El Hechicero de Gadrass-Nun 5
Sanson y Dalila
Marris y Dalila habían
salido en misión de exploración. El Capitán les había ordenado registrar los
alrededores del claro donde habían hallado a la compañía de infiltración.
Ahora, unas cuatro horas después de haber emboscado a sus enemigos volvían sus
pasos hacia aquella pendiente debajo del camino que llevaba al pueblo de
Khadar.
A pesar de lo fatigoso
de sus tareas diarias estaban contentos de salir del refugio, pues allí pocas
veces tenían la chance de ver la luz del sol. Cuando aclaraba era peligroso
asomar la cabeza desde el puesto de observación. En las últimas semanas las
cosas parecían haberse precipitado a un rimo escabroso. Realmente creían que esta primavera podrían
relajarse un poco, pero Derek estaba más nervioso y cauteloso que de costumbre. El hecho de que Marris fuera
su hermano no facilitaba las cosas para él. Cada día que pasaba buenos hombres
morían y más responsabilidades eran puestas sobre Marris. Pero Derek no podía confiar
en nadie más.
Marris, de cabellos
rubios y largos llegó hasta el linde de un bosquecillo e hizo una señal a su
compañera con la mano para que se detuviera. Dalila preparó su arco y se cubrió
detrás del tronco de un árbol alto y nudoso. Tras examinar con cuidado los
alrededores Marris volvió hacia ella sonriente. – Mi hermano estaba en lo
cierto. Ahí está.
- – Esto no me gusta una mierda Marris. Esas
cosas nunca andan solas. Mejor será que volvamos por refuerzos.
El Dracida de Frigord
le sonrió como hacía habitualmente cuando quería tranquilizarla. Marris era un
hombre muy hábil para manipular a los demás y era mucho mejor con las palabras
que su hermano. Un espíritu fogoso y hábil, valeroso como pocos en el grupo.
Tenía varios seguidores y el amor de muchos en Darbis. – Veni y deja de hacer escándalo.
Dalila era joven y amaba
profundamente a Marris. Cuando este le extendió la mano hizo una mueca de duda. Marris giró su cabeza hacia el claro
que debían explorar. –¿Lo ves? Preguntó él. Ella esforzó la vista y alcanzó a
distinguir lo que Marris quería decir en realidad.
El sol brillaba en su
cenit de mediodía. La temperatura allí debía ser agradable. Acostumbrada a la
humedad del campamento, las ratas y el polvo del puesto de vigilancia Dalila sintió en sus entrañas de pronto una profunda nostalgia. ¿Cuándo fue la última
vez que paseó bajo el sol sin temor a ser hallada por una de esas cosas? Dos
mariposas violáceas describieron surcos irregulares allí donde Morris señalaba.
- –Tu hermano dijo…
- –
Mi hermano no está aquí. ¿Ayudaría si te
digo algo más?
- –
¿Qué?
- –Tiene la cabeza cortada. – Morris hizo
un gesto de degüello – Pssiip. Vamos, capaz podamos sacar algo bueno de esta
misión de porquería. No esperan que volvamos hasta el ocaso.
Dalila lanzó una risita
casi adolecente. Cuando Marris le besó en la boca y acarició sus espaldas
comprendió cual era su definitiva intención. – Bueno…pero rápido.
Ambos caminaron
despreocupados hacia el claro y atravesando el bosquecillo debieron abrirse
paso por una maraña de arbustos salvajes cuyas flores estaban por madurar. Una
vez alcanzaron el lugar encontraron allí tendido el cuerpo de la criatura que
Nehuen había derribado horas atrás. La cabeza estaba a los pies de la enorme y
fornida bestia. Un largo surco de sangre negra iba desde ella hasta el cuerpo
inmóvil.
Temerosa Dalila se
arrepintió de estar allí. Nunca los había visto
de día y a la luz del sol eran más terribles que sus pesadillas.
Completamente ajeno a sus pensamientos Marris empezó a besarle el cuello
mientras con su otra mano intentaba desabrochar su cinturón de armas.
Dalila se revolvió en sus
brazos renuente. – No puedo hacerlo con esa…cosa acá.
- –Esta muerto tonta. – Marris sacó su
espada y pinchó su cuerpo.
- –¡NO!- Gimió Dalila. Marris se rió.
