Cuento Corto: El Hombre del Portafolios

Hoy 10 de Septiembre cumplo 19 Años de Escritor. 

Para celebrarlos voy a compartir con ustedes una serie de cuentos Cortos en este blog. Ya que muchas veces el proceso de registrarse en sitios como Wattpad puede ser engorroso (ni hablar de la publicidad) pensé que sería lindo volver a publicar algunos textos aquí para que los lea el que quiera, como quiera y donde quiera. 

El Hombre del Portafolios lo escribí después de una pesadilla relacionada con "El Ritual de los Condenados" Fue un texto raro cuyo significado fue cambiando a medida que iba perfeccionando la idea final de la novela. 

"El Hombre del Portafolio" es un breve cuento de terror afortunadamente bien recibido en eventos en los últimos años como Los Viernes de Terror a los que soy amablemente invitado por Paul Calvetti Costa y donde me anime a leerlo por primera vez en 2017 en la preciosa librería Hocus Pocus de Defensa 1323 (San Telmo, CABA)


***

El Hombre del Portafolios 





La Rockola emitía una antigua canción de sonido granuloso y fritado. Parado frente a ella un hombre de alta estatura permanecía inmóvil junto a esta, como quien escucha con suma atención. El murmullo de un ventilador de techo zumbaba alzando su chirrido por sobre las notas de la balada de los treinta. La sombra de sus aspas formaba rápidos intervalos de leve penumbra ante la luz de tubo, que dominaba todo el establecimiento con su desteñido candil.

Detrás del hombre de impasible postura había una mesa de pool. Sobre el paño verde fino dos cuerpos yacían en pálido rigor mortis alrededor de un portafolio. El de la derecha, de bigotes finos y lentes de sol estilo ochentas aun sostenía un revólver de calibre 38 que no tuvo oportunidad de accionar. La sangre de su cabeza se mezcló con el contenido de la Coca Loca que estaba bebiendo poco antes de que le volaran los sesos. Ambas sustancias se unían en un abrazo espeso y pegajoso sobre la bola ocho.

A la izquierda otro de facciones teutonas había echado hace tiempo su último suspiro. Luchó por unos breves segundos buscando la forma de retener la sangre que brotó de su cuello cuando el plomo de una 45 lo cruzó de lado a lado. Al ver que era inútil supo que finalmente le vería la cara a Dios. Ahora nadie sabría decir si había muerto en una última plegaria a la cruz de oro que tenía en su puño diestro o rogando por sobrevivir solo un segundo más.

A diez baldosas grises y baratas de distancia, sobre la barra estilo cincuentas de "El Rey del Churrasquito" (un adefesio decorativo de la cultura pop) la camarera había perdido la vida cuando iba a decirle a los dos fulanos que "El que no pide algo se va". Su mirada vacía había abandonado el ceño fruncido para ser remplazada por una mueca de estupefacción. La única que pudo articular al ver a ese hombre de mejillas hundidas junto a la Rockola sacar de su cintura una automática para hacer dos disparos precisos.

No llegó a ver el tercero. Pues fue este el que dejó un hueco entre sus ojos y dos regueras carmesí bajando del mismo hasta salpicar su blanco delantal. Cuya leyenda bordada aseguraba que tenían "El mejor chorizo Himburgues"

El infame ejecutor de este triple crimen percibió que era momento de marcharse. No había entendido ni una sola palabra de lo que decía esa cosa cuadrada y luminosa. Ni tampoco por qué parecía insistir en esas extrañas melodías. Su esfuerzo por entablar con esta gruesa criatura alguna comunicación había sido en vano. Se dio media vuelta y caminó con pasos calculados hasta la mesa de pool.

Allí cogió con ambas manos el pequeño portafolios. El hombre del revolver había abierto el mismo y enseñado al teutón algo dentro de este haciendo un gesto de invitación poco antes de la mortal intervención del pistolero de camisa azul.

