domingo, 10 de junio de 2012

El Ritual de los Condenados I

Breve Reseña del Libro


En una tierra llamada Balbania hubo una vez dos grandes razas que lucharon la última guerra santa de los Dioses. Los Dracidas y los Vlaind. Los primeros pertenecían a una casta guerrera que tenía la misión de defender a los hombres de las criaturas de la noche y el mal. Los otros, hermosos seres creados por el Dios Namidian para conquistar dicha tierra.  Estas dos especies se han enfrentado desde entonces y son las únicas que  aun existen en la Modernidad,  tratando de vivir en el mundo de los hombres desde el anonimato, manteniendo  en lo posible sus costumbres y poderes. 

La historia comienza con Crisald Larentguer un atractivo y alegre Vlaind cuya vida ha sido truncada desde que sus padres fueran brutalmente asesinados siete años atrás.  Cansado de los fantasmas que lo acosan desde entonces decide iniciar un antiguo Ritual de su especie para sacar las almas de sus padres del inframundo a cambio de  enviar al infierno  las de los responsables. 

Al inicio de su cacería se topa con Rise, un Dracida solitario y errante que lo enfrenta para salvar a una joven adolescente  llamada Daniela de extraños ojos amatista que casi muere en el fuego cruzado. Crisald escapa y  sigue su camino desde los barrios bajos hasta la crema de su propia Raza. Mientras Rise al percatarse de que Daniela no es simplemente una humana intenta develar el misterio que ronda tanto a la chica como al ritual mismo del Vlaind. Sin que ninguno de los tres lo sepa, sus historias tienen mucho más en común de lo que podrían imaginar. Daniela sera  la clave a estas preguntas, pero ni siquiera ella lo imagina. 

"El Ritual de los Condenados" contiene muchos elementos de fantasía  heroica y  el Policial Negro.  Es una obra cruda en lo sentimental que trata sobre la melancolía, la soledad y el engaño.  Pero también acerca del amor, el valor, la amistad y la esperanza. En una sociedad humana llena de violencia , cinismo e hipocresía  Rise, Crisald y Daniela deberán enfrentar la batalla más dura de sus vidas , donde las balas abundan, las espadas cantan y la oscuridad acecha. Tanto en lo físico  como en lo personal


Prólogo
¿De quienes habla esta historia?




La historia que leerán a partir de hoy trata principalmente sobre dos razas. Los Dracidas, también conocidos como Jethis (Se pronuncia Sheti, como el de las nieves, sí) 

En años muy, muy, remotos en Balbania hubo una pugna tremenda por el poder entre los Dioses, principalmente entre tres: Heills, Namidian y Killme. Esto esta bastante bien explicado en "Los Hijos de Mara" al menos hasta la mitad, por lo que les invitó a que lo descarguen para más información.

Estos tres poderes lucharon en su momento por controlar el mundo que dejaron sus Dioses antecesores y esa batalla tuvo muchas caras, primero se entorpecieron sus planes en las tierras donde habitan los celestes pero llegó un momento en que el ultimo combate debió ser dado en la tierra de los hombres. Para ello Heills y Namidian se centraron en controlar de una forma u otra las vidas y almas de los humanos. 

Namidian envió a su tercer hijo varón llamado Balabord a generar una especie con las propiedades y dones de  los cielos. Estos fueron los Vlaind, que llevan en sus cuerpos la belleza de los hijos de los Dioses, tienen el don de de modificar los objetos casi a su total antojo y son valientes, bravos como también educados y sabios. Los Vlaind fueron la ultima extirpe con sangre divina que llegó a la tierra y habitaron por muchos años en un reino conocido como Allion en el oeste del país de Himburgo.

Heills no tuvo la suerte ni el tiempo como para hacer esto, pues  fue asesinado por su sobrino producto de la lucha que llevaban a cabo los tres Dioses. Sin embargo le encomendó a su hijo Shannon que, para salvar a los hombres de las garras de Namidian, tomara el fuego de la vida, conocido como Rettem para los Dioses. Un fuego que Heills había robado y atesorado por muchos años hasta que, poco antes de morir, decidió legar a ciertos escogidos para que se enfrentaran a los Vlaind.

