestas.
Khadsigg se lanzó al ataque sobre Estian armado con su
mandoble de aceró y atacó a su contrincante con una agilidad poca antes vista
entre los Dracidas. Sus golpes y movimientos eran tan rápidos como los de un
maestro de la orden. Estian, armado con un hacha de combate tuvo que poner lo
mejor de sí para bloquear sus ataques y cuando vio su oportunidad, saltó por
encima de su contrincante y desde atrás lanzo una bola de fuego que hubiera
fulminado a cualquier enemigo. Más, para su sorpresa Khadsigg elevó su brazo
formando un semi círculo y el bólido ardiente no solo se detuvo sino que
regreso a él inmediatamente. Estian fue impactado en el pecho por su propio
ataque y se estrelló contra la pared de piedra perdiendo el conocimiento
temporalmente.
Rorvan intentaba encontrar un punto débil en su
enemigo y mientras buscaba una posición desde donde atacarle, Khadssig le dijo
algo que le llegó a las entrañas de su mente.
- Tú y tu maestro han pasado su vida buscando las respuesta
que esta isla alberga. El Origen de tu especie y del Rettem, el fuego de la
vida. Tarde o temprano tu camino te iba
a traer hasta aquí, así está escrito en el Templo del Augurio. Tu destino es
tomar mi vida en tus manos y engrandecer a los Espíritus Antiguos que aquí yacen.
Intentando hacer oídos sordos a sus palabras, Rorvan,
atacó con su espada a Khadssig, el aceró de ambos chocó y su estruendo metálico
se repetía y se hacía eco en las graves paredes del templo. Sin embargo Rorvan
sentía que estaba perdiendo la batalla, no desde lo físico sino desde lo
mental.
- Debes matarme y Ocupar mi Lugar Rorvan. Mi tiempo ha
pasado...yo no albergo en mí la fuerza del Dragón, no al menos en la forma que
los Dracidas como tú la tienen. Hace tiempo he encontrado mis limites. Pero a través
de ti ese limite desaparecerá. Tal es la voluntad de los Antiguos.
Estian se levantó y se unió a la lucha. Mientras
Rorvan, acuciado por la duda y el deseo comenzó a sentir una gran ansiedad. En
efecto este hombre y esta isla podían contener conocimientos que llevarían a
los Dracidas a direcciones que jamás hubieran imaginado antes. Dubitativo,
Rorvan se apartó mientras Estian se batía en un duelo desigual con Khadsigg.
Tal vez fuera la oscuridad del lugar o la poderosa energía opresiva que lo habitaba. Pero mientras Estian luchaba sin descanso contra Khadsigg, Rorvan se encontraba confuso y atribulado. Veía los rostros allí tallados en piedra y en su mente aparecieron visiones sobre la caída de la Orden del Dragón y el triunfo final de los Vlaind. Tal vez fuera el único Dracida con la oportunidad de salvar a su especie de la aniquilación total cuando llegase la última guerra santa.
En denodado esfuerzo, Estian logró la delantera en la lucha, neutralizando las capacidades de su adversario. Más, mientras más cerca estaba su compañero de vencer a Khadsigg mayor era la preocupación de Rorvan por perder esta oportunidad de acceder a un conocimiento inigualable. La orden de Dalstein había sido destruir los templos, borrar para siempre ese negro conocimiento para el bien de Balbania. ¿Pero porque no usarlo? Los Dracidas no eran humanos, torpes y fácilmente corruptibles. Ellos podrían darle una nueva visión un nuevo sentido y con él poner a raya aun a los mismos Dioses.
Rorvan, ahora consumido por la duda ya había tomado una decisión. Y como el hombre que cree que hacer el mal es en verdad hacer el bien y que una vida bien vale salvar otras miles desenvaino su espada detrás de Estian y se acercó a él llorando apesadumbrado.
Tal vez fuera la oscuridad del lugar o la poderosa energía opresiva que lo habitaba. Pero mientras Estian luchaba sin descanso contra Khadsigg, Rorvan se encontraba confuso y atribulado. Veía los rostros allí tallados en piedra y en su mente aparecieron visiones sobre la caída de la Orden del Dragón y el triunfo final de los Vlaind. Tal vez fuera el único Dracida con la oportunidad de salvar a su especie de la aniquilación total cuando llegase la última guerra santa.
