El Hechicero de Gadrass-Nun 3
El Pasado
Primavera del año 4200Capítulo 1
Represalias
¿Qué podía salir mal? Se habían marchado de allí convencidos de
que el lugar estaba a salvo. Se habían marchado seguros de haber hecho un gran
primer trabajo como compañía Dracida. Los malos estaban muertos, los buenos
estaban vivos. Habían vencido a esos espectros.
Ipsis tenía los ojos
puestos en los tejados de Khadar. El pueblo que ella y su compañía acababan de
salvar. Sus pequeñas casas de madera estaban apiñadas en la ladera de las
montañas. Detrás de las estribaciones al norte, cubiertas por densa bruma
yacían las colinas de Darbis. Todo lo que estaba a la luz había adquirido una
tonalidad fría y azulada debido al ocaso y la nieve acumulada.
La Dracida de Dalstein
aprovechaba los últimos rayos de ese día tímido. Un día que se había ocultado
entre las nubes graves que dominaban el firmamento y los picos nevados y
filosos de las Sorrim. La gran cadena montañosa al oeste. Sobre sus valles,
piedras y arroyos se derramaban las últimas gotas de sol. Aquel inicio vibrante
de primavera había quedado hecho girones a medida que se acercaba el ocaso.
Apoyada en una roca de
forma cónica, la mujer de ojos celestes y piel pálida como las nubes sobre su
cabeza intentaba concentrarse. Tenía pensamientos que la inquietaban con
respecto a los asuntos acaecidos allí solo unas horas atrás. Y aunque los
miembros de su compañía habían dado estos por resueltos en ella persistía
cierta inquietud que la había privado del sueño del que gozaban los demás
miembros del grupo. Fue por eso mismo que decidió hacer la primera guardia de
aquel día.
Ipsis nunca se había
considerado a sí misma una gran viajera, ni era una Dracida en busca de la fama
que otorgan los hechos de armas. Se había pasado la mayor parte de su vida en
el santuario, afanada en las materias que a su orden le competen. La vida, la
muerte, sus expresiones y sus límites.
En su trabajó siempre había sentido una imperiosa necesidad por la soledad. Y
aunque oficiar de Capitán de una compañía de Dracidas la alejaba de esta
posibilidad había aprendido de un viejo
amigo a siempre encontrar un momento en el cual estar sola con su alma.
Las jornadas que
pasaron junto a Nehuen, Loitar y Lily habían sido agotadoras. Ninguno se quejó
cuando ordenó detener la marcha de regreso a tan poca distancia del pueblo de
Khadar. El mero hecho de llegar hasta allí fue en sí una travesía. La batalla
con aquellos espectros luego y el asunto del lago una obra que atribuía más a
la suerte que a su misma destreza. Tenían derecho a descansar.
Desde que se sentaran
allí, sobre la colina, Ipsis no dejaba de pensar que bien podía haber rechazado
el trabajo. Su lugar estaba en el Santuario o muy lejos en el sur junto a su
hermana Navalir. Más cuando le comentaron que la misión tomaría lugar muy cerca
de ese país sintió un interés más hipnótico que académico.
Bien podría haber
fingido sorpresa al leer el nombre “País de Agargul” en el mapa que llevaba
consigo mientras estudiaba de qué forma salvar Khadar. Ese caserío de gentes
pobres estaba a menos de dos kilómetros de aquel paramo estéril. Y en algún
lugar, detrás de la bruma y las colinas rocosas que se elevaban sobre Khadar
estaba el viejo camino que llevaba…
-
-Jefa…- Dijo Lily tocándole el hombro con
suavidad. – Ya terminó su turno.
Ipsis salió de sus
cavilaciones. - ¿A quién le toca ahora?- Preguntó.
-
-No lo decidimos todavía…Nuestros fuertes
y gallardos Dracidas están durmiendo como troncos.
Siempre había problemas
a la hora de decidir quién haría la siguiente guardia. Sobre todo cuando ningún
peligro real andaba cerca. Por lo que, en estos casos, Nehuen, Lily y Loitar lo
resolvían con un juego de dados. Ipsis oficiaba como árbitro asegurándose que
ninguno usara sus poderes para hacer trampa. Pero esta vez, Ipsis se hallaba
muy cansada y convencida de que el asunto se había resuelto se echó a dormir.
Lo último que escuchó fue a Lily quejarse ante Nehuen. La exploradora sería la
centinela esta noche y eso resultó fundamental.
