martes, 5 de noviembre de 2013

Las Notas de Loudwoods II

Nota de Autor: El Relato ha sido dividido en varias partes para hacer su lectura más apropiada a este formato. Más se publicara con el mismo nombre y un numero que facilite su seguimiento. ¡Saludos!
Loudwoods Valley 3 Domingo De Noviembre del año 5013.
17:30 Horas.

Obediencia Debida 


Hal Emerson conducía por la carretera costera de Himburgo, también llamada "La Uno" que iba desde la capital de Saint Custer hasta la provincia de Wellsham donde se encontraba la ciudad de la que era oriundo, Loudwoods Valley. Su ya algo viejo Ford Falcón era la única cosa que interrumpía la larga calma de los campos de sembradío a los costados. El Rosario que colgaba del retrovisor, enredado en una imagen colgante de San Jorge se mecía de la misma forma que los banderines de "Gomeria" o "Taller" a los costados de la ruta improvisados por los locales que aparecían de tanto en tanto levantados por el viento suave. 

A pesar de la neblina, a los costados las montañas de la bruma en el oriente se levantaban, reflejando en sus caras pálidas toda la luz del sol que aun pendía en el oeste, demorándose en un bonito día sureño. Algunas nubes iban como en caravana en esa dirección, seguramente llevando su acuosa descarga para ser lanzada sobre los impíos comunistas de Brusia del otro lado de aquellas moles de piedra. Y era normal, y era lo justo, porque Hal sabía que Loudswood era un lugar bendecido por la tierra gracias a sus montañas al este, sus bosques al norte y su mar al sur. Todo un paraíso en esa parte del país, donde la mayoría de las ciudades se encontraban en una maraña de pastizales chatos. Después de las ciudades al norte de Himburgo, Loudwoods era el mejor lugar para pasar las vacaciones y en verano sus ciudadanos recibían con la puerta abierta todos los turistas que no podían pagar por un largo y soleado descanso en las playas de Hellens o en las sierras de Strickland. 

Mientras conducía en dirección al norte, buscó entre la guantera el casete que usaba cada vez que manejaba por la carretera. Para su suerte no había trafico alguno a excepción de los camiones de la Goodyes que llevaban cosas al muelle de Loudwoods y otras ciudades pequeñas del sur.Música

Una suave llovizna comenzó a rociar el parabrisas mientras la música emergía de los alto parlantes nuevos que logro encontrarle a un auto tan pasado de moda como el suyo.  Eso y la petaca de Whisky con el escudo de los Royal Marines bordado en la cubierta de cuero relajaron sus nervios...sus músculos. 

Alejaban los golpes esporádicos en el baúl del auto.

La pintura blanca del capo de su Ford Falcon lucía como una nave espacial que anda por los campos de la pequeña comunidad, desentonando entre tanto marrón otoñal y gris del asfalto. Los altos pinos de los bosques de Adton comenzaron a acercarse al camino, cada vez tomando más terreno, cada vez más al borde de la carretera y pronto su auto quedo bajo las sombras de sus largas y finas ramas que atrapaban la luz como deseando coger mariposas etéreas y voladoras, como hadas en la antiguedad.

Un cartel al costado de la carretera anunciaba con letras negras bajo fondo anaranjado:
"Prohibida la Caza-Cuidado con los Animales"
Parque Nacional de Adton

De joven Hal y sus amigos solían ir al parque nacional de Adton a acampar armados con linternas y carpas. Y como muchos otros grupos de niños de aquellos años buscaban, en medida de sus posibilidades, algo que nadie haya encontrado en esos inmensos u viejos bosques que en verano lucían orgullosos sus melenas y agujas coloradas. Ahora, en el otoño, las hojas de los frondosos arboles tenían una tonalidad dorada difícil de encontrar en otra parte de la provincia o del País sino en Hosmusilias. En uno de esos muchos paseos Hal y sus amigos encontraron las ruinas del viejo monasterio de Adton. Sus piedras aun ennegrecidas por el fuego que había acabado con los monjes estaban escondidas en una elevación del terreno repleta de vegetación. 

Ahora mismo  unos 40 años después Hal buscaba el desvió de la carretera que llevaba a un camino de tierra, donde tras pasar por un terreno muy accidentado y cruzar el viejo puente del arrollo Quam se abría un sendero de piedra que conducía finalmente a las ruinas del monasterio. Supuso que a esta altura el tiempo y los buscadores de tesoros habrían hecho lo suyo con el templo. Pero ni las latas de cerveza dejadas por los irresponsables adolescentes de Loudwoods ni las heridas del tiempo le podrían quitar a un monasterio su condición de "Tierra Santa", exactamente lo que necesitaba.

Al cabo de unos minutos sus ojos grises dieron con el camino de tierra. No estaba señalizado ni marcado por la intendencia o los cuidadores del parque, justamente los adultos buscaban evitar que los jóvenes usaran las ruinas como un muy pintoresco hotel alojamiento, lo cual, sin lugar a dudas no habían logrado. Lo más probable es que los cochinos y granulientos jóvenes de Loudwoods imaginaban que solo ellos conocían el secreto del viejo monasterio. De hecho habían tomado la precaución de dejar en el camino ciertas señales secretas para que las parejas pudieran hallarlo.