Shannon, bajo las ordenes de su padre, tomo la vasija donde este fuego estaba contenido y lo transformo en una providencial lluvia que cayo sobre la tierra durante siete días y siete noches. Luego el Rettem se transformó en una sustancia común en la tierra que ciertos hombres acumulan en su cuerpo a lo largo de los años hasta que su potencial llega a despertar. Esos hombres son los Dracidas, los hijos del Dragón del cual el fuego provino en un primer momento. 

Los Jethis, valiéndose de este elemento que albergan en su ser obtuvieron ciertas habilidades que pusieron al servicio del bien una vez se le rebelo a su líder la misión de su difunto señor. Los Dracidas no viven para siempre como los Vlaind, pero si obtienen una juventud tan extensa que hoy en día nadie sabe decir cuanto tiempo tarde en envejecer un Jethi. Se cree según los estudios de sus eruditos que en verdad un Dracida comienza a envejecer una vez ha perdido toda voluntad de vivir en este mundo. Allí los alcanza el tiempo y el largo sueño de la muerte. 

Los Dracidas tienen una especial relación con los elementos naturales, una gran percepción para encontrar criaturas malignas o espectros y están en general muy conectados a las cuestiones sobrenaturales que rodean la vida. 

Motivados por una serie de errores, imposiciones divinas y pasiones difíciles de congeniar los Jethis y los Vlaind entraron en guerra unos cuantos cientos años antes de la modernidad. Tras muchas sangrientas victorias y derrotas de ambos lados la cuestión se terminó por dirimir en los campos de Strickland, donde Balabord cayo muerto por la espada de un Dracida.

Los Vlaind se retiraron del campo de batalla muy acongojados, luego entraron en luchas por el poder entre los diferentes lideres y terminaron por separarse en distintas familias que se contentaron con vivir en el mundo humano recostados en las fortunas que obtienen al ser capaces de modificar los objetos (Solo imaginenen poder transformar una piedra en oro puro) Hoy en dia están bastante unidos en un conglomerado empresarial que domina la economía mundial. Por lo que la cosa religiosa ya no pega mucho en ellos. 

Los Dracidas no tuvieron un futuro tan venturoso, con la raza de los hombres comunes retomando el control de sus asuntos se encontraron perdidos en un mundo que ya no necesitaba de sus servicios. A diferencia de los Vlaind se dividieron en cientos de bandos y tipos distintos que terminaron por diseminarlos a lo largo del globo. Solo permanece incorrupto el Santuario del bosque de Hosmusilias, donde los Dracidas mantienen el estilo de vida que llevaron a cabo en el pasado y donde pueden pasar muchos años intentando creer que en verdad nada ha cambiado tanto. 

A lo largo del texto verán que la forma de organizarse que tienen ambos grupos consta en una serie de Ordenes de caballería fundadas en sus tiempos de esplendor. Cada una de estas consta de algo que los destaca. Por ejemplo: El Jethi principal de esta novela es de la Orden de Bilingord, lo que significa que es bastante bueno a la hora de infiltrarse. Tiene el don de conocer todas las lenguas humanas sin siquiera haber pasado por un curso, es muy ágil y silencioso en sus movimientos. Es capaz de manejar cualquier arma como un aprendiz avanzado aunque no hubiera tocado nunca una pistola y usa la cabeza antes que las armas. 

El Vlaind que se introduce aquí como Crisald pertenece a la orden de Rolando. Es decir que es algo así como la élite de caballería de los Vlaind. Casi todas sus habilidades de ataque sobrenaturales están puestas al servicio del combate cuerpo a cuerpo y la piedad no es algo muy natural con sus enemigos. 