***
Ipsis no supo que la
despertó primero, si fueron los gritos de aquel hombre o las campanas de alerta
retumbando en el valle. Inmediatamente la Dracida tomó su cayado blanco y se
incorporó. Pero se encontró rodeada de una neblina tan densa que apenas si
podía ver los alrededores de la colina. Nehuen y Loitar estaban de pie también,
pálidos. Los gritos se hacían más fuertes y audibles a cada segundo. En algún
lugar un hombre jadeaba y pedía por auxilio.
-
-¿Dónde está Lily?- Preguntó Ipsis.
-
-Se debe haber ido a la taberna como hace
siempre…- Dijo Nehuen.
- -Te dije que era muy joven para traerla
con nosotros. – Siguió Loitar quien había tenido dudas sobre Lily desde que
vinieran del Santuario. Demasiado dada al juego y la bebida.
Como eyectado desde la
neblina misma un hombre se desplomó sobre Nehuen. Todos llevaron una mano al
pomo de sus espadas cuando lo vieron. Pero al instante dieron con que lejos de
ser una amenaza era un anciano aterrorizado de ropas raídas. – Por favor…tienen
que volver…tienen que volver…- Gemía el hombre calvo. Sangraba por la boca y
tenía un ojo morado. El otro, sano, era de un color azulado tan intenso que
hasta parecía brillar en aquella intensa oscuridad. Tenía evidentes señales de
golpes y cortes por toda su figura, como si un lobo feroz hubiera intentado
devorárselo.
- -Ilion me envía…- Dijo jadeando. – Han
vuelto…deben venir conmigo… ¡No se vayan! No estamos a salvo aun…
Loitar notó que el
hombre se hallaba aterrorizado. Temblaba y se trababa en sus palabras como si
estuviera congelándose. Buscó en su morral de Medico Dracida y le extendió una
pócima, pero el hombre la rechazó con un ademan. – Preocúpate por mi luego
hijo…- Dijo con la voz temblorosa
– Es un desastre allá. No hay tiempo que
perder. Síganme. Es por allí…
Al decir esto último
extendió su mano en dirección al este, es decir al camino que pasaba por debajo
de la colina. Pero para desconcierto de todos allí, tras un sonido filoso y
fugaz notaron que una flecha acababa de atravesarle la palma de la mano y ahora
negra sangre brotaba de ella como de una fruta exprimida. El anciano,
incrédulo, miró su mano con la saeta clavada. Un gesto estúpido le
asomó por el rostro. Antes de que cualquiera de los Dracidas pudiera actuar el
acero de una espada le salió del bajo vientre atravesándolo por completo. A
increíble velocidad, el filo se retrajo y en un movimiento ágil le seccionó la
cabeza. Cuando esta tocó el suelo no era la de un hombre anciano, sino la de un
sujeto completamente diferente. Tenía cabellos largos y barba abundante.
- -¡¿Que no saben reconocer una puta ilusión
cuando la ven?!- Dijo la voz de Lily parada detrás del cadáver.
- -
¿Qué…?- Empezó a modular Loitar.
Lily estaba vestida con
su capuchón verde oscuro Dracida, sangraba por la boca y la frente.
-
-Este roñoso me noqueó mientras hacía la guardia. – Luego
se volvió a Ipsis. Estaba notoriamente cansada y herida. – Jefa, hay problemas
en el pueblo, hace una hora apareció esta bruma y cuando iba a subir a
avisarles este monigote salió de la nada y me dio una buena.
-
-Es Humano. Dijo Loitar tras examinar sus
restos. – ¿Cómo hizo para dejarte en el suelo?
- -Me agarró por la espalda. Debería haberlo
oído, lo sé…soy de Bilingord. Nunca nadie nos toma con la guardia baja. Pero
este lo hizo, no sé cómo ni porque, pero lo hizo exactamente después que
apareciera esta cortina de niebla.
Ipsis calculó por unos
breves instantes sin decir palabra. – Vamos, pero en fila india y sin separarse
demasiado. Lily, guíanos.
***
Si alguien quiere
encontrar un camino en mitad de la noche en las peores condiciones
meteorológicas o bien se queda en su casa hasta que pase el temporal o trae
consigo un Dracida de Bilingord. Aun uno tan joven e inexperto como Lily de
Oldbride Town. La Jethi no parecía conmovida por la paliza que le acababa de
dar ese humano. Y herida en su orgullo corría con el arco en su mano diestra.
Tenía los ojos hacia adelante y avanzaba priorizando su cobertura a cada paso.