En denodado esfuerzo, Estian logró la delantera en la lucha, neutralizando las capacidades de su adversario. Más, mientras más cerca estaba su compañero de vencer a Khadsigg mayor era la preocupación de Rorvan por perder esta oportunidad de acceder a un conocimiento inigualable. La orden de Dalstein había sido destruir los templos, borrar para siempre ese negro conocimiento para el bien de Balbania. ¿Pero porque no usarlo? Los Dracidas no eran humanos, torpes y fácilmente corruptibles. Ellos podrían darle una nueva visión un nuevo sentido y con él poner a raya aun a los mismos Dioses.
Rorvan, ahora consumido por la duda ya había tomado una decisión. Y como el hombre que cree que hacer el mal es en verdad hacer el bien y que una vida bien vale salvar otras miles desenvaino su espada detrás de Estian y se acercó a él llorando apesadumbrado.
Finalmente, Estian logró romper la guardia de su
enemigo. Le hincó el hacha en el vientre y este cayó de rodillas. Estian alzó
su arma para acabar con él pero en antes de que pudiera hacer esto el mandoble gélido
y filoso de Rorvan lo atravesó por las espalda. Su compañero le miro asombrado
y cayo también de rodillas.
- Lo siento Amigo. No puede dejar que destruyas todo
aquello por lo que he vivido. - Dijo Rorvan con lagrimas en sus ojos y volvió a
clavar la espada en su corazón, dando muerte a su amigo más querido.
Khadssig, se levantó y volvió a tomar sus armas del
suelo, como si hasta entonces solo hubiera fingido estar derrotado. - Has
comprendido el camino que los Antiguos han marcado para ti y para mi.
Separados, Poderoso Rorvan, no somos nada. Una vez unidos el mundo caerá a
nuestros pies.
- Estas muy equivocado. Usare este poder para el bien,
no para el mal. La Orden del Dragón sera poderosa bajo mi
mandato y los Hijos de Namidian se inclinaran ante nosotros, como los subiditos
ante los Dioses.
- Has comprendido entonces. Solo basta ver, cual de
los dos ocupara ese lugar.
Inmediatamente después de estas palabras, los dos se
enredaron en un combate sin igual. Sus espadas chocaban en la oscuridad solo
perturbada por las ánforas a los costados de las columnas. Sus sombras se
proyectaban y alargaban sobre las tenebrosas inscripciones y jeroglíficos.
Rorvan, aun confundido descargaba toda su rabia contra el Aukmari, sintiendo una gran culpa por haber
asesinado a su más querido amigo. Khadsigg se sonreía al ver que este había
caído bajo su influjo para siempre.
Khadsigg, viéndose en problemas por la destreza de su
enemigo, le demostró a Rorvan porque era el Emperador de Auksamaar y tras
esquivar uno de sus ataques, se subió a un pequeño balcón de la cámara y desde
allí descargó todo su poder sobre él. Las ánforas se apagaron, la temperatura
descendió abruptamente y de entre sus manos una ventisca cada vez más gélida
comenzó a formarse.
El recinto se llenó de una luz clara y azulada, Rorvan pudo
ver como alrededor de su figura la habitación empezaba a congelarse a una
velocidad imposible, formando estalactitas de hielo todo alrededor. Aquella
energía se concentro entre sus manos, sus ojos centellearon en un color azul
profundo y una masa de aire gélido fue disparada hacía Rorvan congelando todo a
su paso. Ningún Dracida de Sigmund había logrado eso hasta entonces.
Rorvan lanzó, al igual que aquella vez hizo Khadsigg,
un grito atronador, los Antiguos parecieron jugar a su favor y aparecieron su
altas sombras rodeando a ambos contrincantes, con ojos colorados y malignos.
Para cuando Khadsigg se dio cuenta de lo sucedido ya era muy tarde. Filoso como
cientos de dagas, el hielo se volvió en su contra y lo atravesó por el vientre
dejándolo clavado a una de las columnas. Finalmente los otros cientos de
pedazos, como un enjambre blanco, cortaron su piel, vaciaron sus ojos y
estocaron su corazón con una fuerza imparable aun para él.
De esta forma Rorvan se transformó en el Nuevo Emperador de Auksamaar, mas mucho más sabio que el anterior y con una profunda educación en el mundo y sus misterios, Rorvan logró con los años consolidar su poder de una manera mucho más terrible que su predecesor. Al conocer perfectamente la Orden del Dragón y sus debilidades actuó de una forma mucho más inteligente y por un tiempo su Imperio puso el mundo a sus pies bajo el estandarte del Sol Ardiente.



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