A menudo que se narre la historia hablaremos de todas estas cosas en profundidad, el objeto de este prologo era simplemente aclarar algunas cuestiones para que quede claro que es cada cosa. 
Vlaind: Divinos, lindos, ricos y educados. (Rubios en su mayoría)
Dracidas: Guerreros, pobres, mas cercanos a los hombres en costumbres y gustos.
Ambos: Razas de un tiempo antiguo con ciertos poderes que le harían temblar el culo a cuaquiera :) 

Nota de Autor: Presten atención a los Links que dicen "Música" son enlaces a las canciones  que acompañan la novela y ademas, son buenos temas. Saludos.


Capitulo I

Parte I

Dos hombres que regresan

La taza de Café frente a Rise estaba humeante aun. Sus ojos verdes la miraban hipnotizados por algún tipo de hechizo nocturno. Afuera, a través del ventanal que surcaba toda la fachada de ese local, el bosque de Hosmusilias se levantaba en toda su enormidad, con sus troncos gordos provistos de plateadas lagrimas de luna. Las agujas de sus ramas agachadas hacia la ruta parecían querer alcanzar el asfalto mojado por la lluvia amena. 

Rise Thomas Kenneth se enfrentaba a una decisión difícil aquella madrugada de agosto. Su cabello corto, rubio oscuro revuelto en todas dirección posibles le hacia pensar a la señora Smith que esta vez, su cliente más callado, se había encontrado con algún drogadicto que le dio una buena por querer zarparle una dosis. Claro que Rise era un drogadicto para la señora Smith. Solo ellos y los que tienen el corazón roto pasan por ese café perdido en medio de la ruta a beber uno negro y a fijar sus pesados ojos hacia la mesa de formica barata donde estaba sentado. 

En verdad estaba equivocada, Rise tenía el corazón roto, pero no la valentía para ir a mamarse a la barra como otros clientes y contarle a la anciana señora Smith sobre esa chica tan especial o sobre aquella mujer por la cual él había dado todo solo para ser traicionado por la espalda a ultimo momento. Rise Thomas Kenneth en verdad estaba observando la mesa porque su cabeza estaba en otro lado, cruzando el asfalto por donde pasaban autos dejando tras de si apenas el fantasma de su tronido metálico. 

La mente de ese hombre volaba por los días de primavera que vivió durante más de diez años en el bosque de Hosmusilias, el santuario de su pueblo...el único hogar que había sabido llamar así tras adaptarse a una vida campestre y casi medieval. El bosque donde fue entrenado como Dracida. Aunque, sobre todas las cosas, el lugar donde conoció a Miranda Holowitz.

Ahora era tiempo de regresar a la ciudad, volver a la sociedad Himburguesa con toda su pompa de Primer mundo y potencia militar. Regresar a pensar en si el Estado iba a darle un plan para que trabajara o si la policía lo iba a moler a palos en algun callejón por grafitear "¡La única Iglesia que Ilumina es la que arde!". Volver a pensar en si esa piba del kiosko se le insinuaba o no....volver en definitiva a ser un gris y triste hombre de Blondres, la capital de Himburgo. Ese país que lo molió a palos cuando tomaron la fabrica del pueblo. La misma nación que se encargó de destruir en pocos años las conquistas que habían tomado cincuenta. El país que lo echó a patadas de su casa una noche de vidrios empañados como esta.

El muchacho de unos 30 años dejó sobre la mesa diez Balbans con la cara de una reina de algún país pequeño (que con la crisis actual de Balbania ya no lucía tan rica ni agraciada) y se dirigió hasta las instalaciones sanitarias ante la atenta mirada de la señora Smith, quien retrocedió instintivamente dos pasos cuando Rise se levantó. El dueño del establecimiento le indicó con la cabeza que fuera a retirar el dinero que este sujeto había dejado. Ella con temor, bajo las luces de tubo con su luminancia blanca, hospitalaria y descorazonada, se acercó nerviosa.

Ella tornó sus ojos morenos hacia la taza a medio tomar y el cambio de Rise. Al entrar en contacto con el papel moneda se percató de que algo viscoso y caliente los unía por las puntas. Un negro presentimiento se le cruzó por su cabeza demasiado tarde: Había sangre, roja-oscura sangre en el asiento y en el dinero. El rastro de ese fluido se perdía hacia los baños, de donde Rise emergió como una sombra, con sus cabellos y rostro mojados de manera dispareja. 