Su agilidad innata le hacía difícil a los demás seguirle el paso. Podía saltar
obstáculos como raíces, o piedras en el camino semi abandonado sin verlos con
sus ojos. Los Dracidas de Bilingord desarrollaron algo similar al sonar de un
murciélago con su rettem. Saben con antelación que hay adelante aun en la más
opresiva e impenetrable oscuridad. Detrás los demás trastabillaban y se
dirigían a Lily de formas tan entusiastas como irreproducibles. Pero la
pelirroja no hacía caso y andaba.
En fila los Dracidas pasaron bajo los árboles que se
arrimaban al camino, sus raíces retorcidas crecidas a los costados del sendero,
sus copas desnudas de cara a un cielo de estrellas veladas. Cruzaron el puente
de piedra sobre un arroyuelo de aguas oscuras y llegaron al otro extremo
agitados. Sobre ellos se elevaban las paredes del valle de Khadar, pero ningún
pueblo podían ver delante. Solo más de aquel inquietante manto blanco.
-
-¿Y el pueblo? – Dijo Nehuen.
-
-Estoy bastante seguro que estaba acá…-
Dijo Loitar.
- -
Esta… Aun se escuchan las campanas-
continúo Ipsis. Luego, de pronto insegura preguntó:
-
-Esta ¿No Lily?
-
-¡Claro que sí! Pero ni mis sentidos
agudos pueden terminar de penetrar la neblina. Esto es obra de Hechicería Jefa.
-
-Y de una poderosa…- Murmuró para sus
adentros Ipsis. – Mease Loitar ¿Podrías intentarlo?
-
Con gusto.
Y si uno quiere
transformar un día horrible en uno de sol llama a un Dracida de Sigmund. Bueno,
más o menos. Aunque para cambiar el clima de Balbania se necesitarían un par de
Dioses bien dispuestos, los Dracidas de Sigmund son quienes pueden controlar y
manipular los elementos de la tierra como les parezca apropiado, siempre y
cuando se trate de algo importante. Loitar tal vez no podría cambiar las
temporadas pero una niebla molesta no era rival para él.
El muchacho alto y
gesto afable hizo una serie de extraños ademanes que no venían al caso y que
nada tenían que ver con lo aprendido en el santuario. Pero además de afable era
también algo arrogante. Después de unos
cuantos fuuu! Y faa!!! Y jiii Ipsis lo reprendió:
-
-Al punto Loitar…
-
-Perdón…
El Jethi de Sigmund
formó un arcó con ambas manos y como improvisado Moisés abrió la neblina. Pero
lo que hallaron detrás de ella estuvo lejos de ser tan divertido como sus
morisquetas.
***
Primero les
alcanzó un resplandor fueguino, ardiente
y crepitante. Sobre sus cabellos y trajes una densa capa de cenizas descendió
con la gracia característica de un incendio. Las llamas se estaban devorando el
pueblo, se alzaban tan alto que parecían querer quemar los pies de las
estrellas. Trepaban entre los cimientos, hacían reventar los cristales de las
ventanas y consumían estructuras por entero. En las calles la gente corría en
todas las direcciones, intentando escapar de los derrumbes. Sobre la torre de
la alcaldía un hombre mayor todavía imprimía toda la fuerza posible a sus
músculos para hacer sonar la campana.
Pero el calvario no se
reducía solamente al grave incendio. En la plaza principal que habían conocido
solo tres días atrás se alzaban tres altas cruces. En ellas tres hombres yacían
cautivos, tanto de la madera como de las llamas que llevaban algún tiempo consumiendo
su figura. Allí donde el fuego era mayor los restos carbonizados de sus
víctimas aun pendían de las cruces.
Ipsis se vio
sobrepasada y por un momento no tuvo la menor idea de que hacer. Su compañía
era joven y aun inexperta. Ella misma se sentía así ahora. Nunca había estado
expuesta a semejante situación. No había nada que su Rettem pudiera hacer una
vez la masacre había sido consumada más que admirar sus consecuencias.
Parados en fila frente
al desastre los cuatro estaban mudos. Se habían marchado de allí convencidos de
que el lugar estaba a salvo. Se habían marchado seguros de haber hecho un gran
primer trabajo como compañía Dracida. Los malos estaban muertos, los buenos
estaban vivos.
-
-Saludos y buenas noches caballeros. –
Dijo una voz detrás de ellos.