Hal dobló con el coche en el sendero y en el trayecto por el mismo el silencio se convirtió en una bóveda. Incluso los molestos golpes en el baúl se detuvieron, fueron desprovistos de su grito apagado. El motor del auto paso a ser solo un murmullo. Los Bosques de Adton estaban llenos de leyendas locales, pero Hal creía que seguramente todos los bosques de Himburgo contaban con la misma cualidad. Lo único que diferenciaba a este era la forma en que el sonido se mantenía atrapado entre los arboles, fuera de día o de noche, invierno o verano. El mejor lugar, sin duda para acabar con esto de una vez por todas.

El hombre de unos 54 años, de aspecto vigoroso y finos bigotes canos condujo el Ford hasta los muros del viejo monasterio, o al menos los 3 metros que quedaban de sus originales 5. Ingreso por el hueco que debió haber sido la puerta e hizo una maniobra con el mismo para que el vehículo quedara al revés, con su cajuela mirando hacia la Cruz de madera alta que se alzaba detrás de las ruinas de un altar custodiado celosamente por los vestigios de la bóveda del monasterio. Desde arriba colgaban todo tipo de enmarañadas enredaderas y yuyos que se abrían paso en las grietas de las paredes. Pero el altar y su cruz lucían iguales que 40 años atrás.

Volvió a tomar un trago de Whisky, se encendió un cigarrillo con el encendedor incluido en el tablero del auto. Hal bufo como quien esta por emprender una tarea pesada y retiro la pala del asiento trasero. Antes de llegar la cajuela del carro acciono la 9 milímetros plateada en su cintura, en su cañón pulido podía leerse "Por La Reina y por la Patria" , en  el reverso de decía: A Hal Emerson por servicios Distinguidos en La Batalla de Saint Custer 5045.

Giro las llaves del baúl y ahí estaba la pequeña demonio. Con sus ojos azules hinchados de llanto y de miedo.Sus blancos tobillos marcados por la soga que la sujetaban. Sus manos enredadas de manera dolorosa con alambre de púas y su boca amordaza con firmeza. Lanzó un grito ahogado al ver a Hal y empezó a revolverse nuevamente intentando zafarse de sus ataduras. La gotitas de la llovizna le rociaron el rostro bello, ensangrentado y ennegrecido por la tierra.

Hal la levantó sin mayor esfuerzo y la llevó en sus brazos hasta el altar. Los ojos de la mujer miraban en todas direcciones desando adivinar donde estaba y que sucedería, pero la cara de Hal dejaba demasiaso claro lo que iba a suceder. Su gesto era el semblante de alguna estatua de los próceres de Himburgo, sin expresión, sentimientos, furia o pena. 

El vestido blanco de la muchacha y sus cabellos rubios muy dorados iban de un lado al otro mientras Hal la cargaba, sus pies buscaban un piso inexistente, un lugar donde apoyarse para zafarse de las manos de su captor. El hombre la puso de pie frente a él. Cuando finalmente ella pudo enfocar la vista noto que llevaba una pala en su derecha y una 9 Milimetros en la izquierda, brillante y reluciente como el revolver de un cowboy.

Hal volvió a pitar su cigarrillo y apoyó ambas manos en la pala. Era un anciano antes de llegar a la vejez, tenía marcas en la cara que denotaban grandes pesares, marcas de expresión que mostraban que Hal había sufrido muchas decepciones a lo largo de su vida. Era el rostro de una persona que toda su vida ha sostenido el mundo en sus hombros como Atlas. Ella pensó en ofrecerle un canasto de manzanas doradas, pero no tenía ninguno.

Idele sintió el frío meterse entre sus miembros, rodeando sus piernas, la lluvia mojando sus pies, la muerte abrazándola dulcemente antes de bajar la Guadaña sobre ella. Sus lagrimas cayeron junto con las gotas del cielo hacía el suelo sucio y maltratado del monasterio con resignación. 

- Lo Arruinaste todo. Dijo Hal. - Arruinaste a mi Hijo.- Dijo con voz cansada y ronca. - Si tan solo ustedes solo se metieran en sus asuntos nada de esto hubiera sucedido. Pero los Dracidas cuidamos a los nuestros de los suyos y eso es mi deber. Cuidar a los míos de los Suyos. - Levanto la Pala con ambas manos y un relámpago ilumino la sangre oxidada que la propia frente de Idele había derramado allí solo unas horas antes. - Es mi deber chica, no me culpes. Recuerdalo allí arriba, no te quise matar. - Idele soltó un grito desesperado que la mordaza se encargó de tapar y la hoja de la pala hizo un sonido hueco, opaco y final. 
                                                                      Música de Cierre
N/A:
Bienvenidos al primer Caso de "Notas de Loudwoods" Lectores.








1 comentario:

Sinestesia dijo...

Terrible!!!

Quiero leer más!!