Smith quiso decirle algo, pensó en ofrecerle ayuda, por más que fuera un drogadicto o un criminal de esos que llegaron con las inmigraciones del este (según decía el diario "El Imparcial Himburgues" que llegaba todos los días al local) pero algo en los ojos de ese muchacho le indico que fuera lo que fuera le dolía mucho más el corazón que el tajo en su brazo derecho pobremente envuelto en gazas viejas que ahora era visible.

Rise abrió las puertas de vidrio del café "El vigía". A pocos pasos de esto descubrió que de alguna manera la noche estaba más fría que antes, o tal vez más gélida que nunca. Encendió un cigarrillo a la forma que lo hacen quienes no han fumado en años. Las manos le temblaron un segundo, el Lucky Blend tomaba tonalidades oníricas producto de las luces de neón de la entrada. En rededor el viento aullaba con persistencia.

Lo encendió y fue caminando carretera abajo, es decir al sur, donde pensaba tomar el próximo tren a Blondres. Allí lo esperaba nadie y lo aguardaba nada, solo su viejo departamento en Troncor Street y Tony Clair Boulevard. Lo esperaban largas noches de insomnio, programas de televisión de dudosa calidad, vicios, y quizá hasta la muerte. Pero en aquel viejo edificio en el barrio más pobre de la urbe también se encontraban dos objetos que no había tenido en cuenta hasta entonces, su espada y su escopeta...era una lastima que no pudieran venir a recibirlo a la estación.

***



Crisald Larentguer también regresaba a su casa aquella fría noche que se antecedía al invierno con un gélido clima en el sur del país que comenzaría a hacer estragos durante las próximas horas. El hombre alto, de cabellos tan rubios como el trigo y lentes oscuros redondeados cruzaba la reja abierta y herrumbrada que alguna vez fuera el limite de su hogar, la casona de los Larentguer. Una gran mansión abandonada al norte de los suburbios de Blondres que ya nadie se dignaba a intrusar, pues entre sus muros corrían rumores de fantasmas, de aparecidos y otras cosas muertas que moran en las sombras.

Crisald solía reír cada vez que escuchaba a algún amigo cercano comentarle las excusas que anteponían las  agencias inmoviliarias del porque el inmueble no se había vendido. La enorme casona de tejas negras y arquitectura clásica, con veintitrés columnas de altos capiteles y redondeada figura fue la más hermosa de las moradas modernas que alguna vez habito una familia perteneciente a la prole de Namidian.

El ultimo descendiente de los Larentguer tenía, obviamente, un enorme departamento en el centro de Blondres sobre la Pallance Avenue con vista al río Margun y a sus siete puentes. Crisald, como cualquier príncipe de aquella vieja casa contaba con una hermosa mujer de su misma raza, de ojos azules y largos cabellos rizados de aquel rubio tan especial que solo los seguidores de Balabord cargan sobre sus cabezas con orgullo. También era dueño de lo usual para las personas de su condición, un auto ultimo modelo, un trabajo dentro de la fundación Ferdinand...en fin una vida con problemas tan pequeños que cualquier sujeto como Rise envidiaría. Y sin embargo el hueco que produjo la explosión de su casa familiar algunos años atrás no conseguía llenarse.

Crisald, que vestía siempre la gabardina negra de su padre y la camisa blanca que Liena solía plancharle a pesar de tener sirvientas que lo hicieran por ella, pensaba que de alguna manera estaba obligado a retornar a donde los huesos de sus padres habían sido pulverizados. Los zapatos caros del muchacho ascendían las escaleras para ingresar en lo que fuera otrora el lujoso vestíbulo de recepción de invitados, los murcielagos allí se espantaron por su presencia, abandonando el lugar con súbitos aleteos de ecos cavernosos.