Al instante los cuatro
se voltearon, cada uno con su arma en mano. Allí en el puente un hombre se
apeaba sobre un caballo negro. Parecía joven, tenía cabellos cortos castaños y
vestía un largo manto negro. Un arete de extraña simbología pendía en su oreja
derecha, de plata que brillaba producto del incendio. Su gesto era el de un
hombre satisfecho y seguro de sí mismo. Cargaba un mandoble a sus espaldas.
Escoltándolo un grupo
variado de hombres de aspecto salvaje le rodeaba. Parecían todo menos soldados.
Llevaba armas rusticas y pieles extrañas.
- -Lamento deciros que no hay nada que
puedan hacer ya por las gentes de este pueblo, ratas de alcantarilla…
Los ojos de Loitar
relampaguearon, su rostro se volvió en una mueca de profunda indignación. Sabía
reconocer a uno de su misma orden cuando lo veía. Se abalanzó hacia adelante
gritando:
- -
Pedazo de mierda te voy a…- Ipsis lo
retuvo extendiendo su cayado para impedirle el paso.
- -Yo hablo Loitar.- Dijo la Dracida
clavando la mirada no menos furibunda en el sujeto.
- -¿Realmente pensaron que su presencia en
este valle iba a pasar inadvertida? Vaya que se tienen confianza caballeritos…- Dijo el Dracida de negro
mirando directamente a Loitar.
-
– Lamentablemente no es así. Hay ojos y oídos
por todo este hosco y frío lugar. Supongo que la jovencita de cabellos
colorados ya está al tanto de eso. Su oportunidad de triunfo es nula. Nadie les
apoya.
-
-¿Quién es usted? – Dijo Nehuen con la
autoridad de un juez en su voz.
- -
Oh…Un Juez Dracida de Frigord. Mis
saludos Señor Nehuen. – Hizo una breve e irónica reverencia. - Mi nombre
es Shader, de Kaggink. Hijo de una madre
puta y un padre borracho. Dracida de Sigmund a sus órdenes.
- - He venido a demostrarles como acaban las
cosas cuando alguien se mete en los asuntos que no son de su incumbencia. Por
suerte para ustedes será una demostración breve. – Dio una orden en una lengua extraña. Los
hombres que le escoltaban apuntaron a los Dracidas con ballestas. – Que Heills
se apiade de sus almas.
Los hombres accionaron
las ballestas y sus mortales saetas volaron hacia los Dracidas tan pronto como
presionaron el gatillo. Surcaron el aire cargado de cenizas y chispas en busca
de sus cuellos. Ipsis hizo un ademan con sus dedos y las mismas quedaron congeladas
en el aire, inmóviles e impotentes cayeron al suelo. No tuvo que decirle a su
grupo que era lo que debían hacer inmediatamente después.
Se arrojaron sobre los
extraños y fornidos sujetos con todo el ánimo homicida que hallaron en sus
cuerpos. El Rettem fluyo de inmediato en los músculos de los cuatro, liberando
su providencial energía puesta al servicio de la batalla. Nehuen se cargó a
tres con un su masa de combate, golpeándolos con su fuerza descomunal. Molares
volaron acompañados por la sangre de sus víctimas, rodando por el suelo como
los dados de una partida de generala.
Ipsis los derribaba con
su cayado golpeándolos en las piernas y rematando con un ataque firme de su
argenta espada forjada en Nargh-Zull. Lily disparó una flecha directo al jinete
que había hablado. Pero este, de su misma condición solo lanzó un ataque
cobarde para cubrir su propia huida. Manipulando el viento en su favor desvió
el disparo y se echó a la carrera con su caballo por donde había venido. Lily
se abrió paso con su espada entre los enemigos con la intención de seguirlo,
después de todo era la más rápida de los cuatro.
Loitar vio que la
mayoría de los enemigos se habían vuelto hacia Nehuen, por ser el más fuerte y
grandote de la compañía. Deseoso por
ayudarlo lanzó un rayo, como relámpago de fracturada figura atravesó sin piedad
el pecho de dos de ellos, provocando que sus ropas ardieran en llamas
súbitamente y sumiéndolos en el negro sopor de la muerte al instante.
Sobrepasados por la
habilidad de los Dracidas los hombres salvajes restantes intentaron huir. Lily
disparó una última flecha en dirección al jinete. Se tomó su tiempo a pesar de
la distancia y de la oscuridad buscando una buena oportunidad de herirlo. Soltó
la flecha de su arco y escuchó el alarido a lo lejos, pero no del jinete sino
del animal. Este se desplomó en la curva y Shader quedó atrapado bajo él. Lily fue hacía él.
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