sábado, 30 de mayo de 2015

Los Emperadores de Auksamaar V

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La Caída De Narg-Zhul


Solo y en medio de viejos despojos de batalla, Kurkox salió del pequeño arroyo donde por poco se ahoga. Se arrastró hasta la orilla como un animal herido y se tendió boca arriba respirando con dificultad. Sus quejidos apenas alcanzaban a perturbar el silenció grave de El Valle de los Reyes y sus estatuas de eternos durmientes. Exhausto como estaba tras la batalla y francamente a punto de la muerte sus ojos se tornaron a las estrellas sobre el palio oscuro de aquella noche de primavera.

Como dijimos, en Kurkox el fuego del Dragón ardía más que en nadie sobre esta tierra. Sin embargo tal vez su verdadero poder no estaba solamente en la fuerza de sus golpes sino en su irrepetible capacidad de levantarse aun luego de semejante paliza. Si algo realmente aterrorizaba al hermano menor de Bilingord era la incapacidad de llevar a cabo sus propósitos. Cada paso en falso, fracaso o demora solo lo alentaba a continuar. 

Mientras el Dracida intentaba pararse sin mayor éxito percibió que un animal se acercaba hacía el en medio de la oscuridad. En andar gentil un Lobo de pelaje gris le observó con sus ojos pardos. Aquel animal tenía la marca de una media luna entre sus orejas y su porte era el de la Sabiduría de Natura. Para asombro del Jethi el Lobo así hablo:



- Infausto sera en verdad tu destino si no retrocedes. Escucha el peligro que vengo a anunciarte, Kurkox. Porque soy el Guardián de los Caminos y se donde comienzan y terminan todas las empresas del Hombre que se cruza en el mio. 

El Dracida le miro y habló con esfuerzo:
- ¿Tu eres uno de esos espíritus antiguos de los que los Hombres hablan en leyendas?
- He sido la guía de muchos, tanto a la luz como a la oscuridad. Pero no ha sido por animosidad que mis palabras pueden haber llevado a muchos a la ruina. Sino la poca atención que ellos han prestado a las mismas. Escucha ahora, Dracida, la palabra de quien conoce en que acaba todo caminó.
- Hablad entonces... o dejadme ir.
- La Mujer que sigues estará aun fuera de tu alcance cuando llegues hasta ella. Nadie podrá alcanzarla una vez coja la senda de la desesperanza. La amaras  pero no podrá ser nunca tuya. Aun si la rescatas de la prisión donde se ve sometida, otros barrotes, mucho más severos e indestructibles aprisionaran para siempre su mente. Mejor es que muera y ascienda al Gentil Essea donde de las lagrimas de la pena brota el Regocijo.

Kurkox se ladeó intentando alcanzar fragmentos de su espada y contestó con denuedo:
- Sí tal es tu augurio...entonces, no tengo más que escuchar. Ve a anunciar la ruina a los de corazón flaco, no a un Dracida.

El Lobo le cerró el camino:
- Dracida, Dios, Humano o Vlaind, nadie es ajeno a la desgracia. Ni aun tus puños, capaces de pulverizar la estrellas podrían salvar el Alma de Jade Thagvari. Su casa arderá y sus llamas te alcanzarán volviéndote solo cenizas del que fuiste alguna vez. Ya ha sido anunciado a su padre, el desoyó todo consejo y ahora su ciudad esta condenada a perecer. Como ademas su progenie. 
- Entonces, Lobo, con todo el respeto que me guardan los entes gentiles de Balbania, andate a la mierda, no me interesa. -
- ¡No seas insensato Kurkox! Si subes esa colina ¡por tu mano ella  morirá!

La mirada del Dracida centelleó entonces en genuina furia y obstinado le grito:
- Mejor que sea yo antes que cualquier otro. Ahora,¡Dejad que me marche y nunca más te cruces en mi camino!
- Te volveré a ver, aun cuando así no lo desees. Y para entonces el tema de elección en nuestra conversación, sera de Resignación ante la Sombras del Mundo o el inclemente mandoble de Aspota. (N/A: Diosa de la Muerte)

Kurkox hizo un esfuerzo sobre humano por levantarse y cogiendo el mango de su espada  Rota por Equinoxia, clavó la misma en la tierra a modo de pico de escalar, y comenzó el penoso ascenso hacía Anagj-Khudrum dejando quejidos y jirones de su ropa detrás.