El sujeto se quitó los lentes negros y se topó con la vieja silla que descansaba frente a un televisor de marca "Tashita". Naturalmente  Crisald pensó que algún vagabundo lo había dejado encendido. Allí una antigua caricatura de trasnoche era transmitida, un corto animado conocido como "El Baile de los esqueletos".

Música y Vídeo (La caricatura que transmite el televisor)

Al ver aquellas figuras tan inocentemente plasmadas en lenguaje audiovisual Crisald no pudo hacer otra cosa que sonreír. Demoró sus ojos en aquel receptor de tv y continuó en dirección a la que otrora fuera la recamara de sus padres.

A medida que ascendía las escaleras llenas de polvo y restos de basura que entraron por los numerosos huecos dejados por la bomba, Crisald observaba por el rabillo de sus ojos los retratos de sus antepasados, que podían ser rastreados hasta la "los días  de oro". Un tiempo que Crisald solo conocía por las leyendas y las vivencias de algunos familiares que tras más de mil años seguían en pie, llorando a sus compañeros y perdidos en la nostalgia de un mundo hace rato extinto.

El sonido del televisor a lo lejano se convirtió en un murmullo molesto al que Crisald no prestaba atención. En los muros  las caras largas y recias de sus tatara abuelos le escrutaban con la dureza de los benditos por el Altisimo Namidian. Crisald abrió las puertas del cuarto al que se dirigía y entró en la oscuridad de aquella tumba simbólica.

Las manchas de sangre, como pintura escupida contra las cuatro paredes de aquella habitación continuaban inmutables. El príncipe recordó aquel viejo cuento en el cual la marca de aquel liquido reaparecía después de haber sido limpiado muchas veces.

Los ojos azules del Vlaind se tornaron prontamente húmedos y descargaron sus cristalinas lagrimas volviendo a mojar la alfombra bordo gastada y rota por la intemperie. En verdad había un fantasma en esa casa; pero no del tipo que se contenta con volver a verter la sangre propia sobre el suelo, sino que llaman a derramar la ajena.

Con la luz de la luna entrando directamente por las ventanas Crisald cerró sus ojos un instante. Respiró hondo y dejó que su cabeza se conectara con los espíritus de sus padres. Unas largas sombras que no encontraban reposo en el Ramkkara, sino que habían quedado atrapados en el Mostross, los salones del inframundo en los cuales les deparaba un largo sufrimiento sin fin.

Crisald llevaba muchos años tratando de encontrar la manera de sacar a sus padres de allí para que pudieran ascender al glorioso palacio de techo de oro, al Ultimo Sagrario donde habitaban los bienaventurados hijos de Namidian caídos en batalla. Pero a pesar de que en los últimos tiempos se había internado en las cuestiones más oscuras con respecto a los misterios de la vida y de la muerte sus resultados no daban frutos, y ya su maestro le había indicado que tal cosa era imposible.

Pero esta noche Crisald tenía la especial sensación de que hoy encontraría, entre los restos de su antigua casa, alguna pista. Una llave secreta para darle a sus seres queridos un buen porvenir al lado del trono de Hielo. Al cabo de estar a punto de perder la paciencia, convencido de que estaba perdiendo su tiempo, el televisor de la planta baja se calló de pronto. El pitido reconocible de la falta de señal rodeo la casa como el gemido de un monstruo dormido.

Aquello no molesto al chico, pero pudo sentir en la punta de sus finos y blancos dedos un cosquilleo reconocible. Una energía difícil de poner en palabras había llegado al lugar o de pronto se encontraba abriendo los ojos tratando de reconocer a su nuevo visitante. Crisald, creyendo que alguna de las criaturas de la noche se había adueñado de su hogar durante la ausencia de sus propietarios llevó una mano lentamente a la espada que tenía escondida siempre debajo de su gabardina. La fría y poderosa Epsurren, de alto linaje entre las familias de los Vlaind, estaba gélida como el mismo diablo.