- –¡Tiene la cabeza cortada!- Dijo Marris. Se sentó en la hierba junto al
cuerpo con aires de desenfado. – Dulce princesa Dracida…- Empezó a decir tomándola
de la mano. – He matado a nueve de estas cosas. O al menos nueve y medio si
contamos al que casi me mata si no fuera por tu ayuda la semana pasada. Créeme,
me doy cuenta cuando están muertos. Además ¿Qué cosa conoces que pueda vivir
llevando su cabeza a cuestas?
Dalila tuvo una extraña
idea.
-
–Ayer…- Dijo sentándose al lado de
Marris. – Tuve un sueño
- –Ay…no por favor…se supone que íbamos a
- –
Escucha…-
- –
Bien.
- –
Soñé con esqueletos. Uno llevaba su
calavera en brazos como si se tratara de
un bebe. Y estaban bailando en el refugio…como si se burlaran de nosotros.
Marris la tomó en
brazos y es la hizo sentir segura. Marris podía ser un idiota pero no era un
mal hombre. Y ella sabía muy bien de que eran capaces los hombres malvados,
como los de las montañas. – Nena…estas un poco sensible, lo entiendo. Hemos
pasado cosas muy duras desde que llegamos aquí a Darbis. Sí me deshago de esta
cosa ¿Vamos a hacer lo que teníamos planeado hacer?
Ella afirmó. A veces
Marris sentía asco de sí mismo por lo manipulador que podía llegar a ser con
una mujer tan joven como Dalila . Pero llevaba una semana sin probar las bondades
y el placer que puede otorgar una mujer que ama.
- –Bueno, lo quemare. Aléjate un poco.
El Dracida de Frigord
extendió el brazo en dirección al cuerpo de la criatura y abrió la palma de su
mano, una serie de destellos rápidos y cegadores comenzó a tomar cierto
volumen, como formando pieza a pieza una pelota de tamaño pequeño. Dalila aguardó paciente a que acabara, no quería ver a ese bicho muerto mientras
hacían el amor y francamente no podía creer que Marris pudiera soportar algo
así.
- –Dale…tírale. Dijo Dalila
- –Solo un poco más. Quiero que se
desintegre no que arda como chimenea para que sus amigos nos vengan a buscar.
Imperceptible de
momento a ambos dracidas. Aquel liquido oscuro, negro y denso como brea que
rodeaba el cuerpo empezó a reaccionar. Nada que el ojo humano pudiera advertir
de momento. Temeroso por su propia supervivencia, el líquido se deslizó hacia
la cabeza tendida a los pies del monstruo. Atravesó la hierba y la tierra
formando pequeños surcos como diminutos arroyuelos. Algo había despertado su
atención.
-
–¿Y?
-
–Ya te dije…si esto empieza a hacer humo
estamos fritos.
-
–Entonces dejalo como esta y vámonos a la
mierda. Se quejó Dalila .
- –No.- Se insistió obstinado Marris. – Como
buena Dracida tenes que aprender a controlar tu… ¿Eso estaba así?- Preguntó de
pronto el Dracida de Frigord. Señalando los ya evidentes surcos de oscura
materia en la tierra.
Ahora el extraño
liquido había alcanzado por fin su objetivo y se había adentrado de llenó en la
extremidad desmembrada la noche anterior. Dalila vio que sus ojos tomaban un
color que no había visto antes. Intenso y claro a la luz del sol. La Dracida
fue en busca de su espada, Marris atenazado de pronto por el espanto no se
movía.
Los ojos de la criatura
centellearon en ese misterioso color pero luego volvieron rápidamente al pardo
que la compañía de Ipsis había visto. Antes de que Dalila alcanzara su espada el
cuerpo tendido en el suelo se incorporó. El líquido negro que salpicaba todo su
pecho se movía, parecía estar tejiéndose sobre el cuello en dirección a la
cabeza.
- –¡Dispara!- Gritó Dalila . Marris iba a
lanzar su bola de fuego cuando el cuerpo decapitado de la criatura le golpeó en
las piernas, haciéndole perder el equilibrio y la concentración necesaria para
atacarlo con su Rettem.
- –¡Corre Marris!-
El género sombrío, de
densidad misteriosa terminó por acoplarse a la cabeza. Y como por obra de la más extraña hechicería
el cuerpo tomó la misma con ambas manos y la depositó en su cuello. La materia
negra rodeo todo el pescuezo y unió ambas partes a una velocidad imposible, aun
para un Dracida. Marris lo vio pararse sobre sus dos patas bajo el sol radiante
de ese día.