***

En los Salones de Anagj-Khudrum el mal herido Fraujirl era atendido con toda la destreza de los Vlaind para mantenerle con vida. Pero el último ataque de su padre había golpeado de manera irreversible su corazón, que ahora languidecía. Y Jade estaba prisionera en los sótanos de la terrible fortaleza donde Equinoxia, en su maldad, torturaba su mente con palabras engañosas y visiones confusas sobre la extinción de su prole y la victoria Vlaind.

Tras un gran esfuerzo Flaujirl se recuperó de sus heridas más le advirtieron que su corazón sería para siempre muy débil y que no podría resistir otro golpe directo de un Dracida o un Vlaind. Por lo que Rolando ordenó que se le forjara una gran armadura especialmente reforzada en el pecho con Joyas mágicas y Arudar Vlaind. A este se le entregaron armas dignas de un Rey hechas por los más diestros herreros y artesanos de los Hijos del Ramkkara. Una vez las vistió su apariencia era monstruosa y terrible. En su pecho izquierdo un Cristal Oscuro de desconocida procedencia brillaba rutilante y su yelmo era tremolante como el que cargara Pirtv-Mv en la hora del Juicio. Desde entonces los Dracidas lo llamaron Anakthos, el Diamante Negro. 

Sin embargo no era solo un gran campeón con el que los Vlaind se habían hecho, sino todo su saber acerca de las defensas, pasadizos y túneles que se encontraban debajo de Nargh-Zhul. Una vez elaborada la estrategia y reunidas todas las legiones Vlaind que se pudieron acantonar Rolando lanzó su ofensiva definitiva sobre la desesperada Ciudad Dracida. 


Solo pocos días más tarde de estos eventos, cuando Kurkox todavía se abría caminó hacia Anagj-Khudrum, las puertas se abrieron y con Anakthos a la cabeza de una fuerza formidable los Hijos del Ramkkara marcharon a la guerra hacía la victoria o una muerte gloriosa. Miles de armaduras doradas cubrieron el Horizonte y cegaban si se las veía directo desde cerca. Sus lanzas, como un bosque brillante en movimiento, se cernían cerrando un círculo sobre la ciudad y en sus ojos se adivinaban deseos homicidas. Desde el Río Palaras otra fuerza comandada por Equinoxia se desplazó en la noche hacía los puertos de Nargh-Zul y en ellos residía la clave de la victoria. Pues Anakthos les había comentado de un pasaje secreto que llevaba a las cuevas ricas en piedras preciosas de la ciudad y desde ellas podrían sortear los muros, hasta entonces inquebrantables.

Cuando el Sol se hubo anunciado en el levante y un nuevo día de primavera cubrió el horizonte de color carmesí los Vlaind se lanzaron sobre las defensas de los Jethis en grandes números. Alzando sus espadas, cargando las lanzas y los grandes escudos. Y desde los muros las flechas Dracidas desperdigaban la muerte cuya llamada oían quienes caían. Ojos, corazones y pechos se clavaban en su carne, atravezando el aire y el hierro con la potencia de brazos diestros. Pero los Vlaind a pocas cosas temían y cuando iban a la guerra lo hacían como los Hijos de los Dioses. 

Cientos caían a las puertas infranqueables de Nargh-Zul y otros tantos eran aplastados por los lanza piedras, o eyectados al cielo en decenas por las balistas escondidas tras las troneras. Muros adentro los niños y ancianos esperaban temerosos en templos. Por que las Mujeres se lanzaron al auxilio de sus esposos y hermanos, tomando las armas como un igual. Sus jabalinas y arcos a muchos dieron muerte ese día, su hora maravillosa. 

Pero Anakthos era dueño de una potencia a la que pocos en el mundo podrían atreverse. Y haciendo uso de escalas alcanzó el primer nivel de la fortaleza junto a sus más fieles. Allí, bajo las estatuas a Heills y a los Antepasados de los Hombres, las armas Vlaind y Dracidas chocaron, haciendo que la sangre cayera al nivel inferior, resbalando los pasos de sus defensores. El estruendo de sus aceros podía oírse en todo el valle mientras el Sol elevaba su cabeza hacía el medio día sin un vencedor claro. Dorado Vlaind y Verde Dracida se mezclaba entre la plata de las espadas y el rojo de la sangre. Más sus gritos eran igual de bravos y desesperados. Hacía el atardecer los Vlaind debieron retroceder, fallando en su primer asalto. Pero acamparon y esperaron la señal que se anunciaría ante la luna nueva, cuando la oscuridad fuera completa. 