Una poderosa luz dorada apareció de pronto desde la puerta rota y rajada por las marcas de los balazos acontecidos allí siete años antes. Tal cosa era el reflejo de una llama con rasgos de belleza y de misterio que variaba de intensidad como una lampara con problemas de tensión. El Vlaind tuvo el impulso de ir hacia atrás, pero no existía escapatoria de ese cuarto sino era por donde había llegado.

Crisald avanzó entonces con un nudo en la garganta generado por una mezcla entre temor y fascinación. Cuando hubo bajado las escaleras hasta el vestíbulo y la puerta de entrada la luz se contrajo hasta su punto de origen, que no era otra cosa que el televisor anteriormente mencionado.

Casi convencido de que se trataba de algún espectro, el muchacho desenvainó su espada y se preparó para dar un calculado golpe a la caja vieja del "Tashita" sin embargo el sonido hadesco y musical de un objeto que anteriormente no había reconocido detuvo su pesada mano. La canción suave y dulce como el canto de una sirena, o el de una madre hacia un niño, retumbo entre el abovedado cielorraso donde estaban pintadas figuras de mujeres desnudas bañándose en un lago de verdes aguas.

Una pequeña caja musical, de buena madera pintada en dorado con una estatuilla de Ungil (ver nota1) reproducía ese sonido tan infantil como triste en el contexto. Las palomas regresaron y se posaron sobre las vigas del tejado y la poderosa luna pareció aumentar en fulgurancia, dirigiendo su inmaculada luz sobre la caja.

Música

Crisald soltó la espada de prepo producto de un asalto de angustia y se agachó a tomar aquella vieja reliquia de su madre. El objeto estaba frío y lucía tan triste y viejo como tendía a sentirse Crisald dentro de su antigua vivienda. La canción, que su madre le canto alguna vez, se repetía y el mundo del muchacho, junto con sus recuerdos daba vueltas como un trompo que gira en rededor de las tinieblas.

Una vez cansado de escucharla Crisald se dispuso a cerrarla. Mas cuando iba a hacerlo se percató que debajo de la estatuilla de Ungil un pequeño pedazo de papel aguardaba, oculto y camuflado a forma de adorno. Con sumo cuidado y profundamente emocionado, el Vlaind lo retiró procurando no dañar el mecanimo interior. Pudo ver la letra de su antiguo maestro, el mensaje era para su madre:
- Señora Larenthguer, he recibido su ultima carta y debo decirle que, si tengo algo de suerte tal vez su largo pesar por la condición de su hijo allá encontrado solución. Aunque insisto en que debe ser usada antes toda la medicina posible para salvar al joven Crisald, en caso de que esta falle en su cometido aun hay esperanza para el muchacho. 
Tras mucho investigar en las antiguas bibliotecas de mis amigos más cercanos, como también de los más abocados a la cuestión, he dado con un libro magnifico cuyo ejemplar es único. Se títula "Las Artes Secretas Auresianas ". Fue encontrado por Rolando y su camarada Sixfrid en los días de oro. 

Me imagino que se pregunta como tal vejestorio podría salvar el alma de su pequeño. Lo cierto es que en un primer momento pensé igual que usted, pero tan pronto como abandone mis prejuicios y leí en profundidad este texto (que contiene notas adicionales de nuestro señor Rolando, Namidian lo guarde) me he percatado de que es realmente posible lograr, por medio de un extenso ritual, que el alma de quienes no han caído en batalla ascienda hasta el Ramkkara, o incluso que vuelva ante nosotros, salvandolos así del pesado castigo de morar eternamente en soledad por los salones de los espectros. 
Para comentarle los detalles la visitare en los días de mayo. Leeré todo el contenido de este libro para no perder el tiempo una vez nos encontremos frente al muchacho.
Namidian salve nuestra nación.
Sinceramente
Profesor Igvan Rupert Klaus. 

A pesar de que no tenía la menor idea de a que se refería el Profesor en relación a tal libro, Crisald sí rememoraba la situación. Cuando tenía siete años enfermo gravemente de "Atrisus" una enfermedad que solo carga su especie y que les cayo como maldición en tiempos muy antiguos por parte de sus enemigos.  La enfermedad de Atrisus afecta especialmente a los niños y les produce una fiebre tan alta que no puede ser curada por métodos tradicionales como ademas presenta algunos síntomas similares a la polio.