Antes de partir el pulcro y solitario hombre de rostro huesudo levantó su tapa y halló allí lo que era de interés para su Señor. Una pequeña ampolla de vidrio con una etiqueta en su dorso que indicaba su nombre militar TXA-85. Cualquiera de nosotros vería solo un líquido negro en su interior, poco menos de una gota de color y sustancia similar a la brea o el petróleo. Pero él vio allí (si es posible decir que pensó) sólo una antigua parte de sí mismo...

Cerró el maletín, asegurando sus trabas delanteras y salió caminando con el agotado cantar de la Rockola siguiéndolo detrás y el persistente reverbero del descolorido neón sobre sus hombros. Allí afuera, a la vera de la ruta desierta, las estrellas eran pálidas y la noche un tanto inmensa.

 

Ya en la ciudad humana, los perros callejeros no dejaban de ladrar hacía la entrada del antiguo edificio. La pintura verde de la puerta estaba saltada y el acero reflejaba la desvalida luz del alumbrado peatonal. La acera estaba cubierta de nieve y desde el cielo caían algunos copos sueltos. Aunque el viento se hubiera convertido en una ligera brisa su sopló no dejaba de ser gélido. Como el halito crudo de una oscura entidad. La basura era arrastrada y los carteles a medio despegar hondeaban perezosamente.

A esta calle semi abandonada de la ciudad de The Kings Valley ingresó el hombre cadavérico con su pequeño portafolio. Bajo la nevada era sólo otra silueta gris de mirada perdida y pasos mecánicos. Viéndolo venir desde la vereda de enfrente el vagabundo Hawkings pensó que hasta los copos de nieve querían evitarlo. Ningún rastro de blanco se posaba sobre sus hombros ni manchaba su vestir. Sabiendo que era inútil pedirle limosna, Hawkings volvió a arroparse con su raída frazada y siguió tiritando de frío en un fútil intento por dormir.

Cuando el sujeto de piloto gris y cabellos cortos muy oscuros llegó hasta la entrada del edificio los perros que allí habían estado ladrando salieron disparados emitiendo gemidos y llantos caninos. El pavor que esa cosa les provocó los hizo alejarse de la calle Lamplan, a la cual habían llegado olfateando el olor a carne muerta. Sus cuerpos raquíticos y maltratados se perdieron más allá de la luz de la calle. El hombre de inexpresivo rostro ingresó por la puerta verde y cerró la misma de un portazo.

Unas horas más tarde el vagabundo Hawkings fue despertado nuevamente. Esta vez por un coche patrulla de la ciudad. Las luces azules y coloradas del móvil lamían las fachadas de ladrillo a la vista y paredes de pintura gastada. Los muros cubiertos por graffiti y carteles adquirieron un tono más sombrío a su vista.

Dos oficiales vinieron hacía él con sus camperas de invierno y linternas. Uno de ellos, como era la desgraciada costumbre en esta ciudad, ya tenía una mano en su arma reglamentaria.

- Oiga... ¿Conoce a alguien que viva en este edificio?- Dijo uno en cuya placa podía leerse su apellido: Greedson.

- ¿En esa ruina? Sí...La señora Robinson vive ahí.

- ¿Quién es? – Preguntó el otro policía en un tono un tanto menos autoritario.

- Es una señora muy viejita. Buena cristiana.

Los dos oficiales se miraron como si acabaran de descubrir la razón que los había llevado hasta allí. – La quedó la vieja entonces...- Dijo Greedson.

- ¿Qué dice? – Preguntó interesado el vagabundo.

- ¿¡Qué no huele el olor a podrido que sale de ese vejestorio!? –Respondió el oficial más joven. – Nos llamaron por eso de una casa cercana.

- Lo siento oficial. Respondió Hawkings excusándose. – Perdí el olfato antes de llegar a los treinta.- Señalo su cabeza de cabellera rala - Un ACV como le dicen ahora, jefe.

Greedson y Wilde se voltearon para ir hacía la entrada del edificio. Su puerta verde tenía la forma de un arco similar al de una catedral. Era la entrada imponente de lo que alguna vez fue una vivienda de lujo. Ahora, oscurecido y maltratado por el abandono era más bien una montaña de material decadente, con ventanas rotas y gárgolas cubiertas de excremento de paloma.