En el más estricto silencio y discreción, los Vlaind al mando de Equinoxia desembarcaron en el antiguo Túmulo de un rey de antaño, no lejos de la ciudad. Allí descargaron sus pertrechos y bajo el amparo de la noche se internaron en los sinuosos caminos subterráneos que Anakthos les había señalado. Tras andar algunas horas en la oscuridad dieron con el pasadizo correcto e ingresaron a las minas de la ciudad, de donde los Dracidas extraían metales y riquezas que habían hecho a la ciudad Grande en su esplendor. 

Como ladrones o furtivos asesinos cientos de Vlainds entraron oficialmente en Nargh-Zul tras más de diez años y Equinoxia rió imaginando la masacre y desesperación que esto supondría. Mientras estos afilaban las cuchillas para la carnicería se envió la señal. Y un paje quemó las velas de los Bajeles para que el humo se elevara cubriendo las estrellas. Al verse sobre las colinas el mismo Anakthos se llenó de regocijo e hizo sonar las trompetas para el asalto final. 

Aunque los Dracidas estuvieran exhaustos eligieron morir en dignidad y los heridos que habían sido apartados del campo de batalla y aun los ancianos se aprestaron a defender las riquezas subterráneas de la ciudad tan pronto como advirtieron la presencia del enemigo. Allí, en estrechos corredores de piedra chocaron sin descanso los hijos de los Dioses, como una colonia de hormigas que se disputa los túneles con otras, entre el centelleó de las piedras preciosas, las espadas y las lanzas se entrecruzaron. Tal desesperada fue esta lucha que los envueltos en la contienda aun habitan allí abajo como sombras desesperadas encerradas en este agónico momento de sus vidas para siempre. 

Pero Equinoxia era inigualable y a todos barría del campo con sus manos limpias o su mandoble. Ni la hidalguía de cien campeones podía detenerla cuando de matar se trataba. Más habiendo perdido muchos hombres y sin saber si Anakthos era vencedor arriba prendió fuego los sótanos y depósitos de la ciudad en el primer subsuelo aun si en esto se le iba la vida. Cuando las llamas brotaron del suelo y estas lamían templos y casas, los Dracidas solo pudieron entregarse a una muerte honrosa digna de su ser guerrero.

Ni aun los miles de años que le quedaban por delante a los Dracidas en Balbania alcanzaron para hacerles olvidar esta infausta y desgraciada derrota. Ahora la mitad de Nargh-Zul estaba en llamas y los Vlaind dominaban todos los espacios ocupando sus torres y salas como fieras salvajes. La Prole del Ramkkara se entregó entonces al saqueó y a la locura. Robando, violando y colgando a quien hallaran en su camino.

Muy tarde llegaron los refuerzos al mando de Ungwing, Bilingord y Mendrago de la Orden de Sigmund. Pues, cuando alcanzaron la ciudad esta ya se perdía bajo el ardor de las llamas. Más lejos de desanimarse la gran tropa del Santuario de Hosmusilias intentó al menos sacarles un empate a los Vlaind y atacar hasta que ni uno solo de ellos quedara en pie. Desviando su camino dado el incendio entraron desde el norte y allí lanzaron su último canto de guerra los defensores. Hermano vengó a hermano, e hijo mato a hijo hasta que el Sol volviese a salir en el cielo. Y cuando ya pocos Vlaind quedaban y la mayoría había huido Ungwing se apresuró a la puerta oeste y detuvo en su marcha a Anakthos. 

- Podría dejar a cualquiera de estos infames salir de aquí, pero no a ti mil veces traidor. A esta desgracia incalculable solo a ti te corresponde responder. Porque vendiste a quienes te han dado cobijo cuando a ningún otro lugar podrías haber ido. 

El último duelo de la Guerra de las Ciudades sería de ellos dos y se habrían de chocar hasta el final.


***

Kurkox sintió que su alma desfallecía al ver las columnas de humo que la ciudad despedía desde sus muros. Y se odió por no poder estar en dos lugares al mismo tiempo. Sin embargo, algo recuperado ya de sus heridas la gran ofensiva de Rolando había dado una ventaja inesperada al Dracida. Anagj-Khudrum estaba vacía y ni la más torpe mano había sido excluida del tunante combate. Por lo que ingresó en ella con facilidad y dio rápidamente con su amada, cuyas cadenas deshizo de un solo golpe. Pero cuando los amantes se aprestaban para la rauda huida el último Vlaind allí les detuvo, vestido para la guerra como Uptunar misma. Rolando les bloqueaba la salida.




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