La madre de Crisald se encontraba muy preocupada, pues los Vlaind que no mueren en batalla digna no pueden ascender a los salones del Ramkkara por orden expresa de Namidian. Y si bien ya significaba un dolor espantoso el deceso de su hijo, la idea de que su alma quedara suspendida en el Mostross para toda la eternidad la llenaba de pavor a ella y a su esposo.

El Príncipe no recordaba que lo hubieran curado por medio de un ritual, sino que finalmente otro tipo de remedios ayudaron a mejorar su condición, sin embargo le emocionaba pensar que quizás él pudiera utilizar los conocimientos de este libro para poder lograr que su familia viajara al lugar correspondiente luego de siete años errando entre los condenados del mundo subalterno.

Beso la cajita y la dejó en su lugar, como solía hacer con cada cosa que tocaba en su casa durante sus visitas nocturnas. La volvió a hacer sonar antes de marcharse y guardó la carta en su bolsillo. Ajusto su gabardina y se colocó los lentes negros. Salió caminando por la puerta delantera de la casona y su silueta se perdió entre los jardines y la fantasmal figura de la reja exterior. Ahora, si lo leído en la carta fuese cierto era cuestión de encontrar un libro y a un profesor, su viejo amigo Klaus.

Cuando Crisald se encontraba fuera y muy lejos de allí como para verlo, la caricatura de los esqueletos regresó como por obra de magia o de secretea hechicería. Solo que detrás de ellos aguardaba mucho más que fondos pintados con la prolijidad de un artista, sino mas bien el rostro oscuro de una alta sombra apenas perceptible para el ojo humano. Una sombra de ojos amatistas  que en sus manos llevaba una caja de oro, en la cual danzaba la grácil Ungil, entonando la triste canción que Crisald acababa de escuchar.



***

Capitulo I
Parte II
Ultimo Tren a Blondres


El tren aun no alcanzaba la capital de Himburgo, el paisaje rural se confundía entre las sombras de la noche y las luces de algunas casas perdidas en medio de la agraria provincia de Platino eran como pequeñas estrellas entre azules y blancas, apartadas entre lejanos arboles plantados en soledad alrededor de extensos campos.

Rise no tenía Mp3 ni ningún otro dispositivo con el cual entretenerse, por lo que tuvo que contentarse con mirar por la ventana mientras escuchaba ocasionalmente la radio de alguno de los pasajeros que roncaban gozando de un dulce sueño, amacados por el arrorro de los engranajes del monstruo sobre rieles que era el expreso de la Northline. La ventana que intentaba ser panorámica solo mostraba dos cosas, o bien algunas mansiones de la gente más rica de Himburgo o fabricas abandonadas producto de la crisis que azotaba el país desde hace dos años. Aquellas chimeneas industriales que aparecían con orgullo en la propaganda televisiva del régimen dictatorial pasado no eran más que fantasmas al costado de enormes carreteras y rieles.

Sin nada que hacer a excepción de ver el deprimente y brumoso paisaje del afuera (o escuchar los grupos de moda en el mp3 de su compañero de asiento) Rise decidió que estiraría las piernas para caminar hasta el vagón especial de fumadores. Un servicio que por suerte la crisis económica aun no había matado del todo. A pesar de que no pudo conseguir un boleto para pasar el recorrido entero en ese vagón por lo general el guarda de la entrada dejaba pasar a uno reconociendo lo difícil que es para un fumador pasar más de seis horas sin probar una dulce bocanada de tabaco.

Llegó a la intersección que conectaba su vagón con el de fumadores. El guarda sentado en un pequeño asiento esquinero siquiera le echó una mirada. Viendo que en su omisión estaba el permiso necesario Rise entró y de inmediato pudo sentir el frío de la ventisca otoñal que entraba por las ventanas abiertas del coche. Sentados en dos filas de asientos estaban los pasajeros, durmiendo, leyendo y por supuesto fumando. Aunque todo aquello en un perfecto e inmutable silencio.