- ¡Ey! ¡Oficiales! Hay otro tipo también. Debe ser el hijo o algo.

- ¿Cómo lo sabe?

- Porque los vi andar juntos...La ayuda con las compras o algo así...¡Pero no me da monedas el muy agarrado!  Y seguro la convenció de que no me dé más. Así son los jóvenes...

- Bueno...Bueno. ¿Dónde viven? ¿Qué piso y número?

- En el tercero b.

A sabiendas de que tendrían una desagradable tarea los dos oficiales tomaron recaudos. Wilde volvió al patrullero y pidió una unidad de traslado para cadáveres.

***

Una vez cruzaron las puertas se encontraron en un amplío vestíbulo. Sobre él pendía una gran lámpara de bronce con la mitad de sus bombillas ausentes, como encías desprovistas de dientes, cubiertas de polvo y telarañas. El suelo de azulejos blancos y negros estaba repleto de basura. Viejos diarios, revistas porno y botellas se amontonaban en el suelo desde hace años. La luz era casi nula. Por lo que las linternas debieron guiarlos en las tinieblas del recibidor para que pudieran acceder a las escaleras.

Wilde y Greedson comenzaron su ascenso. El olor a podrido era un tufo penetrante y parecía haberse adueñado de todo objeto allí. La madera de la baranda de la escalera se había podrido y roto en varios tramos. La guarda metálica de la misma formaba flores carcomidas por el oxido. Los fierros se habían torcido hacia adentro como las uñas filosas de un vampiro.

Greedson iba delante sin darse cuenta de lo mucho que empezaba a dominarlo un inexplicable temor, el viejo oficial tenía su revólver 22 de cañón largo apuntando delante de él, como temiendo que de aquella mole de basura surgiera un enemigo imprevisto. Wilde tenía su vista en los pisos superiores.

El pulmón de la estructura por la que descendía la escalera terminaba en un enorme tragaluz por donde se filtraba solo una caricia de luz proveniente de la ciudad. Pero era vaga y desabrida. Por los cristales rotos caían algunos copos de nieve que descendían con parsimonia hasta el vestíbulo. Las filtraciones de agua habían mermado seriamente el aspecto de las paredes, por donde la humedad trepaba como una enorme mancha de aspecto pútrido.

Aunque no parecía haber ni un alma en ese lugar, tanto Greedson como Wilde tenían la acuciante sensación de estar siendo observados. Examinados con delicadeza homicida desde el tercer piso. Allí estaba muy oscuro y el olor a descomposición se hacía más fuerte a cada escalón. Cuando llegaron encontraron la puerta del Tercero B entreabierta. La luz de sus linternas hizo contacto además con dos moscas que revoloteaban en torno a su perilla redonda de bronce. En el interior no se adivinaban rasgos de luz ni el sonido de otra cosa que no fueran insectos.

Sosteniendo sus pistolas se pusieron cada uno a un lado de la entrada. Esto era The Kings Valley, no iban a llamar a la puerta aun si hubiera un cumpleaños infantil con Barney el Dinosaurio siendo celebrado dentro. Tanto Wilde como Greedson habían pasado ya muchos años en servicio. Lo imaginable en esta ciudad era, al menos, poco frecuente.

En susurros contaron hasta tres. El goteo de una cañería rota en algún lado les sirvió de cronometro. Wilde escuchó un perro ladrar en la lejanía. El eco de unas sirenas pasó y se perdió sobre la avenida contigua a la calle.

Asaltaron.

Greedon le dio tal patada a la puerta que la hizo chocar contra una pared contigua. El estruendo pareció sacudir por un momento todo el edificio. Su linterna dio con el interior del departamento y de inmediato le asaltó un olor tan repugnante que lo dejó atontado unos segundos. Wilde solo vio una mesa redonda adornada con un mantel plástico barato y unas persianas cerradas detrás.