En pleno pánico Marris
no pudo hacer otra cosa que balbucear. Esa cosa acababa de ponerse la cabeza en
su lugar como si hubiera dispuesto de ella antes de irse a acostar. Con la
misma naturalidad que uno abre los ojos al despertar y con la misma pétrea
expresión con la que había caído la noche anterior. Extendió sus brazos hacia
Marris con ánimos de tomarlo. Dalila le salió al encuentro con su espada. La
criatura la empujó con su mano derecha antes de que lograra tocarlo y se
dirigió hacia ella.
Dalila recuperó el
equilibrio, no trastabillo. Cerró los dientes y frunció el ceño llena de dolor
por lo que estas cosas habían hecho a su familia unos diez años atrás. – Vamos
bicho de mierda…vamos…veni por mí. Te voy a mostrar lo que puede hacer un
Dracida.
La joven Dracida se
lanzó sobre él. La bestia esquivó sin mayor dificultad su ataque y la tomó por
el cuello. Marris solo miraba, tenía sus miembros fijos al suelo, su mente
intentaba encontrar una respuesta a lo que veía. O eran tan solo la cobardía dominándolo
por primera vez en su vida.
La figura alta y gris
parecía un gigante frente a la pequeña Dalila . Aferrada por la garganta, Dalila
movía sus pies en el aire desesperada por ayuda. Miraba a Marris desorbitada,
en sus ojos morenos había decepción. El asesinó volteó hacia el Dracida y
volvió a mirar a su víctima sujeta en sus garras. Andia, en un último intento
le hundió la espada que cargaba en las
entrañas. Marris vio el filo atravesarlo, salir cubierto de aquella negra
sustancia por su espalda. Pero el homicida siquiera se inmuto. Con su mano
libre cogió la muñeca de Dalila y la apretó hasta que soltara el arma. Quedando
esta clavada en su vientre la retiró con su izquierda y estocó a Dalila sin mayor
contemplación con su propia espada. Soltó a la
Dracida sin vida a sus pies con
la hoja aun aferrada entre sus costillas. Se volvió hacia Marris.
Este trastabilló en el
suelo intentando escapar. Perdió el control de su esfínter y una mancha oscura
se evidenció en sus pantalones, como también en un charco que nacía de sus
tobillos. La bestia lo observó en silencio por unos segundos que a Marris le
parecieron años. Luego le volvió la espalda y se echó a andar hacia el sur,
ignorándolo por completo.
Ahora Marris tendría
que lidiar con el cuerpo de su novia y algunas mentiras sobre lo ocurrido de
regreso al campamento.
***
-
– Se levanto de entre los fierros.
¿Comprende? Howar dinamitó la torre de control y esa cosa salió de entre los
fierros.
Dijo el Teniente
Erikson en la grabación que Ipsis miraba con cada vez mayor preocupación. Se le
había hecho un nudo en el estomago y en la garganta que no se irían por un
largo rato.
-
Es imposible. – Contestó el
interrogador.
- –Si no me cree para que mierda me están
preguntando lo mismo una y otra vez. ¿Quiere que lo ponga en claro hombre? Lo
voy a poner en claro para usted y todos los idiotas que están del otro lado de
ese vidrio. La mina esa reventó a dos oficiales de Policía a las afueras de
Witters Alley. A uno lo atravesó con el puño como si fuera una lanza. Al otro
le aplastó la cabeza de un pisotón como si el cráneo del tipo estuviera hecho
de Play-Do.
- –Escuche Teniente…
- –NO, escúcheme usted. Después de eso
apareció caminando en pelotas por el medio de la ruta y paso por encima de una
barricada que habíamos levantado con un pelotón de la aerotransportada que
tenía armas antitanque. Madame Culini, como la llamamos nosotros, paseó en culo
por todo el pueblo. Fue hasta la comisaría donde estaba Tigre y mató a más
policías de los que un ataque terrorista hubiera podido hacer. Le lanzó un auto
encima a Tigre como si fuera Hulk y de ahí llegó al Cocoon. No tengo que
decirle como terminaron las cosas. Esa puta de mierda está ahí afuera en algún
lado, no sé que es ni de donde mierda viene ni que quiere pero podría jurar por
sobre la tumba de mi vieja que no era humana. No era de este mundo y me voy a
morir repitiéndolo. Ahora hagan algo al respecto y déjenme…- Erickson se
quebró. – Déjenme…vivir mi nueva vida. La que esa puta me dio en el momento en
que decidió dejarme con vida.
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