El frío no era algo que Rise le molestara grandemente, por lo que apoyo sus codos sobre la ventana que miraba al oeste y dejó que el viento límpido le golpeara el rostro. Iba a sacar el paquete de Lucky Blend cuando le atacó por un instante un golpe de calor, mucho calor. Duró apenas un segundo y Rise no tardo en reconocer que significaba aquello. Sus alarmas de Dracida se habían despertado ante la presencia muy cercana de un Vlaind. Un Vlaind en un tren, en un vagón, su mismo vagón.

Al estar desarmado por completo Rise no pudo hacer más que putearse a sí mismo y esperar a que su contrapartida mitológica no anduviera con ganas de matarlo o perseguirlo. Antes de que fuera capaz de voltearse para examinar el espacio que lo rodeaba una mano enguantada en negro le toco el hombro. No supo si era en forma amistosa o policíaca. De cualquier manera trago saliva y cerró su puño derecho.
- David Bowie.  Dijo la voz suave de quien estaba detrás suyo. Un sujeto alto de largos cabellos rubios atados en una cola de caballo y lentes negros redondeados. - En este vagón pasan mejor música.- Luego señalo los parlantes en las esquinas de la formación.

Música

- Moonage Daydream...- Replicó Rise extrañado ¿Que los Vlaind no se la pasaban escuchando música clásica a caso o algo así? penso.
- Sí...tiene razón. contesto luego.
- Disculpe que lo moleste, ¿Podría darme un cigarrillo? Deje los míos en el café de la estación de Kings Road.

Rise estaba entre bajar la guardia o alejarse antes de que el Vlaind dijera algo del estilo "Y luego del cigarrillo te arrojó por la ventana" Pero algo en los ojos de ese muchacho, claramente más joven que él le indicaba que no corría peligro. Sacó de su paquete un cigarro y se lo encendió con su Zippo robado a un policía en sus épocas de bandalo.

- Gracias. ¿Por que no contrato el servicio para fumador?
- En verdad se suponía que iba a dejarlo...pero bueno, es más fuerte que yo. Dijo Rise - Ademas este servicio cuesta 100 balbans más que el corriente.

El Vlaind largó una profunda bocanada de humo azulado que se perdió rápidamente por el hueco de la ventana. - Entiendo. Cada día todo sale más caro y los salarios se mantienen igual. Hasta fumar es una cosa de lujo hoy en día.
- Si.- Contestó seco Rise poniendo una mano en el bolsillo de su piloto. No sabía como estaría más cómodo, si hablando amablemente con un Vlaind o si peleándose con él. A menudo los Hijos del Ramkkara hacían comentarios políticos bastante diferentes.
- Gracias por el cigarrillo amigo. Le dijo sonriendo de pronto el Vlaind.  - Me bajare en la próxima estación, si te queda viaje aun ten mi boleto. Al menos tendrás música de nuestra época.- Lo palmeó amablemente y se alejó en busca de su equipaje. Lo ultimo que vio Rise de él era que llevaba un libraco viejo como la escarapela debajo de su brazo. Gracias a su vista privilegiada pudo ver las letras en dorado del lomo
"Las Artes Secretas Auresianas" 
Tras la extraña situación fue a su nuevo asiento, la ante ultima estación antes de Blondres estaba ya muy cerca.

Y les dejó el vídeo de presentación  




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2 comentarios:

Melu Zam dijo...

Wooow, muy diferente a Los Hijos de Mara, jajaja aquí se nota la mano Max en la expresión :P Me mato el video de los esqueletos! Hace una eternidad que no veía algo así XD. Claro que, Max estamos en Balbania, de verdad tienen que existir Wachiturros ahí? :(. La última, consejo nada más, no uses la palabra cojer, queda mal :S Bue... a mi parecer :P
jajaja
Besos.

Hector dijo...

Me gustó un monton!!

Temazo el de bowie!