- ¡Poli...- Greedson tuvo una arcada. - ¡Policía de The Kings Valley!

La única respuesta a sus palabras fue el aleteó de muchas moscas. Hizo un ademán para quitárselas de encima y se internó en el apartamento con Wilde cubriendo sus espaldas. Fue este quien halló a la señora Robinson. Su linterna dio con las piernas estriadas y flácidas de la misma durmiendo el largo sueño de la muerte en un viejo sofá junto a una lámpara de pie frente a un defectuoso T.V Gerico.

Aquella anciana debía llevar al menos un mes sin vida. Estaba hinchada como un globo. De sus facciones no quedaba sino una caricatura exagerada y repugnante de ser humano. Llevaba un vestido barato y mohoso, el motivo floreado del mismo estaba cubierto de gusanos e insectos. Pero no solo eso era lo que cubría sus deformes restos. Había algo más.

Un líquido. Una emulsión oscura y brillante se había adueñado de su rostro. El mismo parecía haber formado caudalosos canales que ingresaban por su nariz, por la parte baja de sus ojos y cualquier otro orificio con el cual contara la señora Robinson. Y se movía...

Corría en su interior, alimentándose, devorando su carne muerta poco a poco. Los oficiales podían escuchar un burbujeo grave y ambicioso venir de allí donde parecía haberse concentrado en mayor cantidad. Estupefactos, los hombres no podían dar crédito a lo que veían. Y muy tarde se dieron cuenta, supieron de alguna forma, que esa cosa estaba viva y hambrienta.

No llegaron a balbucear palabras ni a elevar plegaria para cuando ese liquido se replegó. En un veloz movimiento alejó sus espesos tentáculos de la señora Robinson y descendió hacía el suelo. Como pintura fresca un sinfín de surcos de esta materia convergieron formando un gran charco renegrido y a una velocidad imposible se elevaron sobre el piso tejiéndose siempre hacía arriba hasta conformar delante de ellos la silueta de un hombre. En un parpadear la masa caldosa y oscura se transformó en el cadavérico sujeto del maletín.

En un acto reflejó Greedson accionó el gatillo. La bala del revolver o el estruendo del disparo no provocaron en su adversario siquiera un pestañeo. Su pecho estaba intacto. Wilde disparó varias veces con su Glock. Pero las balas simplemente parecían atravesarlo como plástico derretido sin hacerle daño.

La respuesta del hombre del portafolios no se hizo esperar. Avanzó, y con agilidad felina tomó a Greedson por el cuello. Elevó al mismo unos centímetros del suelo y le trituró el pescuezo de un solo movimiento. Luego lo arrojó contra la pared. Sin vida, este aterrizó sobre un modular lleno de platos, que lo acompañaron hasta el suelo haciendo grave estruendo y partiéndose debajo de él.

Wilde ya se había dado media vuelta para huir. Pero fue tomado por el cuello de la campera cuando estaba a solo dos pasos de la puerta. No supo exactamente que ocurrió. Pero sintió un frío gélido en la espalda y cuando quiso mover sus piernas notó que estas no respondían. Al llevar su vista hacia abajo se percató de que estaba a varios centímetros del piso y que un brazo fuerte, ensangrentado y largo acababa de atravesarle el pecho. Sostenía lo que se asemejaba en penumbras a un corazón.

La Señora Robinson estaba muy vieja y podrida para que fuera un buen huésped para el TXA-85. Pero estos dos eficientes servidores públicos, recién enviados al reino del señor, tenían lo necesario para ser hambrientos vehículos de la oscuridad que habitaba en el interior de la vieja cepa militar. Cuando llegó la ambulancia integrada por cansinos enfermeros y el vagabundo los vio perderse en el interior del enorme edificio, sospechó que no iban a regresar. Nada que cruzara los umbrales de esa sombra lo hacía jamás.

Pero cuando los camilleros salieron junto a los policías con sus ojos desiertos de cualquier humanidad supo que la sombra se había vuelto voraz  y que venía por él. El hombre del Portafolios, además de ser un amarrete, era malbicho. 



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